sábado, 4 de enero de 2014

El vuelo de las constelaciones (Joan Miró)

Constelación: Despertando al amanecer

La derrota de Francia era inevitable. Las tropas alemanas habían rodeado Calais y Dunquerque, y avanzaban hacia París. La línea Maginot, que los mariscales de Francia, ridículamente, creyeron que impediría el avance del enemigo, había sido burlada con impunidad por la Luftwaffe. Normandía estaba siendo bombardeada con rampante crueldad. En Varengeville-sur-Mer, en medio del estruendo de las explosiones, los Miró hicieron apresuradamente sus maletas y tomaron uno de los últimos trenes rumbo a París. Pilar, la esposa, llevaba de la mano a la pequeña Dolores, de ocho años. Joan Miró llevaba bajo el brazo su más importante posesión, un portafolio con una serie de temperas, todavía inacabada, que años después, y sin que él lo propusiera, comenzarían a ser conocidas como las “Constelaciones”. Miró había tenido tiempo de guardar en el portafolio las hojas en las que iba a pintar las restantes partes de la serie, aunque al irse de Varengeville no supiera cuándo conseguiría un momento de calma, en medio de aquella catástrofe, para seguir pintando mujeres y estrellas. 



Los Miró habían llegado a Varengeville solo unos pocos meses antes, en el verano de 1939, poco después de que Alemania invadiera Polonia y hundiera a Europa en una nueva guerra. Se habían instalado en Les Clos de Sansonnets, una pequeña casa campestre, muy cerca de la que Georges Braque había construido algunos años antes. Miró y Braque eran viejos amigos, se habían conocido en una época más feliz, en los primeros meses después del Armisticio de 1918, cuando el catalán pudo al fin ir a París y frecuentar a los artistas de los grupos más radicales, los Fauves, los cubistas, los surrealistas, Picasso. En Varengeville, Miró y Braque se visitaban, conversaban sobre arte y política, paseaban por la costa engrifada de Normandía que Monet había pintado amorosamente sesenta años antes. El invierno de 1939-1940 fue lúgubre, desconcertante, Francia y Alemania estaban formalmente en guerra, pero Hitler, ocupado en Polonia y Noruega, había pospuesto las operaciones en el frente occidental. En los cafés de París, algunos ingenuos aún sostenían que la guerra podía ser evitada y que el Führer se contentaría con sus nuevos territorios orientales. Los periódicos se burlaban de aquella drôle de guerre, una guerra tan aburrida que ninguno de los dos ejércitos se atrevía a dar un paso en dirección de sus enemigos. Miró no se hacía ilusiones, calculaba, correctamente, que los alemanes atacarían en el oeste tan pronto tuvieran el este asegurado. Si ese era en verdad el plan de Hitler, Miró tenía varios meses de gracia, antes de que llegaran los alemanes y arrasaran Normandía, Francia, la cultura europea. 

Amanecer


En enero de 1940, casi sin planearlo, Miró comenzó a trabajar en la serie de las “Constelaciones”, en un álbum de hojas de papel de excepcional calidad que había comprado, quizás, con el propósito de usarlo únicamente en alguna empresa extraordinaria. Hasta entonces, había estado pintando, sobre tela, algunas enigmáticas escenas inspiradas en el paisaje normando, grotescos pájaros nocturnos volando en silencio sobre los restos del mundo. Un día, “después del trabajo, mojé mis pinceles en gasolina y los pasé por la hojas de papel blanco del álbum, sin ninguna idea preconcebida. Las hojas manchadas me pusieron de buen humor, y provocaron el nacimiento de formas, figuras humanas, animales, estrellas, el cielo, y la luna y el sol. Pinté todo esto al carbón con gran vigor. Una vez que logré obtener un equilibrio plástico y ordenar todos estos elementos, comencé a pintar con tempera, con la minuciosidad de un artesano y un primitivo; esto tomó una gran cantidad de tiempo”. En una carta a Pierre Matisse, el hijo del gran Fauve, Miró revela su entusiasmo por la nueva empresa: “Estoy ahora trabajando en una serie de pinturas en tempera y óleo (…) que se ha convertido en algo muy importante. Creo que es una de las cosas más importantes que he hecho, y aunque el formato es pequeño, dan la impresión de ser grandes frescos. Ni siquiera puedo mandarte los que he terminado, porque debo tenerlos todos frente a mí todo el tiempo, para mantener el estado mental que necesito para concluir la serie”. A pesar de las noticias, crecientemente alarmantes, que confirmaban la inminencia de la invasión hitleriana, Miró consiguió dedicar toda su atención a las “Constelaciones”, se hundió por completo en su propia, encrespada imaginación. El primer cuadro de la serie fue titulado, a despecho de las circunstancias históricas, “Amanecer”: en él, unas extrañas criaturas parecen sorprendidas, quizás aterradas, por la llegada del día, por el inexplicable mecanismo solar, por la descolocación de las piezas de la noche y los fragorosos cambios en la paleta cósmica. Cuando los alemanes irrumpieron en Normandía, en la primavera, Miró había completado otras nueve “Constelaciones”, la última de las cuales fue titulada, significativamente, “La Escalera de Escape”: como en otros cuadros anteriores y posteriores, una misteriosa escalera parece llevar a ningún sitio preciso, precipita al observador en un círculo nocturno iluminado por voraces estrellas negras, y habitado por seres que parecen felizmente asombrados por el perfecto funcionamiento del universo. 

