martes, 28 de mayo de 2013

La cámara de los recuerdos perdidos



La vida es una sucesión de imágenes. Fotograma a fotograma, los ojos de Eugenia registran cada uno de los detalles a su alrededor, los rostros que pasan a su lado, los carteles de cine, el tráfico de la calle. Pero la mayoría se pierden en el pozo del olvido. Eugenia sufrió un daño cerebral hace dos años que le dificulta generar nuevos recuerdos. Ahora lleva una cámara al cuello que le ayuda a fijarlos en su memoria, una pequeña Vicon Revue que toma una fotografía cada pocos segundos y que será fiel testigo del experimento que estamos a punto de comenzar.

 Seis pacientes con problemas para generar nuevos recuerdos participan en un experimento para mejorar su memoria. Una cámara que toma imágenes las 24 horas del día les ayuda a recordar hasta un 20% más de acontecimientos. Es una muestra de cómo las nuevas tecnologías pueden ayudar a mejorar la vida de muchos pacientes con daño cerebral. 

Son las 10 de la mañana, y estamos en la plaza de Callao, en Madrid, donde Eugenia ha quedado con otros cinco pacientes como ella. El doctor Álvaro Bilbao, neuropsicólogo del Centro Estatal de Atención al Daño Cerebral, les ha citado aquí para la tercera y última parte del experimento que dirige desde hace unos meses. La idea es la siguiente: comprobar si llevar una cámara y repasar lo que han hecho durante el día les ayuda a largo plazo a mejorar su capacidad de recordar. "Son seis de los pacientes con amnesia más severa", nos dice. "Si conseguimos que mejoren su memoria podemos demostrar que la cámara tiene efectividad".

Una excursión para recordar
La jornada comienza con un paseo por la Gran Vía, y Alonso se queda un poco rezagado respecto al grupo. Trabajaba como cocinero en un hotel de Madrid, nos cuenta, pero una infección herpética le provocó un daño en el hipocampo. Esta región del cerebro es la que ayuda a fijar los recuerdos; cuando se daña, la vida pasa delante de los ojos sin que el paciente pueda retener apenas nada. "Cuando me dejan", confiesa, "sigo cocinando en casa. Es una cosa que no quiero que se me olvide". La cámara de Alonso también registra todo lo que sucede desde primera hora. Es como llevar un diario, asegura, que fija cada suceso de su vida.
La excursión de hoy es parecida a la de las otras dos ocasiones, nos dirigimos a la Biblioteca Nacional donde visitaremos las instalaciones durante casi dos horas, después comeremos en un restaurante y terminaremos el día en una bolera. Mañana, el doctor Bilbao les hará una serie de preguntas sobre la jornada y comparará los resultados respecto a las dos primeras jornadas. Aunque algunos llevan la cámara, esta vez no podrán consultar las imágenes en la noche anterior al test, pues se trata de comprobar si el uso continuado ha mejorado su capacidad de recordar sin necesidad de ayuda. Los pacientes están divididos en dos grupos y solo uno de ellos ha utilizado la cámara en su día a día durante seis meses. En la primera fase del experimento, la cámara les ayudó a recordar un 15% más de hechos que cuando no la llevaban.
El proceso por el que la cámara ayuda a fijar los recuerdos de los pacientes es el mismo que en cada uno de nosotros y se llama codificación ampliatoria. "Cada vez que queremos codificar la información", explica Bilbao, "nuestro cerebro realiza un registro. El mero hecho de anotarlo o volver a ello nos ayuda a recordarlo". Es por eso que utiliza las nuevas tecnologías, como las agendas, Facebook, o la cámara que estamos probando ahora, para ayudar a sus pacientes. “Hay una creencia errónea de que las nuevas tecnologías hacen al cerebro más vago”, insiste, “cuando sucede todo lo contrario: cuando estamos apuntando algo las estamos codificando de una forma más efectiva y pueden ayudar mucho a mejorar la memoria”.

