La
causa del trueno es la rápida expansión del aire que se calienta por medio de
un relámpago.
La
enorme energía del rayo calienta un estrecho canal de aire más de 50000 ºC.
Esto se hace tan rapidamente- en unas pocas millónesimas de segundo para cada
sección de la descarga- que el canal de aire caliente no tiene tiempo de
expandirse, mientras se calienta. Esto produce una gran presión en el canal,
que puede ser mayor de 100 atmósferas. La presión luego genera una perturbación
sonora que percibimos como un trueno.
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera
correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el
escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El
llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un
sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues
el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para
llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible
por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato
cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no
entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando
ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del
saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media
del llanto, tres minutos.
Razón de lágrimas
La noche por ser triste carece de fronteras.
Su sombra en rebelión como la espuma,
rompe los muros débiles
avergonzados de blancura;
noche que no puede ser otra cosa sino noche.
Acaso los amantes acuchillan estrellas,
acaso la aventura apague una tristeza.
Mas tú, noche, impulsada por deseos
hasta la palidez del agua,
aguardas siempre en pie quién sabe a cuáles ruiseñores.
Más allá se estremecen los abismos
poblados de serpientes entre pluma,
cabecera de enfermos
no mirando otra cosa que la noche
mientras cierran el aire entre los labios.
La noche, la noche deslumbrante,
que junto a las esquinas retuerce sus caderas,
aguardando, quién sabe,
como yo, como todos.
Luis Cernuda
Llorar a lágrima viva
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Oliverio Girondo
Sonrisas y lágrimas
En 1965 una de las producciones más famosas de la historia del cine llegó a las pantallas.
Con Julie Andrews como protagonista. 10 nominaciones a los Oscar y aficionados en todo el mundo, desde EEUU a Japón.
Basada en el ya exitoso musical "The Sound of Music" (escrito por
Rogers y Hammerstein, representado en Broadway casi 1.500 veces,
premiado con 6 Tony Awards y vendido como disco más de 3 millones de
veces), Robert Wise produjo y dirigió la película "The Sound of Music"
(Sonrisas y lágrimas).
En 1965 la película fue nominada con 10 Oscars y ganó 5 (mejor
película, mejor director, mejor sonido, mejor guión y mejor adaptación
musical). Para Julie Andrews, que protagonizaba la película, fue el
inicio de una carrera ejemplar. Ella misma dijo una vez en una
entrevista que para ella es un honor haber participado en una película
que ha hecho feliz a tanta gente.
La película está basada en hechos reales: Maria von Kutschera, nacida
en Viena, era aspirante al noviciado en la abadía benedictina de
Nonnberg, en Salzburgo, cuando fue enviada por su abadesa como
institutriz de los siete hijos del viudo barón Georg Ritter von Trapp.
Poco después María se casó con el barón y a principios de los años 30
formó un coro familiar, con el que ofrecieron numerosos conciertos en
Austria.
Después de la anexión a Alemania en el año 1938 la familia se vio
obligada a marchar de Austria y su única fuente de ingresos fueron sus
representaciones musicales. Esto les permitió llegar a los EEUU, donde
compraron una granja en Vermont (Stowe) en 1941, que fue remodelada para
acoger la Trapp Family Lodge, que hoy en día es un próspero hotel.
El
amor infantil sigue el principio: "Amo porque me aman". El amor maduro
obedece al principio: "Me aman porque amo". El amor inmaduro dice: "Te
amo porque te necesito". El amor maduro dice: "Te necesito porque te
amo".
En
contraste con la unión simbiótica, el amor maduro significa unión a
condición de presentar la propia integridad, la propia individualidad.
El amor es un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las
barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás;
el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y
separatividad. En el amor se da la paradoja de dos seres que se
convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos.
El
amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que
amamos. Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor. La esencia
del amor es "trabajar" por algo y "hacer crecer" El amor y el trabajo
son inseparables. Se ama aquello por lo que se trabaja, y se trabaja por
lo que se ama.
El
amor no es el resultado de la satisfacción sexual adecuada; por el
contrario, la felicidad sexual –y aún el conocimiento de la llamada
técnica sexual es el resultado del amor….(…) Si una persona sexualmente
inhibida puede dejar de temer u odiar, y tornarse entonces capaz de
amar, sus problemas sexuales están resueltos. Si no, ningún conocimiento
sobre técnicas sexuales le servirá de ayuda.
Otro
error muy frecuente: la ilusión de que el amor significa necesariamente
ausencia de conflicto. Así como la gente cree que el dolor y la
tristeza deben evitarse en todas las circunstancias, supone también que
el amor significa la ausencia de todo conflicto. Los conflictos reales
entre dos personas, los que no sirven para ocultar o proyectar, sino que
se experimentan en un nivel profundo de la realidad interior a la que
pertenecen, no son destructivos. Contribuyen a aclarar, producen una
catarsis de la que ambas personas emergen con más conocimiento y mayor
fuerza.