La Escalera de Escape

Los Miró no tuvieron tiempo de abrir sus maletas al llegar a París, la Wehrmacht venía pisándoles los talones. La familia abandonó la ciudad ocho días antes de que los alemanes entraran en ella, el fatídico 14 de junio de 1940. Los Miró, y las “Constelaciones”, llegaron a Perpignan, donde el artista tomó la agónica decisión de regresar a España. Miró había partido de Barcelona rumbo a París en el otoño de 1936, para asistir a una exposición, y, con la guerra civil cada vez más enconada, no había podido regresar. Aunque no era, ni había sido nunca, un hombre de notable disposición política, su oposición a Franco y su simpatía por la República Española estaban ampliamente documentadas. En el pabellón de la República en la Exposition Internationale des Arts et Techniques de la Vie Moderne de París, en 1937, se había exhibido, no lejos del “Guernica” de Picasso, un monumental panel de Miró, titulado “El Segador”, el perfil gargantuesco de un campesino catalán que parecía crecer del suelo, rompiendo la tierra con un alarido agónico, levantando su mirada y su furia contra la cúpula del cielo, rota por mil simultáneas explosiones. “El Segador”, sin dudas una de las cumbres del arte de Miró, fue trágicamente perdido, o destruido, cuando el pabellón español fue desmantelado, al final de la Exhibición de París. En aquella ocasión, Miró había también producido un grabado para recaudar fondos para la República, un pochoircon la leyenda “Aidez l’Espagne”, y la imagen de un campesino catalán levantando un puño hercúleo contra los invisibles falangistas. En 1937, un año amarguísimo, pero artísticamente prolífico, Miró pintó otra obra maestra, “Naturaleza muerta con un zapato viejo”, que ha sido con frecuencia, y sin necesidad o tacto alguno, descrita como su “Guernica”, una obra equivalente a la de Picasso, si no por su formato, o popularidad, sí por su tono, por la similar perplejidad de ambos autores por la súbita, violenta destrucción del mundo, por la tragedia española. Pero el “Guernica” es más claro en su simbología y su denuncia, más rotundo en su ambición y su proclama, mientras que la “Naturaleza…” de Miró es más discreta e intrincada, la desolación del artista por la devastación de España está, quizás, ilustrada con símbolos más ambiguos, de más abierta connotación, un tenedor, tan grueso como el brazo de un hombre, hincando una manzana, un mendrugo de pan, una botella de vino envuelta en una tira de papel rasgado, el zapato viejo cuyo dueño quizás ya está muerto. Todo, en negro, verde, amarillo, rosado, los colores del amanecer en la guerra. La victoria de Franco, la caída de Barcelona, habían hecho el regreso de Miró a España impensable, hasta la llegada de las tropas de Hitler a París. Los Miró examinaron sus opciones, y vieron que no tenían muchas. El 6 de junio, Miró le escribió a Matisse desde Perpignan: “Nuestro viaje hasta ahora ha estado lleno de ansiedad y de eventos imprevistos, pero aquí estamos a salvo, que es lo más importante en estos momentos. Después de reflexionar, he decidido volver a casa. Creo que esto es lo mejor que puedo hacer ahora, para proteger a Pilar y a la pequeña, y para tranquilizar a nuestras inquietas familias. Sé que esto implica un gran sacrificio de mi parte, pero no puedo abandonar a mi familia en medio de una tempestad”. Joan Prats, amigo de Miró, recomendó que la familia no se instalara en Barcelona, donde la represión franquista era feroz, sino en Palma de Mallorca, junto a la familia de Pilar. Allí, Miró continuó sus “Constelaciones”, en las que, asombrosamente, no había dejado de trabajar en cada estación de su escape de Francia, en Dieppe, Rouen, París y Perpignan. 