Entre el sueño y la realidad
En la Biblioteca Nacional todos atienden interesados a las explicaciones. Manolo toma notas y nos guiña un ojo, como si estuviera haciendo trampas. Es el más animado de los seis pacientes, aunque sobrestima sus facultades, según el doctor Bilbao, y explota al máximo cualquier detalle. "Tuve una encefalitis y no me acordaba de nada", explica Manolo, "no sabía ni quién era mi madre, ni quiénes era mis hermanos. Pero si pones un poco de empeño te irás acordando. Te costará, pero te irás acordando…".
Antonio viene desde Jaén, donde a pesar de su grave estado sigue despachando legumbre en un pequeño negocio familiar. "Tareas sencillas como poner 500 gramos de garbanzos", nos explica el doctor Bilbao, "sí que puede realizarlas, porque no requieren memoria". A pesar de todo, la situación de estos pacientes es una fuente constante de sorpresas. Durante la comida, Antonio se cruza con su médico en el baño y no le reconoce. "Disculpe, señor, es que tengo un daño cerebral y no tengo memoria. Siento mucho la molestia".  El propio neuropsicólogo está sorprendido, pues a él está habituado a verlo y sí le reconoce. Al cambiar de contexto, la mente de estos pacientes puede perder la referencia. Una hora después, en la bolera, Antonio va al baño y al regresar no sabe dónde está ni qué estaba haciendo, y se dirige a un camarero en busca de ayuda. "Perdone, tengo un daño cerebral... ¿usted sabe con quién he venido?".
Isabel viene con su marido, Teo, desde Salamanca. Tuvo un ictus en 2005 y durante un tiempo no podía salir de casa sola porque se saltaba los semáforos y cruzaba la calle completamente despistada. Ahora se vale por sí misma para muchas cosas, gracias a los consejos de su médico. "Tengo una libretilla en la que voy apuntando las cosas", confiesa divertida, "son chuleticas, ¡como en el cole…!". Cuando le preguntamos por la cámara nos cuenta que le ha ido muy bien, aunque ya no la necesita. Un minuto después, el doctor Bilbao nos lleva a un aparte y nos explica que Isabel es una de las pacientes que nunca ha llevado la cámara, pero su mente está fabulando. "A Isabel le puedes preguntar qué tal ayer el abordaje pirata, y te dará detalles", explica Bilbao. "No recordar cómo es el día a día es muy angustioso, y para superar esa angustia el cerebro tiende a rellenar los huecos".
Luis es el paciente que más tiempo lleva con el doctor Bilbao y el primero de este tipo que aprendió a utilizar una agenda electrónica para sobrevivir en su día a día. "Luis es un caso muy curioso y muy especial para mí", explica Bilbao. "Tuvo una intoxicación por monóxido de carbono, lo que le dañó de una manera muy selectiva el hipocampo y eso le provoca muchas dificultades para recordar cosas que ha hecho hace cinco minutos". "Con la agenda, me levanto por la mañana, miro si tengo algo que hacer ese día...", dice Luis. "Y es lo que me da la certeza de que he estado en el sitio y lo que he comido y demás".
Han pasado veinte minutos desde que salimos de la Biblioteca Nacional y nos detenemos un instante cerca de la calle Génova, en la plaza de la Villa de París. ¿Dónde hemos estado?, preguntamos a Luis. "Hemos estado en un museo, pero no sé cuál", dice. "Puede ser El Prado. Realmente no me acuerdo".  "Lo último que hemos visto no lo sé", contesta Isabel. "Hemos visto cuadros, premios Nobel...". Lo mismo cuando preguntamos a Alonso y Eugenia. "Hemos estado comiendo juntos, ¿no?", asegura Alonso, "Y antes, no lo sé, no te puedo decir si lo he soñado". "Esta mañana hemos estado… espérate…", suspira Eugenia. Y tarda un rato largo en volver a hablar. "Ahora mismo no sé decirte".

Los resultados
A la mañana siguiente llega la hora de la verdad. El doctor Bilbao convoca a los pacientes en su despacho y un ayudante les somete a un breve test individual con preguntas sobre el día anterior. ¿Dónde nos encontramos? ¿A qué hora? ¿Qué edificios emblemáticos vimos? ¿En qué consistió la actividad de la tarde? Las respuestas muestran la diferencia de resultados entre quienes han usado la cámara en los seis meses anteriores y los que no.  Luis no la ha utilizado y su puntuación es de un 2,5. Eugenia, que sí ha convivido con la cámara, ha sacado un 5,25 y recuerda más detalles.
Las respuestas del test siguen siendo una mezcla de hechos pasados y suposiciones inventadas. Eugenia recuerda dónde quedamos, las calles por donde paseamos y una breve visita al palacio de Cibeles. Se acuerda incluso de que estuvimos en Chamartín a última hora, pero cree que fue para jugar al billar en lugar de a los bolos. "Eugenia es uno de los ejemplos de que la cámara ayuda a mejorar", explica el doctor Bilbao. Gracias al experimento ha comenzado a hacer cosas que antes no hacía y se vale mejor por sí misma. La conclusión global del estudio arroja un 20% de mejora con este sistema, lo que puede parecer poco, pero en estos pacientes es todo un avance. Y, lo más importante,  deja la puerta abierta a seguir mejorando sus vidas.

Fuente:
http://noticias.lainformacion.com

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