viernes, 19 de abril de 2013

Todo lo que cabe en los bolsillos (fragmento), Eva Weaver




Nueva York, 12 de enero de 2009

Tras la ventisca, la nieve resplandecía bajo el intenso azul del cielo. Con aquella primera nevada, Nueva York parecía una ciudad encantada, enmudecida y transformada por completo. A pesar de la nieve, o tal vez a causa de ella, Mika insistió en recorrer a pie las escasas manzanas que había desde la estación del metro hasta el museo. La nieve elimina las aristas de todas las cosas. Igual que un truco de magia que hace desaparecer un objeto.
Pese a no haber dormido en toda la noche y al dolor que sentía en la rodilla izquierda, el viejo iba tarareando. La nieve recién caída estaba rebosante de promesas, y pasar el domingo con su nieto suponía un cambio agradable en su solitaria existencia. Daniel había llegado temprano, con el fin de aprovechar al máximo el día, tan corto en invierno, y tras un generoso desayuno Mika sugirió que fueran a mezclarse con los dinosaurios del Museo de Historia Natural. Así que, envueltos en gruesas bufandas y gorros para aislarse del cortante viento, salieron del metro a la calle 72 y tomaron rumbo norte, en dirección a Central Park.
Daniel era alto para los trece años que tenía. Ágil y larguirucho, poseía unas facciones delicadas que irradiaban curiosidad y una pizca de insolencia. A Mika siempre le habían gustado la risa descarada y el cabello negro, rizado y rebelde de su nieto. Y también a Hannah. Y a Ruth. A cada poco prorrumpían en un tonto bailoteo y se divertían en hacer volar la nieve por los aires formando nubes de azúcar glas, Daniel con los zapatos y Mika con su bastón, ambos riendo felices.
Ocurrió cuando bajaban por la calle 72 en dirección a Columbus. Pasaron por delante de un pequeño teatro que visto desde fuera no era mucho más que una puerta roja, grande y destartalada, que lucía un letrero impreso. Mika captó con el rabillo del ojo un colorido cartel que proclamaba en letras impresas en negrita: «El titiritero de Varsovia. Teatro de marionetas».
Mika aminoró el paso pero no se detuvo, a pesar del sudor frío que comenzó a formársele en la frente y entre los omoplatos.
El texto del cartel tenía debajo la imagen de un abrigo negro y viejo, extendido como si estuviera a punto de bailar o de salir volando, con un brazalete de la estrella de David cosido a la manga derecha. Se fijó en que la estrella era azul, por lo tanto polaca, no amarilla como las que estaban obligados a llevar los judíos de otros lugares. Y además había marionetas, montones de marionetas distintas que asomaban la cabeza de vivos colores por los numerosos bolsillos del abrigo: un cocodrilo, un bufón, una princesa, un mono.