El
amor sólo es posible cuando dos personas se comunican entre sí desde el
centro de sus existencias, por lo tanto, cuando cada una de ellas se
experimenta a sí misma desde el centro de su existencia. Sólo en esa
"experiencia central" está la realidad humana, sólo allí hay vida, sólo
allí está la base del amor. Experimentado en esa forma, el amor es un
desafío constante; no un lugar de reposo, sino un moverse, crecer,
trabajar juntos; que haya armonía o conflicto, alegría o tristeza, es
secundario con respecto al hecho fundamental de que dos seres se
experimentan desde la esencia de su existencia, de que son el uno con el
otro al ser uno consigo mismo y no al huir de si mismos. Sólo hay una
prueba de la presencia del amor: la hondura de la relación y la
vitalidad y la fuerza de cada una de las personas implicadas; es por
tales frutos por los que se reconoce el amor.
Tener
"fe" en otra persona significa estar seguro de la confianza e
inmutabilidad de sus actitudes fundamentales, de la esencia de su
personalidad, de su amor. Al memos que tengamos fe en la persistencia de
nuestro yo, nuestro sentimiento de identidad se verá amenazado y nos
haremos dependientes de otra gente, cuya aprobación se convierte
entonces en la base de nuestro sentimiento de identidad.
Mientras
tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque
habitualmente inconsciente, es el de amar. Amar significa comprometerse
sin garantías, entregarse totalmente con la esperanza de producir amor
en la persona amada. El amor es un acto de fe y quien tenga poca fe
también tiene poco amor.
Tú has estado en mi mente
y cada día te aprecio más
me pierdo en el tiempo pensando en tu cara
sólo Dios sabe porque me está llevando tanto tiempo
Despejar mis dudas
Pero tú eres lo único que quiero
No sé porque tengo miedo, cuando he estado aqui antes
Cada sentimiento, palabra, lo he imaginado todo
Nunca sabes sí olvidarás tu pasado
y sólo serás mío.
Te reto a que me dejes ser, tu primero y único
prometo que soy digno de estar en tus brazos
así que vamos, dame la oportunidad
para demostrar, que soy el único
que puede caminar una milla hasta el final.
Este
es el séptimo largometraje dirigido por Kar-wai, natural de Hong-Kong y
perteneciente a una serie de realizadores jóvenes formado por personas
tan dispares como Am Hui, John Woo, Tsui Hark... Temática y formalmente
poco tienen de común estos directores a no ser una cierto regusto por el
cine occidental y por un estética, llamémosla, postmoderna. Kar-wai no
se ha centrado en una determinada temática, aunque siempre el amor, el
desencanto y la recuperación de una memoria o un tiempo han aparecido en
sus obras. Su primera película conocida entre nosotros fue Chunking
expres, excelente reflejo de la vida de dos policías en el Hong-Kong
actual. El hecho que Tarantino la distribuyera en Estados Unidos le provocó
la etiqueta de fiel a las enseñanzas del cine de ese realizador
norteamericano. Realmente no hay nada de eso. El cine de Kar-wai si algo
no tiene que ver es con la obra del director de Pulp
fiction, ya que para empezar ni siquiera existe un violencia externa
en el desarrollo de las obras del hongkonés. Antes había realizado una
película de artes marciales, Ashes
of times, otra de gángster, As
tears go way, y una romántica de ambiente retro, Days
of Being wild, y con posterioridad a Chunking
express realizará la sugerente Fallen
Angels y Happy together, una
historia de amor homosexual desarrollada en Buenos Aires. Su última obra,
por el momento es ésta In the mood
for lover, que se está convirtiendo en una película imprescindible
en el hoy. Su exitoso pase en distintos festivales, y los numerosos
premios que acreditan (justamente) su valía –entre los últimos el César,
el equivalente en Francia a los Oscars, concedido a la mejor película
extranjera- que la han llevado hasta la antesala de los Oscars.
Se
trata de un filme anticonvencional, que narra una simple y convencional historia de amor: el encuentro de una hombre y una mujer que
son vecinos, y que viven una (¿real?) historia de amor, después de
comprobar que sus respectivos cónyuges les son infieles. Pocos personajes
en una historia que es y no es, que releja multitud de otras historias
como la suya. Ella y él que se creen únicos, viviendo algo distinto, no
son más que la ilusión que también mantiene a los otros, encerrados en
sus mentiras, dudas y ensueños. Sí, sus respectivos compañeros, le son
infieles, pero también la protagonista verá reflejada la misma situación
con su jefe. Lo importante de la película no es su vulgar historia de
amor sino lo que ella es capaz de significar, el conjunto de relaciones,
de situaciones que surgen a través de ellas y, sobre todo, la forma de
estar realizada. Silencios, palabras dichas o soñadas, imágenes que son
o quizás nunca fueron nunca. Una búsqueda de una verdad, de una relación
y de un sentido contado a través de los recuerdos (esos recuerdos que
como se dice en el film aparecen desvaídos como vistos –igual que en la
película-a través de cristales no translucidos.