Naturaleza muerta con zapato viejo


Nadie lo molestó en Palma, pero Miró estaba profundamente deprimido. Años más tarde, le confesaría a Roland Penrose, un artista y coleccionista inglés, qué amargos habían sido aquellos primeros meses tras su regreso a España: “Creía que la victoria del Nazismo era inevitable, y que todo lo que amábamos, y que constituía nuestra razón para vivir, había sido echado irremediablemente al abismo”. Su pesimismo era compartido, entre otros, por su amigo André Breton, el gran poeta surrealista, que en el futuro escribiría una serie de poemas en prosa para acompañar las “Constelaciones”. “La condición del arte (como gran aventura y descubrimiento) nunca ha sido tan precaria en Europa como en el verano de 1940, cuando sus días parecían estar contados”, escribió Breton. Miró siguió huyendo, buscó refugio en territorios más hospitalarios. “Sentía una gran necesidad de escapar. Me encerré dentro de mí mismo, con todo propósito. La noche, la música, las estrellas, comenzaron a ejercer una mayor influencia en mis pinturas. La música siempre me había gustado, y ahora empezó a ejercer el papel que la poesía había jugado en mi vida alrededor de los años veinte, especialmente Bach y Mozart”. Leía con fervor las obras de los místicos españoles, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz. Por las tardes, después del almuerzo, se sentaba en una esquina de la Catedral de Palma, una pequeña gema gótica, y admiraba la luz que cruzaba los vitrales. A esa hora, en el mortecino mediodía español, la Catedral estaba casi vacía, y Miró, escuchando el órgano, imaginaba que en el espacio sobre él se entrecruzaban líneas infinitas, volaban pájaros de muerte, un sol explotaba, una mujer se ahogaba en una lágrima. Nuevas “Constelaciones” fueron apareciendo, cada una con un título más extravagante que la de su predecesora, “Mujer junto a un lago cuya superficie se ha vuelto iridiscente por el paso de un cisne”, “Mujer rodeada por el vuelo de un pájaro”, “El crepúsculo rosado acaricia los genitales de mujeres y pájaros”, “El pájaro hermoso revela lo desconocido a una pareja de amantes”. Las últimas tres “Constelaciones”, sin embargo, no fueron pintadas en Palma, sino en Mont-roig, junto a la Serra de Colldejou, en la amada casa familiar de Mas d’en Miró. La última pieza de las veintitrés “Constelaciones”, titulada “El paso del pájaro divino” fue concluida el 12 de septiembre de 1941. Miró había realizado una estupenda hazaña, completar una serie de tan ejemplar unidad estilística, tan esmerada técnica y tan rico contenido lírico primero escapando de las tropas de Hitler, y luego tratando de pasar, hasta donde era posible, desapercibido por los facinerosos de Franco. “Lo que nos cautiva en presencia de las ‘Constelaciones’”, escribiría André Breton, “es el descongelamiento del espacio que presentan a nuestra vista, el eco infinitamente reverberante que ese descongelamiento provoca en nosotros. El sentimiento de belleza y plenitud que experimentamos frente a ellas tiene que ver con el hecho de que nunca antes en las artes plásticas la vibración de los sentidos ha encontrado una forma tan efectiva de aflojar la suma de su prolongación”. En 1944, con media Europa todavía ocupada, Miró se las ingenió para enviar a Nueva York la serie casi completa, veintidós piezas, y solo dejó fuera una, que regaló a Pilar. En Nueva York, “Constelaciones” fue aclamada como la más preciosa realización del arte europeo recibida en América desde la caída de Francia. El joven Jackson Pollock la vio, quedó radicalmente impresionado.

