miércoles, 6 de febrero de 2013

Faros en la tierra

 (Reposición)

El faro de Alejandría

Estamos en el año 280 a. de C., y desde que Alejandro liberó a este estado del dominio persa, los lazos entre griegos y egipcios se han estrechado: tanto, que su rey Ptolomeo II, es de origen griego.
Esta fusión de egipcios y griegos tiene especial relevancia en la capital, Alejandría. Fundada por Alejandro Magno en el 332 a. de C., esta próspera ciudad se ha convertido en el más importante foco de la cultura helena.




Pero esta vez la maravilla no va a 
ser un templo, ni ninguna otra clase de edificio, sino una torre. Para guiar a los numerosos barcos que acuden constantemente a Alejandría, el rey ha decidido construir una torre que identifique el lugar de la ciudad desde muy lejos. Para ello han escogido la pequeña isla de Faros, frente al puerto.
El arquitecto Sostrato de Cnido dirige las obras, que conforme avanzan, adquieren un aspecto más impresionante. Cuando se finaliza, la torre mide más de 120 metros. En su cima está equipada con espejos metálicos para señalar su posición reflejando la luz del sol; y por las noches, a falta de luz, se enciende una hoguera.




Esta maravilla va a durar bastante: unos mil seiscientos años, hasta que en el siglo XIV los terremotos la derriben. De nuevo, como el Mausoleo, el nombre de esta maravilla - que en realidad es "la Torre de Faros"- designará a todas las construcciones posteriores realizadas con el fin de mostrar el camino a los barcos.

El Faro de Bell Rock, una maravilla en medio del mar

 
Los casi 200 años que lleva resistiendo la fuerza del Mar del Norte, convierten al faro de Bell Rock en el más antiguo de los construidos mar adentro que aún sigue en pie. Situado a unos 18km de la costa este de Escocia, es considerado una obra maestra de la ingeniería del siglo XIX. Una torre de 35 metros de altura, de piedra blanca, que parece salir de la nada en medio del Mar del Norte. Su construcción fue larga y difícil, ya que el oleaje y las tormentas sólo permitían trabajar unos pocos meses al año y las mareas reducían las jornadas de trabajo a sólo un par de horas, la horas de marea baja en las que la roca no permanecía sumergida bajo las aguas.

La roca sobre la que se construyó el faro, había constituido desde hacía siglos un peligro para la navegación. Según cuenta la tradición que da nombre a la roca, durante el siglo XIV, el Abad de la cercana Abadía de Arbroath mandó colocar una campana (bell en inglés) en ella, con el fin de prevenir a los barcos del peligro al que se aproximaban. Pese al esfuerzo que supuso colocar allí la campana, la campana duró poco en ese lugar, pues parece que un pirata holandés la robó antes de que pasara un año.

A principios del siglo XIX, se estima que la roca era responsable de unos 6 naufragios cada invierno. En marea alta, la roca permanecía a unos 3.5 metros bajo las aguas. Con el mar en calma y con una altura moderada de la marea, la roca no era fácil detectar por lo que más de un barco había acabado chocando contra ella. Conscientes del peligro que suponía la roca Joseph Brodie, capitán de la Royal Navy, y Joseph Couper de Leith propusieron la construcción de un faro de hierro fundido que se levantaría sobre la roca gracias a cuatro pilares. Su propuesta fue rechazada, pero ellos mismos costearon la construcción de varios faros de madera, lo intentaron hasta tres veces, pero cada vez ocurría lo mismo: el viento y olas los acababan destruyendo.

En esa misma época, el ingeniero escocés Robert Stevenson, que trabajaba para el Northern Ligthouse Board, visitó la roca por primera vez y se convenció de la necesidad de construir un faro en el lugar. Stevenson primero evaluó la idea de levantar un faro de hierro sobre nueve pilares, similar al de Brodie y Couper, pero finalmente se decantó por uno de piedra.