Personajes
que se cruzan, se hablan o se ignoran y sobre todo se encuentran fuera del
propio mundo en que viven. Seres que esconden su amor y sólo desean
centrarse en ellos (para los amantes no existe el resto de las personas).
Pero, al fin y al cabo, todo deviene en una búsqueda de lo que fue
realmente y no de lo que se pudo soñar. No hay una unidad temporal, es un
caminar de la memoria sin rumbo en busca de unos acontecimientos que
fueron (o no), que vuelven y se marchan sin un orden lógico. El pasado se
entremezcla sin saber qué momento fue o aconteció antes que el otro. Un
juego, pues, sobre la memoria con lo que In the mmod for love aparece claramente deudora del cine de Resnais,
cuyo Año pasado en Mariembad se
“cita” en las últimas imágenes, aunque muy bien pudieran haber sido
sacados de Hiroshima mon amor o
de Toda la memoria del mundo o
cualquier otra obra del director francés que mejor “ha retratado” la
memoria y su búsqueda. Pero si Resnais es uno de los referente claros de
este excelente obra de Kar-wai no lo menos la influencia de Godard y su
sentido del cine como expresión de libertad.
Todo es válido: volver
–desde distintos puntos de vista- al mismo momento, hacer que sonido e
imagen se unan y se contrapongan, las mismas palabras siempre repetidas
engarzadas con formas de actuación diferentes, el ritmo discontinuo del
relato, la utilización de la cámara lenta y, en fin, el saltarse
alegremente el raccord, liberando al cine de una armadura técnica,
tradicional, reglada. Disquisiciones sobre la memoria y, por tanto, también
sobre el tiempo, motor y ocultador de todo cuanto aconteció en el pasado.
Un tiempo que, en el filme, viene explicitado por la continua presencia de
los relojes, siempre andantes sin posibilidad de parar, de actuar en pos
de un destino inmortal. Son, ellos, los señores de unos deseos y de unas
realidades, que terminan por concretarse en una desesperada desaparición
y ausencia. De ahí esos momentos estáticos o rodados a cámara lenta
como si se tratase de congelar o ralentizar el momento que nunca volverá
a ser, porque por el hecho de ocurrir es ya un pasado irrecuperable. Cada
plano es un instante robado al tiempo y señalada su autenticidad distante
y distinta de los otros por la diferente indumentaria de los personajes:
los trajes de ella, las corbatas de él...
¿Estuvo
ayer ella en Singapur o ese hecho no es otra cosa que un deseo de
existencia por parte de él?¿Será ella, y quizás el hijo que ha tenido
o que nunca tuvo con él,
quien viva nuevamente en la casa donde se conocieron y comenzaron a
amarse? ¿Forma todo ello parte únicamente de la imaginación? ¿Qué señala
realmente el paso del tiempo sino el oscurecimiento de los acontecimientos
vividos? Al final, el hombre, se encuentra en Camboya. Como periodista,
probablemente, siga el viaje del General De Gaulle. Un hecho importante,
pero que, al igual que su única e importante historia de amor, terminará
por ser devorada por el tiempo. Sobre lugares vacíos, y con, a lo mejor,
un elemento que señala la huella del hombre, transcurren las últimas imágenes
del filme. Sólo quedan las cosas, piedras, montañas, ruinas del ayer...
Queda una huella de un hombre que creo aquello y que ahora ha
desaparecido, ya no existe. Mirada, pues, sobre la nulidad de un esfuerzo
o la belleza de un recuerdo.
Queda
dicho que el relato no es lineal. El tiempo se altera y nunca sabremos
ciertamente en que momento de la historia –de los dos personajes- nos
encontramos. Sólo sus actitudes, sus formas de comunicarse nos pueden
indicar si aquello es anterior o posterior a lo anterior que hemos
contemplado. Algo que volverá a ocurrir en la siguiente escena.
Espejos,
cristales, vidrios coloreados se interpondrán o reflejarán a los
personajes, captando sus pensamientos o diluyéndolos. Todo está
estudiado (la lluvia que cae de pronto sobre la ciudad, sobre los amantes,
el no ver nunca la cara de sus respectivas parejas –esa cámara que
trata de espiar lo que está aconteciendo entre ellos, que se ocultan o
son ocultados por esa pared que les oculta o les aleja) hasta en su más mínimo
detalla. Sorprende también la utilización de la música como elemento
importante en la conducción del relato y donde curiosamente aparecen dos
canciones en español como “Quizás, quizás” y “Aquellos ojos
verdes”, una utilización (la de la música) que ya aparecía como
sobresaliente en Happy together.
