domingo, 25 de noviembre de 2012

La ciencia de la risa



Una pareja que lleva 15 años de casados prepara la cena. De pronto, la mujer le dice enfadada al marido: “En todos estos años, jamás me has comprado nada”. Y el hombre le responde: “¡Haberme avisado de que vendías algo!” Si el chiste te ha hecho gracia, en tu cerebro se han activado tantas áreas como cuando resuelves un problema de matemáticas. Has usado la lógica, la memoria, tu habilidad semántica y tu cognición para entenderlo.
 En cambio, si no te has reído... se ha activado solo una: la del aburrimiento.
El estudio de los mecanismo del humor en el cerebro está convocando cada vez a más expertos en distintos campos que intentan comprender qué áreas se activan, por qué y cómo nos damos cuenta de que lo que nos están contando es un chiste. Porque “puede que por daños en el cerebro no te rías de nada. Pero tu cerebro sí se ríe”, cuenta desde Cambridge, Tristán Bekinschtein, neurocientífico especializado en los diferentes estados de conciencia. Fue este especialista quien probablemente descubrió cómo el cerebro se da cuenta de que está frente a un chiste: “Enfrentamos voluntarios a varias oraciones que podían o no finalizar en una gracia. Y lo que encontramos en nuestra investigación es que en un chiste funcionaban áreas muy obvias. Por ejemplo, hay más activación en la red frontal parietal, como cuando por fin te das cuenta de algo. También en el área tegmental ventral, que se ‘enciende’ cuando ganas algo o pruebas una droga”.
 Esta región es la que gobierna la recompensa, y allí está la razón de que nos guste tanto reírnos. El neurotransmisor que utiliza esta área de nuestro cerebro es la dopamina, y esta se relaciona directamente con las sensaciones de placer. Pero a veces puede ocurrir que reír no sea en absoluto un placer.
Los primeros estudios relacionados con el humor se efectuaron en 1969 e involucraban a pacientes que sufrían de epilepsia causada por lesiones en el lóbulo frontal; se descubrió que estos tenían alterada la capacidad para percibir el humor. Así resulta que, como cuenta Bob Esponja en uno de sus capítulos, existe una “caja del humor” en nuestro cerebro. Un sitio sin el cual nada nos parece digno de risa. Una reacción que también tiene su caja.
Itzhak Fried, neurocientífico de la UCLA relata su experiencia con una paciente de 16 años que sufría ataques crónicos: “La estimulamos con electrodos intracraneales en distintos puntos mientras le pedíamos que llevara a cabo diferentes tareas: leer, nombrar objetos, señalar colores... De pronto, cuando dimos una pequeña corriente en un área de 2 por 2 centímetros en la circunvolución frontal superior, la niña, cuyas iniciales son A. K., empezó a reírse y nos dijo: ‘Qué graciosos son ustedes... todos ahí, de pie’. A medida que estimulábamos esa zona con una corriente mayor, A. K. se reía cada vez más fuerte, hasta llegar a ser una risa contagiosa que le impedía realizar cualquier otra tarea”.
¿Y a ti te parece divertido?
A nivel neurológico, por ejemplo, la risa tiene implicaciones en la epilepsia gelástica (gelos significa risa en griego), un tipo de ataque que se caracteriza por risa involuntaria y grandes despliegues de energía. También es capaz, según demostró Sophie Schwartz, del Departamento de Neurociencias del Centro Médico Universitario de Ginebra, de disparar episodios de catalepsia durante la narcolepsia, un desorden del sueño que afecta a una de cada dos mil personas y que produce atonía muscular.
 Estudiar el fenómeno del humor en personas sanas permite detectar todos los procesos relacionados que tienen lugar en el cerebro. Y hacerlo en pacientes con dolencias en los circuitos cerebrales permite, por comparación, detectar qué zonas no funcionan adecuadamente. Es Beckinstein, precisamente, quien comenzará en breve un estudio pionero con pacientes en estado vegetativo.
Cansado de ver que las investigaciones en estos pacientes iban a menudo por el lado de los receptores del dolor (causar incomodidad para observar reacciones), decidió realizar la aproximación opuesta: provocar risa. “Lo primero que intentaremos”, explica Beckinstein, “es estudiar a aquellos pacientes en estado vegetativo; y solo el 10 o el 20% muestra algún tipo de actividad cerebral. Nuestro objetivo es utilizar las emociones positivas. Si una persona está atrapada en un cuerpo y nadie sabe si está consciente o no, por lo menos que le cuenten unos chistes. Que no experimenten con dolor contigo. Y yo, la verdad, no tengo interés en asustar a los pacientes. Prefiero divertirme y que, si ellos están conscientes, también lo pasen bien”.
Me llamo juan, ¿y tu? Yo no
Tanto el humor, como su hija, la risa, precisan una red neuronal. En ella están involucradas las regiones temporales y frontales del cerebro. Estas, en el momento de “caer” en la broma, inducen la actividad en los músculos que producen reacciones faciales: la risa.
 Pero cada humor tiene su mapa. En su trabajo, Beckinstein demuestra dónde se procesa el humor semántico, ese que juega con las palabras; por ejemplo: “Doctor, qué padezco?”, interroga el paciente, y el médico le responde: “Pues… ¡padece uzté un ozito!” Allí se activan áreas que tienen que ver con el procesamiento del lenguaje, la cognición y la memoria. Aunque, extrañamente, también se activan regiones que tienen que ver con el procesamiento visual. ¿Será esta una broma del cerebro?
Por si fuera poco, cada mapa, también tiene su sexo, ya que hombres y mujeres procesamos el humor de modo distinto. Eiman Azim, de la escuela de Medicina de Stanford, ha encontrado, gracias al estudio de 20 voluntarios sanos (10 hombres y 10 mujeres), que estas últimas “utilizan regiones específicas del cerebro en un grado mucho mayor que los hombres. Una de estas regiones es el córtex prefrontal izquierdo, el área que regula el lenguaje. Esto está en consonancia con el dominio del habla que se ha demostrado que tienen las mujeres”. Y es que la risa y el humor son dos cosas distintas. La percepción del humor depende de facultades cerebrales que, trabajando en conjunto, activan la risa. Y es posible que seamos capaces de provocarla químicamente.
El conocimiento de las áreas que se activan en el cerebro y la función que ejercen ciertas drogas en él nos podría llevar a crear una “pastilla de la risa”. “Las drogas conocidas como reguladoras del humor podrían tener esta influencia en nosotros”, confirma Beckinstein. “Si tomas algo para la ansiedad, el humor negro te hará reír porque tienes menos inhibiciones.”
En su libro La expresión de las emociones en el hombre y los animales, Charles Darwin se atreve a especular con la razón evolutiva de la risa y el humor: “Es una expresión social de felicidad. Y, como tal, resulta una verdadera ventaja social para el grupo”. No en balde, llevamos millones de años practicándola.
La ciencia está descubriendo cómo y de qué se ríe nuestro cerebro. Solamente nos falta encontrar el Grial del humor: ¿por qué algo nos resulta gracioso?


Fuente: www.quo.es/ciencia


 

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