jueves, 30 de mayo de 2013

El diario de María, Jp Torga



María abre las tapas del diario con suavidad y a continuación acaricia dulcemente la cubierta color malva del mismo con la yema de sus dedos. Es un gesto instintivo, casi maternal. Siempre lo hace cuando la historia que acude a su mente  la hace vibrar, cuando despierta sensaciones en el fondo de su alma.



Respira hondamente y deja salir el aire con lentitud, mientras sus ojos… permanecen cerrados ya que han iniciado un viaje sin retorno al fondo de sus pensamientos.



Al abrir los párpados,  una  inocente sonrisa  perfila sus labios.



Vuelve a mirar el diario con la misma ternura con la que miraría a un niño, tal vez, porque al recordar la historia escrita, está resurgiendo la pequeña niña que lleva dentro.



Pasa un mechón de su pelo color caoba por detrás de la oreja y ajustándose las gafas con su dedo índice sobre la nariz, vuelve a situarse ante una página en blanco que cubrirá en forma de letras. Letras con menciones y nostalgias… sus recuerdos



Pasa el dedo por la parte superior de las hojas y llega a la última página escrita. Una cierta agitación recorre su pecho, ansía seguir escribiendo sin interrupciones. Apoya la sien sobre la mano izquierda, mientras con la derecha escribe con una letra elaborada y uniforme… “No recuerdo cómo comenzaba aquel libro, pero sí guardo con perfecta y asombrosa nitidez destellos, recuerdos de aquella época de mi vida… Mis padres nunca me contaron un cuento cuando yo era pequeña, nunca me dedicaron, ni a mis hermanos, mayor atención en ese aspecto.

Nunca me compraron un cuento infantil, en mi familia no se apreciaba eso, quizás porque no había tiempo para esos menesteres, quizás porque era más importante dedicar el dinero a otras cosas más necesarias…

La única persona que cubrió esa necesidad, y nunca entendí el por qué, fue mi abuela materna.

Ella vivía en La Coruña, se marcho allí a trabajar cuando mi madre tenía unos seis años; fue cuando mi madre se quedó en el pueblo a vivir, “al servicio” de Laura, quien la crió a partir de esa edad.

De vez en cuando mi abuela nos enviaba una “caja”. Era todo un acontecimiento… Siempre había algún regalo para mi hermano y para mí. Lo primero que sacaba mi madre de la caja era una “hoja de bacalao”. Mi abuela trabajaba en una fábrica de bacalao y siempre que había un paquete, de él acababa saliendo uno de esos pescados salados…. Nunca lo había pensado, pero es posible que… que ese sea el motivo por el que me guste tanto a día de hoy el bacalao, quizás porque me trae sabores agradables de mi infancia…

 

María levanta por un instante la mirada y la deposita sobre la luz que entra a través de la ventana. Ventana que no ve y traspasa con la mirada, ya que ese viaje a la mente de aquella niña que fue, la transporta mucho más lejos. La hace retroceder en el tiempo más de cuarenta años. El gesto dulce que recorre sus mejillas, deja traslucir la naturaleza de los buenos recuerdos. Recuerdos, que llegan a su mente a borbotones. Baja la vista sobre el papel y escribe de nuevo…  “Y después del bacalao aparecían un montón de libros y cuentos. Nunca supe el motivo por el que mi abuela nos compraba libros. Creo que ella nunca supo leer, quizás por eso… Cuando le escribíamos una carta ella iba a ver a la dueña de la casa para que se la leyeran y era esa misma señora la que nos escribía lo que mi abuela le dictaba.



Tengo el recuerdo de aquel libro de pasta dura y color verde, aquel libro que me acompañó durante interminables tardes y noches, aquel libro que leí y releí una y mil veces…



Era un volumen un poco abultado para mi edad, pero no me importaba, con solo leer el título mi imaginación se echó a volar, de igual forma que entre sus páginas volaba su protagonista, “El Ruiseñor”. Qué bello título… ¡qué bonita historia encerraba en sus páginas!  Las pocas ilustraciones en blanco y negro no hacían más que acentuar mis ganas de leer y conocer la historia, mi imaginación iba más allá del cielo de mi pueblo y me llevó a viajar por un país tan lejano como desconocido… China.



Al colocar el punto y aparte, María suspira. Es un suspiro apasionado, largo, que echa fuera de su pecho una tensión acumulada por el ansia de expresar aquellas vivencias. Ese suspiro trae a su cabeza nítidos momentos, que se apresura a estampar sobre el inmaculado papel… “Y también estaba allí, con el mismo formato de pasta dura y verde Gulliver y sus fantásticos viajes… Aventuras y más aventuras con las que poder viajar, soñar, reír o pasar miedo.



Pero los viajes de Gulliver nunca tuvieron la sensibilidad que se encerraba entre la multitud de hojas de El Ruiseñor… Aún puedo sentir la emoción que me producía leerlo.



En una ocasión, hace un par de años, volví a  la   casa de mis padres en el pueblo en busca de esos libros. Esperaba poder volver a respirar el aroma de mi niñez, esperaba poder volver a soñar como en mis años de niña, esperaba encontrar de nuevo aquella imaginación que me había llevado hasta la recóndita y lejana China. Pero… sólo encontré cajones llenos de otros libros, de otros momentos, también bonitos, pero ninguno comparable al trino del pájaro en los jardines del Emperador.




Se quita las gafas y pasa los dedos pulgar e índice sobre los ojos, en un gesto que denota fatiga. Postura de sus dedos, que terminan comprimiendo el puente de la nariz.



Deposita las gafas con mimo sobre la mesa y siente que otra oleada de evocaciones llega a su mente… “Recuerdo también con fascinación unos libros en formato cómics de los payasos de la tele. Me encantaba leer las aventuras de Gaby, Fofó y Fofito. Sin duda mi preferido era Fofó… ¡cómo me hacía reír! Cómo disfrutaba con sus payasadas y  tonterías…



Y en aquella caja también guardaba preciosos tesoros: muñecas para mí, coches para mi hermano. Muñecas que para mi eran inalcanzables, solo podía jugar con ellas dentro de la caja… no me permitían cogerlas entre las manos, no me dejaban jugar con ellas. Las muñecas se podían romper.



Durante muchos años guardé encima de mi armario una muñeca que siempre fue mi ojo derecho. En ocasiones, cuando me quedaba sola en casa, me subía en una silla y a escondidas cogía la caja, la abría, sacaba la muñeca, sus vestidos, aquellos botes vacíos de plástico que simulaban bonitos frascos de perfume y con el peine también de plástico peinaba el flequillo de la muñeca. La melena no se la podía peinar, estaba protegida por un plástico y si se lo quitaba descubrirían mi secreto. Recuerdo el olor de la muñeca, ese olor a plástico, ese olor a “muñecas de Famosa”…



El recuerdo del juguete dibuja una sonrisa angelical en las suaves facciones de María. -¿Qué habrá sido de aquella muñeca?- Se pregunta. Bucea en los recuerdos, sus recuerdos… -Si, es cierto ¡¡se la regalé a mi prima!! -  Sacude la cabeza a ambos lados con nostalgia mientras cierra de nuevo el diario.  Lo hace con suavidad. Después… acaricia dulcemente la cubierta color malva del mismo con la yema de sus dedos. Es un gesto instintivo, casi maternal. Siempre lo hace cuando la historia escrita la hace vibrar, cuando despierta sensaciones en el fondo de su alma.

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