Mujer rodeada por el vuelo de un pájaro

En contraposición con otros artistas de su época, cuyas obras hacen explícitos comentarios políticos, las de Miró, con su personalísima gramática, son difíciles de traducir a simplismos, a declaraciones suficientemente legibles. Pero descalificar el arte de Miró como escapista, como una simple aventura irresponsable de la fantasía, la deliciosa travesura de un prolífico creador de formas sobrenaturales, extrahumanas. “La forma nunca es para mí algo abstracto”, explicó Miró una vez, “siempre es el sustituto de algo (…) Para mí, la forma nunca es un fin en sí misma”. Del significado de las “Constelaciones”, dijo: “Creí que no había esperanza para nosotros, y tuve la idea de expresar este sentimiento y esta angustia con signos del tipo que uno dibuja en la arena de manera que las olas los borren instantáneamente, o formas y arabescos proyectados en el aire como humo de cigarros ascendiendo y acariciando las estrellas, huyendo del hedor y la corrupción de un mundo construido por Hitler y sus secuaces”. La exposición de Tate, riquísima, no está limitada a las “Constelaciones”, que ocupan solo una de las trece salas que el museo londinense ha llenado con piezas traídas de muchas galerías remotas, y de colecciones particulares. Está incluida la “Naturaleza muerta con zapato viejo”, y también una serie de peintures sauvages, realizada en los dos turbulentos años antes del motín de Franco y el inicio de la guerra, en la que es muy visible la desazón de Miró por el grave estado de España. Se muestra al público londinense “La Granja”, completada en 1922, una muy celebrada representación de la casa familiar de los Miró en Mont-roig, y sus paisajes y retratos catalanes, ejecutados, con vibrante orgullo nacional, en la época en que su estilo todavía asimilaba diversas, muy complejas influencias. En las salas finales, el público puede apreciar obras tardías, como el vasto tríptico “La Esperanza de un Hombre Condenado”, que Miró ejecutó en respuesta a la ejecución del anarquista barcelonés Salvador Puig Antich, en marzo de 1974, uno de los últimos crímenes franquistas. Los ambiciosos curadores de la exhibición de Tate, entre los que se cuenta Teresa Montaner, de la Fundación Miró de Barcelona, llenaron salas enteras con obras deliciosas, muy conocidas, como “Perro ladrando a la luna”, de 1926, y “Una estrella acaricia el seno de una negra”, realizada en 1938, dos cuadros en los que aparece la notoria escalera de escape, que lleva, en ambos, al vacío, al infinito sideral. La pieza más memorable de esta colección, sin embargo, es la llamada Serie de Barcelona, un grupo de cincuenta litografías creadas por Miró justo después de terminar las “Constelaciones”: una galería de monstruosos personajes, ogros, tiranos, asesinos, víctimas desfiguradas por el horror y el miedo, quizás un catálogo humano de la Europa de Hitler y Franco.



Despertando al amanecer

Joan Miró tuvo una larga vida, murió a los noventa años, en 1983, sobrevivió a Franco y llegó ver el éxito de la transición española. En 1979, en la Universidad de Barcelona, pronunció un discurso que confirma la tesis de la exhibición de Tate Modern. “Entiendo que un artista es alguien que, mientras otros callan, usa su propia voz para decir algo y que se asegura que lo que dice no es inútil, sino algo útil a la humanidad”. Lo que dicen, ahora, a nosotros, la mayoría de las obras de Miró, no es tan claro, probablemente, como lo es para los historiadores del arte, o como lo fue para los espectadores de décadas pasadas. Estrictamente, diría un profano, son solo rayas y manchas. Pero al cabo, lo que las “Constelaciones”, y otras obras sublimes no han dejado de provocarnos, es una imprecisa, inexplicable felicidad, un cierto éxtasis, una sensación de tranquila completitud, quizás semejante a la que el propio Miró sintió pintándolas, que ni los panzers de la Wehrmacht, si irrumpieran en el museo en el instante en que miramos, por ejemplo, la deslumbrante “Mujer rodeada por el vuelo de un pájaro”, podrían romper.


Fuente:
http://juanopg.blogspot.com.es


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