Stevenson se inspiró en el faro de Eddystone, también situado mar adentro en la costa de Cornwall. Ese faro, construido 50 años antes por John Smeaton, era considerado una obra maestra, no en vano, era la única construcción de su tipo que había sido capaz de resistir por un tiempo considerable las embestidas del mar.

Sin embargo, el encargo de Stevenson era más complicado que el de Smeaton debido a la condiciones de la roca. La roca de Eddystone no estaba casi nunca cubierta por las aguas, ni siquiera durante la marea alta, mientras que la Bell Rock, estaba sumergida dos veces al día, a veces hasta casi 5 metros, lo que sólo permitía trabajar en ella una media de 2 horas cada marea baja.

Finalmente, los costes y las dificultades de construir un faro en una roca acabaron aparcando el proyecto de Stevenson, que no se rescató hasta que el barco de guerra HMS York naufragó a causa de la "peligrosa" roca en 1804 perdiendo la vida toda su tripulación, 491 personas. Esta tragedia convenció a los miembros del NLB que no podían demorar más la obra y decidieron encargarle el proyecto a John Rennie, el ingeniero más brillante de la época, pese a que jamás había construido un faro, Stevenson sería el ingeniero a pie de obra.

Rennie y Stevenson estaban de acuerdo en que el faro de Eddystone era el modelo a seguir, si bien Stevenson era más partidario de añadir cambios para adaptar el diseño a Bell Rock. Una de sus modificaciones más importantes era el ángulo respecto a la roca que tendría que tener la base del faro. Se barajaron varias opciones y finalmente el faro que se construyó acabó teniendo una base mucho más amplia que los diseños preliminares. La teoría detrás de este cambio era que la fuerza de las olas sería más fácil de desviar si las paredes del faro iban ganando inclinación poco a poco que si lo hacían de manera más brusca. De esta manera la base sería de 12.8m de diámetro y la última planta de sólo 4.11.

Con el proyecto aprobado, la construcción del faro comenzó en 1807. Stevenson contrató a 60 hombres, incluido un herrero para afilar a pie de obra los picos que se usaban para cavar los cimientos y así no perder tiempo. Stevenson descartó el uso de pólvora por miedo a dañar la roca. La construcción no era fácil y como hemos dicho, sólo podía llevarse a cabo los meses de verano en los cuales el mar estaba más calmado.

La primera tarea de cada turno consistía en retirar el agua con el que la anterior marea había llenado el agujero, lo cual ya suponía en sí mismo la pérdida de media hora de trabajo. Esto aún hacía más cortas las jornadas de trabajo. Durante esta primera temporada de construcción, los trabajadores pasaban gran parte del día ociosos en un barco que estaba amarrado a una milla de la roca.

Otras de las dificultades que tuvo que hacer frente Stevenson este primer año, es que los trabajadores rechazaron trabajar en domingo, lo cuál redujo aún más el número de días hábiles. Sin embargo, pese a todo estos problemas, durante el primer año se consiguió excavar completamente la base circular del faro en la roca.

Además mientras se excavaban los cimientos, se empezó a construir una caseta de tres plantas sobre unos puntales, de manera que los trabajadores tuvieran un lugar donde quedarse en la roca y no tener que ir y venir desde el barco base después de cada turno de trabajo. Durante este año, también, se convirtió un viejo barco capturado a los prusianos en "faro flotante" para prevenir los accidentes hasta que el faro de piedra estuviera listo.

Durante la primavera del 1808, se colocaron los raíles que permitían transportar las piedras desde el punto en que las dejaban los barcos hasta la base del faro. Algunas piedras de los primeros tramos llegaban a pesar casi una tonelada. También continuó la construcción de la torre, de manera que al final de esta temporada se habían conseguido colocar los tres primeros tramos de piedra y el faro ya casi medía 2 metros. De las 256 horas trabajadas durante esta temporada, sólo 80 habían podido ser empleadas en la construcción propiamente dicha. Este año tuvo lugar el primer accidente mortal al caer un trabajador inconsciente al mar y morir ahogado.

