miércoles, 3 de abril de 2013

Juegos, JpTorga


Hace sol. Mi  garganta reseca pide una cerveza.
Entro en un bar elegido al azar. Me da igual, solo quiero refrescar la boca, leer la prensa deportiva y distraerme.

Estoy bien, hace tiempo que no me siento tan bien…
Pido la cerveza con voz ronca. La camarera me mira como quien espera algo de mí.
Me pone la cerveza con sonrisa amable. Le indico con la mirada que retire el vaso. Me encanta beber directamente de la botella, sabe mucho mejor, pienso de forma distraída mientras la recojo de la barra.

Con una servilleta de papel limpio el bocal con gesto despreocupado.



Mi mirada va a parar a una esquina del local.


Un rayo de electricidad recorre mi cuerpo.
¡Ella está allí!
Siento cómo me llama en silencio…

Una agitación incontrolable se pasea por todo mi cuerpo. La ansiedad se eleva en mi interior hasta hacerme marear.
Cierro los ojos.
¡No puede ser!
Hace tiempo que lo he dejado atrás.
¿Por qué me persigue?

Abro los ojos y me obligo a mirar hacia la ventana. Siento cómo gotas de sudor perlan mi frente.
No… no quiero mirar, pero sé que está allí.

Pongo un billete de cinco euros sobre la barra. La camarera me mira con gesto vacilante. Deja de fregar los vasos. Centro la mirada en la crónica del partido, pero soy incapaz de leer.

Quiero mirar hacia donde está ella… y a la vez me obligo a no mirar a ese maldito rincón.
La camarera con gesto amable me devuelve el cambio. Tres monedas de euro. Las recojo y noto que mi mano tiembla, mientras un torrente de sudor frío se adueña de mi cuerpo.
Miro de nuevo hacia el rincón. Luces de colores brillan de forma intermitente. Azul, rojo, amarillo… parpadean y parpadean hasta hacerme seducir.

Sacudo la cabeza para ahuyentar mis pensamientos.
Sacudo la cabeza para ahuyentar mis miedos.

Camino con paso firme hacia el baño. Paso a su lado y allí está llamándome en silencio. Empujo la puerta, de forma frenética me abalanzo sobre el lavabo.

Abro el grifo y lleno las manos del elemento líquido y frío.
Empapo la cara.
Miro al espejo.
Allí estoy yo, sonriendo y lleno de miedo a la vez.
Recojo más agua, la estampo contra la piel.
Bebo un poco.
Cierro el grifo.
Suspiro, parece que me siento mejor.

Miro al hombre del espejo.
Le sonrío.
Solo serán tres euros, nada más, le digo.
No hay ningún problema en ello.
El hombre del espejo me devuelve la sonrisa.
Me siento seguro.

Salgo.
Cierro la puerta con mimo.
Miro a mí alrededor.
Todos están ajenos a mi persona. Incluso la camarera parece ignorarme mientras de forma atareada recoge tres tazas de café depositadas sobre una mesa.

Introduzco la  mano en el bolsillo.
Siento un leve calor en mis dedos al tocar las monedas.
Disfruto de una excitación en el pecho que ciega mis sentidos.
La miro. Está ahí, ante mí... entregada.
Me saluda de forma silenciosa. Ya nos conocemos. Somos viejos amigos.

Encajo una moneda en su interior con dedos temblorosos.
Miro a ambos lados, siento que no deben verme jugar con ella.
Pulso la tecla verde con la misma fuerza que aprieto mis labios, los símbolos centrales se movilizan alocadamente.

Repito de nuevo el gesto. Mis dedos se deslizan sobre la tecla con la habilidad de un pianista. Parece que lo hago con desinterés, pero mi corazón late aceleradamente.

Una nueva moneda.
Mi dedo corazón pulsa de nuevo la tecla de juego.
Uso la tercera moneda.
La máquina me mira impasible, pero yo sé que va a darme el premio. Siempre lo hace. Primero me provoca y luego se entrega a mí. Soy  afortunado en el juego.

Llevo la mano a mi bolsillo, saco un billete de veinte euros. Con gesto mecánico indico a la camarera mi deseo.

Veinte monedas más.
La prebenda será mía.
Me siento repleto de emoción.
Mis dedos han dejado de temblar.
Pulso las teclas con rapidez y destreza. Me devuelve cinco monedas.
Sonrío… ¡ya eres mía!
La excitación llena me pecho. Eso es… ¡lo sabía!  Sabía que sería capaz de dominar el juego de esta máquina.

La rueda central gira vertiginosamente.
Cambio un nuevo billete sin pensar.
Mmmmm… ¡se resiste!
Su luz me ciega. Voy a la barra y recojo mi cerveza.
Me sitúo de nuevo impasible ante el juego.
Mis ojos brillan.
Me queda solo un billete de cinco, lo convierto en nuevas monedas.
Miro a los lados, no quiero que nadie intente jugar… ¡¡el premio tiene que ser mío!!

Ya sólo me queda una moneda.
La introduzco mientras cierro los ojos apelando a la superstición. Esta tiene que ser…
No… no ha sido. ¡¡Maldita embustera!!
Si tuviera otro billete… ¡¡ya le diría yo a ella!! ¡Seguro que le sacaba el premio especial!

No me queda dinero.
Apuro el último trago de cerveza.
Raquel se enfadará conmigo. He gastado el dinero que iba a ingresar en la cartilla bancaria del niño. Eran los cincuenta euros que Javi había ahorrado.

Pestañeo repetidamente.
¡He vuelto a jugar!!
Pero… mmmm, estuve a punto de sacarle a esa máquina el premio especial..!!

Salgo por la puerta.
No saludo al marchar. Los ignoro. Todo me da igual.
Poso los pies en la acera.
Dejo atrás la excitación del juego…
De nuevo un rayo de ansiedad recorre mi cuerpo.
De nuevo sudor frío en mi frente…

¿Qué he hecho?
¡He vuelto a jugar!
Había prometido a Raquel y Javi, que no volvería a hacerlo…

Hundo las manos en los bolsillos.
Mi espalda se encorva en un gesto abatido.
Miro al suelo.
Dejo que los pies me lleven…

No lo sabrán…
Les diré que perdí el dinero al sacar el pañuelo del bolsillo.
Me creerán…
¡Tienen que creerme!
No tienen que dudar de mí…
Yo…
¡¡Yo... he dejado el juego!!



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