jueves, 8 de agosto de 2013

El dedo y la luna, Alejandro Jodorowsky


Por la noche, sobre todo en este momento en que mi actividad es intensa y me cuesta conciliar el sueño, practico un ejercicio que me gusta mucho. Me digo: 
-A partir de ahora, dejo de pensar. 
Me relajo y, al cabo de un momento, mi pensamiento se disuelve. Entonces añado: 
-¿Y ahora? Ahora me entrego a la nada. No soy nada. 
Me entrego a la nada un cierto tiempo, luego se me ocurre pensar: 
-Estoy muy contento. Lo consigo…¡Basta! ¡Deja de estar contento! Si estás contento dejas de estar en la nada… De acuerdo, no estoy contento. 
Entro en esta idea, pero termino diciéndome: 
-¡No estés tampoco triste! ¡Abandónate a la situación! ¡Entra en la nada! ¡Acéptala! 
Al cabo de unos segundos, duermo profundamente. Parece que uno se duerme en el momento en que acepta la nada porque el intelecto desaparece. Cuando anulas el intelecto, duermes: entras en el Universo. 
No hay nada más vivo que un ser dormido. Completamente en el Universo, su intelecto se ve absorbido. Entrar en la nada sin dormirse sería maravilloso. Por desgracia, todavía no lo he conseguido.



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