Al año siguiente, 1809, las obras continuaron, llegando a completar el décimo tramo, lo cual permitía ver con claridad el faro incluso durante la marea alta. Durante esta temporada también se pudo completar la caseta, con lo cual los operarios (23 en total) pudieron mudarse a ella. El 22 de Agosto concluyeron las obras por la temporada en curso, para entonces el faro ya se elevaba casi 10 metros sobre la roca y más de 3 metros durante la marea alta.

Con la colocación del tramo 26 se había completado la parte sólida del edificio, hasta entonces los tramos estaban compuestos por piedra arenisca en el interior y un cubrimiento de granito en el exterior, pero a partir de entonces sólo se usaría piedra arenisca y el edificio ya no sería sólido sino que en su hueco se empezaría a construir la escalera de caracol interior y la puerta para entrar. En los dos primeros años de construcción se habían transportado 1.400 toneladas de piedra a la roca, y el diámetro de la torre había ido disminuyendo de los 12.8m iniciales a sólo 6.

En 1810 la tragedia esta vez se cebaría con Stevenson, que vio morir a sus dos hijos gemelos y a su hija Jane, por tos ferina. Sin embargo, por lo que a la construcción del faro respecta fue el año más productivo en él que las obras avanzarían a mejor ritmo, las condiciones eran más favorables, por una lado el grosor de los muros se reducía, se había pasado de los 2 metros al inicio de la escalera a sólo 1 cuando esta acabó. La construcción también era más simple lo que permitía colocar hasta 2 tramos de piedra al día. Durante esta temporada, además, los hombres podían trabajar 9 horas al día. Aunque la altura a la que se realizaban los trabajos se empezaba a convertir en un inconveniente, primero, por la peligrosidad de las caídas, y segundo, por la dificultad de elevar las piedras hasta tan arriba.

En un solo año se pudo construir toda la parte hueca, de abajo a arriba: la escalera de caracol, el almacén de provisiones, el almacén de aceite para la lámpara, la cocina comedor, el dormitorio, la biblioteca y finalmente a sala de la luz y el balcón, en total siete niveles. Y con la parte hueca se colocó la última de sus algo más de 2.500 piedras.

El diseño y la construcción del faro fueron descritos como uno de los grandes logros de la ingeniera de su época. Sin embargo, todo el mérito de la obra no puede recaer sólo sobre Stevenson o Rennie, como ellos ya reconocieron en su día, fue John Smeaton y su faro de Eddystone los que merecen parte del mérito por las técnicas de construcción empleadas.

Si el faro se hubiera construido en tierra firme, la obra, obviamente, hubiera sido mucho más fácil de llevar a cabo. Además las condiciones que hubiera tenido que soportar el faro una vez construido hubieran sido mucho menos duras. Teniendo en cuenta estas exigencias Stevenson consideró que el mortero y la gravedad serían insuficientes para mantener sujetas unas piedras a otras, por lo que decidió que se tallaran las piedras con precisión, de manera que encajaran unas con otras de manera similar a un puzzle. Además cada una de estas piedras tenía dos orificios circulares de unos 5cm de diámetro que las atravesaban. A lo largo de ellos se introducían una especie de clavijas de madera que las atravesaban permitiendo asegurar un tramo de piedras sobre el anterior, estas clavijas (llamadas trenails) se fijaban con fuerza mediante cuñas.

Por si fuera poco, con el fin de evitar que un tramo de piedras se moviera horizontalmente respecto al de abajo, se colocaban piedras areniscas de forma cúbica, varias por nivel, que penetraban unos 15cm en el tramo inferior y otros 15 en el superior. A partir del tramo 39 de piedras, donde empezaban las habitaciones del faro y donde el impacto de las olas ya era mucho menor, en vez de utilizar esta técnica, para asegurar un tramo al de abajo se optó porque la parte superior de las piedras no fueran plana, sino que tuviera partes salientes que encajaran en los surcos de la piedra superior.

