lunes, 23 de septiembre de 2013

Amanea, David F. Cantero



Cuando era un verdadero niño, no esto que soy ahora, íntimamente, muy íntimamente, llegué a desear alguna vez perder a todos mis seres queridos, como le sucedió a uno de mis compañeros del colegio. Estaría solo, tal vez me internarían en un orfanato, como hicieron con él, pero estaría definitivamente solo y sería libre, quedaría libre del miedo, de la angustia que me producía siquiera pensar en la posibilidad de su muerte.

Yo amaba. Amaba entonces incondicionalmente, amaba aunque no me amaran, como hacen los perros, amaba aunque me dieran patadas en el culo o me dejaran sin postre. Amaba hubiera risa o llanto, amaba con verdadero apego, con total entrega a la penuria de amar y ser amado, con absoluta necesidad. Amaba a cambio de nada, amaba por miedo y por amar. Amaba sin decir una palabra, casi sin un gesto, sin reconocer que amaba. Pensaba que mi amor era capaz de proteger, de espantar o despistar a la muerte. ¿Qué amo ahora?, ¿a quién amar?, ¿a mi padre?

Ciego, sordo, imposibilitado en cuerpo, mente y alma, sigo esperando sin recordar el verdadero sentido de esperar, espero ajeno a cualquier expectativa, ¿imaginas? ¿Puede haber algo más funesto? ¿Amo acaso esperar al hijo que me falta?

¿Te amo a ti?, ¿te amo todavía? Muerta en cualquier caso o tal vez viva, ¿te amo realmente?, ¿es esto amar?, ¿qué diablos era amar?, ¿temer la pérdida? Acaso decimos, sentimos o fingimos amor para no llegar a sentirnos nunca tan solos, por apartar toda esa infausta soledad que nos rodea. ¿Es ésa la única realidad?, ¿lo es? ¿Quería realmente que estuvieras viva? íntimamente, muy íntimamente, tal vez deseaba que ese cuerpo que esperaba tras alguna de esas puertas fuera el tuyo; acabar de una puta vez con todo aquello.

Eras mi familia, ¿sabes?, la única familia. Mi árbol genealógico está marcado por las cruces, por demasiadas cruces. Se balancean inertes colgando de sus ennegrecidas ramas necrológicas, fatalmente. ¿Y ahora tú?, ¿tú? ¿De qué sirvió por fin salir, dejar atrás tanta defunción? De tanto toparme con ella, llegó a tenerme confianza. Así le arrebaté a la muerte su alegría y la hice mía, gracias a ti. Porque la muerte, ¿sabes?, suele estar alegre, es así de hija de puta. Pero conseguí engañarla, burlarme de ella gracias a ti. La dejé llorando con mis muertos, sin importarme ya éstos ni su macabro poder. Sin temer más que pudiera arrebatarme lo poco vivo que quedaba. Tú, con tu inmensa vida apartaste toda la muerte de mi lado. Me llevaste contigo, sin decir apenas nada… ¿Y ahora tú?, ¡maldita sea! Me costó mucho dejar de temer la muerte de mi padre, mi propia muerte. Ahora simplemente las espero como se debe esperar lo inevitable: resignado. Como a ella le gusta. ¡Qué triste y cobarde valentía! Nunca llegué a temer la tuya, ¿puedes creerlo? Era tanto el amor que no cabía la muerte entre nosotros. Vivía enajenado, como un auténtico niño, ajeno completamente a su amenaza, sin pensar en ella ni un minuto, después de haber pasado casi toda mi vida cubierto por su sombra.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada