jueves, 8 de agosto de 2013

¿Por qué este paisaje nos resulta tan reconfortante?




Deja que tu vista se fije durante unos minutos en este paisaje, permite que el verde impregne tus pupilas mientras imaginas en tu piel la caricia de la brisa que llega del fondo, de esa superficie azul, tal vez un lago o quién sabe si una playa marina. Respira profundamente mientras las nubes pasan lentamente sobre tu cabeza, alternando momentos de cálido de sol con otros de reconfortante sombra.
Eres un humano del siglo XXI pero en tus genes está profundamente marcada la experiencia de miles de generaciones de homínidos a lo largo de millones de años. Empecemos por el color predominante: el verde es el color de la clorofila, el que tiñe la totalidad de las plantas; es indicio de alimento y, por tanto, de agua. Nuestro cerebro activa su área de recompensa cuando la vista percibe el color verde. El color verde nos hace felices. Literalmente.
Fíjate ahora en ese árbol solitario que se erige en el centro de la imagen. Su copa está baja, lo que significa que sus ramas pueden alcanzarse trepando. Si un depredador apareciera repentinamente en la escena podríamos encaramarnos a la enramada de un salto. Recordemos que hace relativamente poco –un puñado de millones de años- nos movíamos de rama en rama, así que el árbol es “casa”.
Y no sólo “casa”, sino también “despensa”. Durante millones de años nuestros ancestros simios  que vagaban en las selvas del Mioceno se alimentaban casi exclusivamente de fruta, como nos recuerda el profesor José Enrique Campillo.
Pero, ¡ojo!, si en lugar de un puñado de árboles dispersos estuviéramos viendo una selva cerrada, la sensación no resultaría tan reconfortante. En la jungla las amenazas pueden venir de todas partes, no sólo desde dos dimensiones sino de tres. Nuestro antepasado arborícola era predador de insectos y pequeños mamíferos, pero también presa de serpientes, aves, felinos y otros simios. Nos empezamos a distanciar de aquellos primates (actuales orangutanes y gorilas) entre 20 y 5 millones de años atrás.
Cuando por fin bajamos de los árboles y empezamos a caminar por las sabanas africanas (homo habilis, hace 2 millones de años) nos volvimos primero carroñeros y más tarde cazadores. Hay quien sostiene que consumir carne nos hizo humanos. Sea o no el caso, lo cierto es que la horizontalidad de este paisaje también resulta tranquilizadora: nuestros ojos están dispuestos en horizontal sobre la cara y a gran altura –más de 1,5 metros- ideal para otear el horizonte (una vez más: de “horizontal”) en busca de presas y depredadores.
Vuelve a mirar el paisaje y fíjate ahora en las suaves lomas que moldean el suelo, formando apacibles valles en los que se puede acumular el agua y, avanzando en fast forward varios miles de años, sembrar un huerto primigenio.
Unas colinas más allá, una extensión de agua nos recuerda nuestros remotos orígenes: esa “sopa primitiva” de la que una vez salimos hace 475 millones de años, cuando la vida llevaba 3.500 millones de años en remojo. Sin agua no hay vida, de modo que este paisaje idílico no sería lo mismo sin esa promesa de color azul.

Fuente:
http://www.experiensense.com


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