Finalmente, el esfuerzo de tantas personas no fue en balde y tras casi 4 años de trabajo, el 1 de Febrero de 1811, la luz se encendió por primera vez sobre la Roca de la Campana, desde entonces ningún barco ha vuelto a naufragar por culpa de ella. En estos años, el centenario faro ha sufrido muchos cambios y mejoras, como la construcción de un helipuerto en 1975, incluso ha sufrido incendios, pero sin duda uno de los acontecimientos más tristes fue cuando el 26 de octubre de 1988 dejó de estar habitado, al colocarse un mecanismo de automatización. Hoy, casi 200 años después todavía se mantiene estoico en medio de las aguas a pesar de los embates de las olas y el viento
El faro se puede visitar partiendo de algún puerto cercano, aunque hay que tener en cuenta que el viaje es largo y las condiciones no siempre son favorables para hacerlo.



Entrevista

Menchu Gutiérrez, novelista, traductora y poeta

"Vivir en un faro es como vivir en las entrañas de un animal"

Foto: Marc Arias
Templos de luz
No es fácil hablar con esta mujer acostumbrada al silencio, 20 años viviendo en un faro del norte de España imprimen carácter; sobre todo si ya vienes de otro faro todavía más aislado y tormentoso. Su marido es pintor y ambos decidieron convertirse en fareros, aislarse para crear. Fruto de esos años de introspección es su relato 'El faro por dentro' (Siruela), donde desde el último día de su estancia reflexiona sobre lo sentido: "Muchas veces he tenido la secreta sensación de que el faro era un ser vivo, un animal inmovilizado por un hechizo (...) Otras veces, la torre se convertía en un templo consagrado a una realidad extraña, en la que la materia a la que se rendía culto era la luz"



Durante 20 años he vivido en el vientre de un faro en la costa norte española...

No debe de ser fácil...
No es el espacio idílico y romántico que nos llega a través de la literatura.

¿Cómo es?
Nunca llegas a habitarlo del todo. Es fundamentalmente un espacio en el que se concentra mucha energía.

¿Por qué cree eso?
A un faro es imposible no mirarlo de día o de noche, y a la vez él mismo irradia luz, así que parece que vivas en un lugar que es encrucijada de fuerzas. Es un espacio que no es inocente, y sobre todo creo que es arquetípico.

¿Arquetipo de qué?
Para los marinos es como una iglesia, un faro te orienta y te guía, y con su morse luminoso parece que marque el tiempo.

¿Ha cambiado su luz pero no su misterio?
Primero fue el fuego de leña; luego se prendieron hogueras de carbón, y los navegantes confundían su luz con la de las estrellas. Vino después la mecha con aceite. Y ahora, aunque lo que brille sea una bombilla, sientes la antigua presencia del fuego original. Y también es símbolo de turbulencias.

¿Por qué?
Es imposible no asociarlo a tempestad, lo que hace también de él, un lugar complicado en el que vivir.

¿Recuerda tempestades?
Muchas, pero al final te quedas con una tormenta que las representa a todas.

¿A qué se parece un faro?
A un ser vivo. Cada vez que subía la escalera de caracol que lleva a la torre tenía esa extraña y secreta sensación de que caminaba por el interior de un animal, cada peldaño se correspondía con una vértebra. Y en lo alto de la torre, la luz, que es como un gran ojo.

¿Un animal amigo?
Un animal extraño. Vivir dentro de un faro produce extrañeza.

¿Veinte años de extrañeza?
Sí, siempre hay una nota extraña, en el interior de la casa se percibe el lucernario, en la noche ves como los haces barren el paisaje y tu ventana. A veces te sientes huésped, el faro te expulsa, y otras que formas parte de él.

