lunes, 26 de agosto de 2013

Cantos de amor del antiguo Egipto



Trasladados a las lenguas modernas desde principios del siglo XIX, los textos egipcios sufrieron durante lustros de dudosas aproximaciones en su traducción. Unicamente a través de los trabajos de Stern (1880) y de Ermas (1902) fue posible estudiar el egipcio antiguo con la misma precisión con que se manejan textos griegos o hebreos. Poco se sabe de la lírica egipcia, pero algunos cantos contienen indicaciones de un acompañamiento de arpa, que cierta clase de bailarinas danzaban acompañándose de panderos y sistros mientras cantaban. El fresco erotismo de estas canciones, el apasionamiento de los interlocutores, el texto en forma de diálogo, anticipan el Cantar de los Cantares biblíco.


Charles Landelle (1812-1909)


Se trata de poemas que datan del Imperio Medio entre los siglos XVI y XI a.C., época de victorias y prosperidad en Egipto. En su estado actual se conservan en el Pápiro de Turín en el Museo del Cairo. Fascinantes, curiosos y sorprendentes. 



De ‘Canciones egipcias’ de Francisco Serrano- (1979)



Frederick Arthur Bridgman (1847 – 1928)
 
Ella:


Mi amor
que dulce es ir al estanque
a bañarme ante ti
Y mostrarte mi belleza
en una camisa del más fino lienzo
mojada.
Me sumergiré contigo
Y volveré a subir
con un pez rojo, tan lindo,
entre mis dedos.
Ven y mírame.

Él:

Cuando ella me recibe
con los brazos abiertos
me siento envuelto en perfumes
Como un viajero que llega
de la lejana tierra de Punt.
Todo cambia: el alma, los sentidos,
todo se trasforma en perfume
delicioso y extraño.
Y cuando la beso
mi cabeza se enciende,
y me siento borracho
sin haber bebido.

Ella:

Tu amor penetra mi cuerpo
como el vino satura el agua
cuando agua y vino se mezclan.

Él:

!Oh, quien fuera la negra que la acompaña
para admirar la blancura de su cuerpo!
!Quién fuera el lavandero
para lavar sus vestidos perfumados!
!Quién fuera la sortija de su dedo!

Ella:

Encontré a mi amor pescando
sus pies en las ondas de la orilla.
Desayunamos juntos y bebimos cerveza.
Le ofrecí la magia de mis muslos
y él cayó hechizado.

Él:

Vino a buscarme.
!Cuanta felicidad vino con ella!
Me levanto exaltado,
riendo,
temblando,
feliz cuando digo:
Aqui está:
Largamente la miro.


Frederick Arthur Bridgman (1847 – 1928)


Fuente:

http://www.yamelose.com



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