viernes, 25 de enero de 2013

Un momento para la lectura: Tensión, JpTorga

“… Mario cerró los ojos con fuerza y de su boca surgió un grito sobrecogedor
-         Aaaaaaagggggg… ¡¡Noooooooo…!! No más, por favor… - sollozó, para luego desgarrar el lugar con un nuevo alarido - ¡¡Nooooo!! – de sus párpados cerrados surgieron gruesos lagrimones.
Al abrir los ojos, el gesto de su cara se contrajo con terror. Allí avanzaba ella, implacable, de nuevo hacia él ¿Quién eres? – suplicó -¿Por qué me haces esto? – la voz salió quebrada, casi en un suspiro desde el fondo de su existencia.
Ella posó el martillo de herrero sobre la mesa y recreándose en el gesto sonrió con mirada pícara…
Su sonrisa era dulce, casi angelical.
Sus ojos color avellana se entrecerraron, mientras le examinaba. Le miraba igual que un niño malintencionado mira un insecto.
Se apoyó con ambas manos sobre la mesa y ante él… dejó entrever un generoso escote.
Deslizó su mano derecha y acarició los dedos de Mario, en un gesto que en otra situación, hubiera parecido dulce.
Él… aunque quiso intentarlo, no pudo evitar la caricia. Sus manos estaban apresadas de forma individual con dos gruesos grilletes. Las palmas de las manos quedaban presionadas hacia abajo. Con pánico pudo advertir que ella, aparte del martillo, tenía sobre la mesa finas  hojas de cuchilla de afeitar con las puntas afiladas como agujas.
La joven cogió una de esas hojas entre sus dedos… Pudo  percibir que la hoja realzaba un brillo cautivador, similar a un guiño a la luz de la lámpara.
Mario se quedó mirando con desaliento. Intentó por enésima vez mover las manos, pero éstas estaban fuertemente sujetas con las argollas a la mesa.
En un gesto instintivo intentó mover sus piernas y pudo darse cuenta, para su horror, que estaban sujetas con abrazaderas a las patas de la silla. A su vez, con extrañeza, percibió sus pies descalzos.
-         No te conozco. Por favor… ¡suéltame! – dijo entre lágrimas, mientras notaba que de su nariz surgía un canalillo de sangre que iba inexorable hacia la boca.
La mujer, ajena a sus súplicas, cogió con maña uno de los trémulos dedos de Mario y con fuerza lo dobló hacia arriba… Ese gesto arrancó un sonido ronco de la garganta del hombre. Con un rápido gesto deslizó la cuchilla bajo la uña del dedo índice de su rehén…
- ¡¡Aaaaaaaah…!! - De nuevo un alarido de dolor llenó la estancia.
La luz era escasa.
El olor a humedad era patente.
Una nueva cuchilla entre los dedos de la mujer.
Una sonrisa radiante en su boca.
Gesto despavorido en la cara de Mario…
Apenas se había recuperado del corte anterior, y… esta vez ella, se tomó su tiempo para deslizar suavemente la hoja bajo la uña del dedo anular. Mientras lo hacía, le miró a los ojos con deleite. Ojos que Mario cerraba por puro dolor.
Al principio contrajo los labios. Luego, cuando la cuchilla llegó al fondo de la uña, aulló presa de sufrimiento.
Intentó de manera institntiva levantarse de la silla, pero un grueso cinturón de cuero le abrazaba inexorable por la cintura. De nuevo con desesperanza percibió que no podía moverse…
-         ¡No! ¡Nooo! ¡Noooooo! ¡¡Otra más nooo..!! – Imploró al ver que ella pasó una nueva cuchilla ante sus ojos llorosos.
La mujer hizo un gesto de hastío ante el nuevo alarido de Mario…
Por un momento pensó que el joven iba a desmayarse.
Cogió una jarra de plástico llena de agua y estrelló su contenido contra la cara contraída de dolor del hombre.
-         No te dejaré desmayarte, amigo. ¡¡MÍRAME!! – Ordenó.
Mario hundió la barbilla sobre el pecho. No podía más. El dolor bajo sus uñas era inhumano… Gotas de sudor frío perlaron sus sienes.
-         ¡¡MÍRAME!! – Volvió a ordenar
Mario no movió la cabeza. No podía. Sentía que las fuerzas le abandonaban.
Ella cogió el martillo en un gesto rápido, lo levantó hasta la altura de sus ojos y lo descargó con fuerza sobre el dedo meñique del hombre.
El gesto duró solo un segundo. El dolor… le acompañó por un tiempo interminable.
La carne del dedo se abrió como una uva madura. La sangre cubrió la mesa, bajo la mano de un Mario sobrecogido por el sufrimiento.
De nuevo el martillo descendió raudo en busca de su víctima y el dedo pulgar se deshizo bajo su impacto…
Un nuevo aullido.
Lágrimas que brotan.
Llanto ahogado.
Ojos desencajados…
La mujer se alejó de la mesa con paso lento, firme. Cantoneando unas caderas que nadie miraba. Olvidándose por completo de los gemidos de su cautivo.
Cogió una vela encendida y la fue acercando a la cara del hombre. Percibió con nitidez el olor ácido de sus pestañas al quemarse.
Mario de nuevo cerró los ojos de manera instintiva. Por ello no pudo percibir que ella, en un gesto ágil, se agachaba y la llama alargada de la vela se situaba bajo la planta del pie derecho.
Él… intentó retirar el pie ante la sensación lacerante de calor, pero no pudo… Ella fue moviendo con instruida lentitud la llama de un lugar a otro de la base del pie.
En un gesto precipitado de la mujer, la llama se apagó al acercarse en exceso a la piel.
Se elevó del suelo con una sonrisa de triunfo en la cara. Miró a su espalda. Cogió la taladradora entre sus largos dedos y apretando el gatillo, ésta hizo un ruido estresante, parecido a las turbinas limpiadoras dentales que esgrime un dentista…
Pasó la herramienta en pleno funcionamiento por delante de los ojos desorbitados de Mario… y con la broca del taladro, apuntando hacia la base superior de la rodilla… fue descendiendo lentamente.
El sonido del taladro en funcionamiento entró con fuerza por los oídos de un Mario aterrado por las circunstancias.
La joven percibió cómo el hombre empapaba sus pantalones a la altura de la ingle. Pudo percibir el olor a miedo que reinaba en el lugar, y… el taladro dibujó la trayectoria hasta llegar a la articulación de la rodilla  comenzando a romper la tela del pantalón vaquero…”

Paula se pasa una mano por los ojos, mientras se revuelve inquieta sobre la butaca…
En un gesto de angustia, se agarra con fuerza al brazo de su novio…
Éste sostiene el paquete de palomitas en esa mano derecha… y con la otra atrapa un puñado, que se lleva a la boca con regodeo…
Al percibir la horrenda angustia que traspasa la pantalla de cine, hasta el patio de butacas. Paula, apoya la frente sobre el hombro de su pareja y cierra los ojos con pesar...
No le gustan ese tipo de películas.
No disfruta con el dolor ajeno.
Mientras piensa esto, escucha un grito humano desgarrador que llena la sala, mientras percibe gestos de desazón en distintos asientos.
Con los ojos cerrados, percibe que su novio coge un nuevo puñado de palomitas y las introduce ruidosamente en la boca, mientras de manera placentera se recuesta plácidamente en el asiento y sonríe cómplice con la película…
JpTorga      

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