¿Pesa allí más la soledad?
Sí, el silencio, el aislamiento, aunque tengas teléfono y ADSL, y de repente el ruido inmenso del temporal. El faro favorece la introspección, la imaginación, y exacerba la sensibilidad. Se viven cosas muy bellas, hay días que la tormenta es un regalo, pero en los días que no estás sereno quieres huir.

¿Ha pasado miedo?
Miedo físico no, pero sí miedo interior. El silencio extremo y el ruido extremo de la tempestad llevan a vivencias extremas, ponen un poco en riesgo tu integridad.

A más de un farero se lo ha tragado el mar.
Hay una historia real de un ingeniero británico del siglo XIX que me impactó. Construyó un faro de roca, una linterna en medio del océano. Un temporal se llevó al faro y al farero. El ingeniero, muy disgustado, volvió a levantar otro faro, todavía más robusto.

¿Se lo llevó el mar de nuevo?
Sí. Cuando lo construyó por tercera vez decidió irse él a vivir al faro con su mujer y sus hijas. El mar volvió a arrasar con todo.

¿Qué anda usted buscando?
Yo quiero experimentar la escritura, y para la introspección los sentidos son muy importantes. Toda la información que recibimos es a través de ellos, y si hay algo que une a mis libros es la relación con ellos.

Ha escrito usted sobre el deseo.
Sobre una mujer que realiza el acto sexual con la nieve, con la niebla, con la lluvia y con la luz del sol. Son otros planos de la realidad, ahí donde se mueve la literatura, entre la muerte, el sueño, la vigilia y esa cosa extraña que es la imaginación.

¿Cómo hacer el amor con la niebla?
Requiere un abandono en distintos niveles de la realidad, necesitas que desaparezca el yo que te constriñe.

También ha escrito sobre san Juan de la Cruz, ¿qué le ha enseñado?
Es la lectura que más me ha comunicado esa desaparición del yo. La mística es un viaje sin palabras.

¿Un viaje hacia dónde?
Hacia la raíz de las raíces.

... Y sobre el universo de la boca.
Sí: dientes, lengua, paladar, saliva y lo que se hace con la boca: la palabra, el beso, el sabor..., eran los protagonistas.

¿Le cambió adentrarse en ese mundo?
A la boca nos lo llevamos todo, “se lo bebía con los ojos”, “ese niño es tan hermoso que me lo comería”. Parece que sólo haciendo digestión de las cosas las incorporamos verdaderamente.

¿Qué ha aprendido de la vida?
La tolerancia. Creo que seguimos siendo muy misteriosos los unos para los otros, tenemos muchos pliegues, y la sinceridad es muy complicada para todos, incluso cuando creemos ser sinceros no lo somos.

Autora de libros inquietantes, ¿qué le inquieta?
¡Hay tantas realidades invisibles! Conocemos sólo el cinco por ciento del universo, el resto es totalmente desconocido, y algo parecido ocurre aquí y ahora, en la vida cotidiana, hay tantas cosas que no comprendemos y que ni siquiera vemos.


Literatura


El faro de Alejandría de Gillian Bradshaw:

Obligada por su origen noble a contraer matrimonio con el cruel gobernador Festino, la joven Caris de Éfeso huye en dirección a Alejandría disfrazada de eunuco. Su sueño es estudiar el arte de Hipócratesy dedicarse a la medicina, un sueño imposible para una mujer en el año 371 d.C. No obstante las dificultades, Caris logra convertirse en médico y, gracias a sus conocimientos, acercarse a las más altas esferas del poder en pleno ocaso del Imperio Romano. Basando esta trama en una detallada descripción de la medicina hipocrática y, por encima de todo, en una cuidada y rica ambientación en la mítica Alejandría, Gillian Bradshaw ha escrito una novela de ágil lectura y gran interés histórico.  

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