A Mika se le aceleró el corazón. Comenzó a retumbarle con fuerza, como un tambor enloquecido. Metió la mano en el abrigo, primero en el bolsillo izquierdo, luego en el derecho, manoteando, buscando algo. No encontró nada más que un pañuelo viejo y arrugado, un lápiz muy gastado y otro par de guantes. De repente le invadió una sensación de vértigo y una intensa oleada de náuseas, y con ellas un sentimiento de impotencia y rabia que temió que lo devorase como un león que le estuviera atacando las entrañas. Sintió una opresión en el pecho y notó que le faltaba el aire. Se agarró del brazo de Daniel y le dijo con voz débil y tensa:
—Danny, por favor, vámonos a casa. Necesito enseñarte una cosa.
—¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien?
—Sí, es que tengo que volver. Lo siento, Danny.
Mika se tambaleó y se aferró a su bastón, pero ya habían comenzado a inundarle las imágenes: una figura pequeña, andando a trompicones por una extensión infinita de escombros que ardían lentamente; una enorme forma negra que aleteaba por encima de él igual que un cuervo gigante; un abrigo habitado por una ruidosa troupe de marionetas que lo perseguían con la intención de atraparlo de una vez por todas.
Cuando se apoyó contra la pared, las imágenes comenzaron a disiparse, pero se le doblaron las rodillas y sintió que resbalaba hasta el suelo. Luego notó un fuerte pitido en los oídos, y después lo vio todo negro.
No supo cuánto tiempo había pasado, pero sintió la mano de Danny, que le acariciaba la mejilla.
—Despierta, abuelo.
Lo llamó una figura desde el otro lado de la calle. No alcanzó a oír lo que decía aquel hombre. Si es judío como yo, no debería estar en la acera. ¿No se habrá enterado? Está prohibido andar por la acera. A lo mejor es alemán.
El desconocido cruzó la calle.
—Ten, abuelo, bebe un poco. Te sentará bien. —Danny le acercó a la boca una pequeña petaca plateada. Se le quedó pegada a los labios.
—¿Va todo bien? —preguntó el hombre que había cruzado la calle, inclinado sobre él con expresión amistosa y preocupada, la frente llena de arrugas. Después de todo no llevaba uniforme, sino un gorro y una bufanda de lana.
«Aun así, nunca hay que fiarse de la sonrisa de un desconocido. Tengo que levantarme. No puedo morirme aquí.»
Danny volvió a acercarle la petaca a los labios. Mika bebió un buen trago y después tosió.
—¿Es que quieres matarme? ¿Qué es eso?
El otro se echó a reír.
—Ron Stroh, setenta y cinco por ciento austríaco. Es perfecto para las emergencias. Incluso a veces es capaz de resucitar a un muerto. ¿Ya se encuentra mejor?
—Sí, gracias. —Mika se sacudió igual que un perro recién salido del agua.
—¿Podrás ponerte de pie? —Danny estaba justo a su lado—. Puedo llamar a una ambulancia.
—No, me encuentro bien. En serio. Ayúdame a levantarme, nada más.
Daniel y el desconocido lo agarraron cada uno de un brazo y lo levantaron del suelo. Mika sentía las piernas como si no fueran suyas y un tanto lejanas, como si las estuviera viendo a través de unos prismáticos vueltos del revés. Golpeó unas cuantas veces el suelo helado con los pies.
—Ya estoy mejor, gracias. Tengo que irme a casa. —Le dolía la cabeza.
—¿Seguro que puedes andar, abuelo? ¿Por qué no cogemos un taxi, por lo menos?
Mika sonrió. Desde que salieron del metro no habían visto ni un solo coche. La negligencia formaba parte del encanto de la primera nevada.
—No, vámonos. Y gracias por el ron, señor. ¡Ha funcionado de maravilla!
Danny le entregó el bastón. No hablaron, pero Daniel enlazó el brazo con el de su abuelo y lo sostuvo mientras caminaban por el nevado paisaje de la ciudad. Mika se lo permitió y, más que eso, se sintió agradecido.
Tomaron el metro, y tras otra breve caminata llegaron por fin al bloque de apartamentos de Mika. El ascensor los llevó hasta el quinto piso. Después de abrir la puerta, Mika se apresuró a quitarse el abrigo y la bufanda, y enseguida cobró vida.
—Danny, haz el favor de ir al armario del dormitorio y traerme un paquete grande y de color marrón que hay detrás de la ropa.
Aquella caja llevaba muchos años guardada en el mismo sitio. Mika la había sellado con todo cuidado un día antes de pedirle matrimonio a su mujer. En aquella época contaba veintiocho años, y desde entonces la había abierto una sola vez, el mes de octubre anterior, cuando agregó un último objeto.
Daniel rebuscó en el interior del armario y extrajo el paquete. Por un instante se tambaleó al notar el peso.
—¿Guardas ladrillos aquí dentro?
—No, tú tráelo aquí.
A Mika le temblaron las manos cuando Daniel, con sumo cuidado, depositó la caja delante de él. Deslizó los dedos sobre el arrugado papel marrón explorando todos los lados con ternura. Entonces, con un movimiento repentino, sajó el cordel con un afilado cuchillo de cocina. Ya no había necesidad de desatar el paquete cuidadosamente, porque no pensaba atarlo de nuevo. Agarró la caja y levantó la tapa despacio. El olor resultó abrumador, acre y penetrante.
—¿Qué es, abuelo?
—Quiero contarte lo que sucedió en el gueto. Quiero contártelo antes de morirme. Quiero contarte la verdad... a ti y a mi propio corazón, a tu madre y puede que al mundo.
Extrajo con las dos manos un abrigo enorme. Era negro y pesaba mucho. Le recordó al gigantesco perro negro que había encontrado la semana anterior muerto a la entrada de Madison Park, como si lo hubiera abatido un rayo. Pero aquel viejo abrigo aún tenía vida dentro.
Lo alzó e introdujo los brazos en la oscuridad de las mangas. Ahora, como cuando era un muchacho, parecía demasiado grande, y en cambio al mismo tiempo le sentaba tan bien como una segunda piel. Y, al igual que ocurre con la capa de un chamán, envuelto en él le resultó fácil conjurar espíritus y recuerdos de su pasado. Tomó a Daniel de la mano y respiró hondo.
—¿Te fijaste en el cartel del teatro junto al que hemos pasado, el que decía «El titiritero de Varsovia»?
Daniel negó meneando la cabeza y se quedó mirando a su abuelo, en cuyos ojos resplandecía un brillo desatado.
—Bueno, pues en el vecindario del gueto a mí me llamaban el «titiritero», pero bien podrían haberme llamado el «muchacho de los bolsillos».
—¿Por eso te conmocionaste de esa manera? —preguntó Daniel, y Mika afirmó con la cabeza.
—Danny, los soldados no llegaron a descubrir el mundo secreto que se ocultaba en mi abrigo, jamás se dieron cuenta de que dentro de los bolsillos había otros bolsillos. Verás, este abrigo posee una magia propia. Pero permíteme que empiece por el principio. Permíteme que te cuente exactamente lo que ocurrió.

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