Kar-wai
es un realizador importante al que habrá que seguir con mucho
detenimiento. In the mood for love es
una de las películas actuales más originales, estimulantes y bellas. Con
cine (y tan trasgresor) como este podemos sentirnos a gusto y proclamar
que (el cine) sigue vivo y seguirá por siempre, aunque el tiempo pase,
aunque las historias que acontecen en su interior, o fuera de la pantalla,
no se sepa con exactitud si
fueron o dejaron de ser, o si se acercaron a lo pensado, o si unas no
sustituyen a las otras. Todo, quizás, sea eso o “quizás, quizás”
sea lo otro.
La historia del liguero, una de las prendas de lencería fina más
femeninas y eróticas de todas, es bastante particular y sucede con
frecuencia que deja boquiabiertos a quienes la escuchan. Lo primero que
te sorprenderá saber es que el liguero es originalmente una prenda para
hombre.
En efecto, se empezó a usar poco después de la invención de las
calzas, con lo que hay evidencia del uso del liguero para sujetarlas tan
pronto como el año 3000 A.C. De hecho, hay quienes afirman que según
imágenes y retratos de los tres reyes magos, ellos llevarían debajo de
sus túnicas una especie primitiva de liguero o ligas, por medio de las
cuales sujetaban las calzas al cinturón.
La liga se había popularizado a
mediados del siglo XVIII gracias a la difusión de la media llevada a cabo por
las sederías francesas, que extendieron el uso de esta prenda, hasta entonces
propia de los hombres, a las damas de la corte y las burguesas de las ciudades
europeas. Al principio tabú (“Las reinas de España no tienen piernas” exclamaba
el Jefe de la Casa Real de Isabel II), pronto se convertiría en fetiche,
apareciendo a la vista en cuanto las faldas se acortaron por encima del pie,
exhibiendo leyendas amorosas de los amantes que las regalaban. “La risa de mi
morena alivia toda mi pena” reza una de éstas conservada en el Museu del Tèxtil i de la Indumentària de
Barcelona.
El liguero nació de
una imaginativa innovación de los fabricantes de corsés: sin más que añadir a
la parte baja de éstos unas tiras de tela elásticas con sujeciones, inspiradas
en los tirantes masculinos, la media quedaba firmemente sujeta a las piernas. La
gráfica presenta el bello modelo ideado por el corsetero Lindauer en 1901.
Pronto la prenda adquirió autonomía
propia, especialmente en Europa, donde el afán de no reducirla meramente a un
cinturón con los elásticos introdujo los imaginativos encajes que todavía
forman hoy su esencia. Es curioso que algunos autores franceses hayan querido
atribuir la paternidad de la invención a Gustave Eiffel para satisfacer las
quejas de su mujer sobre los problemas de circulación que le ocasionaban las
ligas. Pero según Lila Stajin, autora de una historia del liguero, el mérito
recae en Féréol Dédieu, un fabricante de la rue
Saint-Sébastién, quien alegó que las ligas ordinarias “impedían una buena
circulación de la sangre, hacían que los pies se hincharan y además perdían
rápidamente su elasticidad”.
La representación en Londres de La gran ópera bufa de Offenbach puso al
descubierto en las danzarinas las medias sujetas al corsé con medias elásticas.
De allí pasaría la nueva prenda a los Estados Unidos para regresar a Europa
convertida no ya en una pieza mas o menos ortopédica, sino en algo en lo que no
se sabe qué admirar más, si la belleza o la sugerencia erótica.
En efecto, el siglo XX trajo una
consideración del liguero radicalmente distinta. La generalización del deporte
en una mujer cada vez en movimiento más continuo llevaba a suprimir esas
armaduras de seguridad que eran los corsés. El modista francés Paul Poiret
suprime en 1906 el corsé de los maniquíes y les acorta en 1908 el cabello. En
veloz sucesión, la I Guerra Mundial trae trabajos para la mujer que exigen una
falda más corta y ponen en entredicho el mismo liguero, ya convertido en pieza
independiente: nada más incómodo y difícil que tener que correr con éste
puesto para cazar el autobús.
Y esto trae consigo
una transformación radical no de la pieza en sí, sino del carácter con que éste
es vista: estático, sugerente, erótico, íntimo, fetichista, y pasa de pieza de
vestir funcional a elemento íntimo de alcoba. Según El gran Diccionario erótico, el liguero femenino constituye hoy uno
de los obscuros deseos de estimulación erótica para el hombre, quizá porque se
halla en la mitad del muslo, a medio camino del fruto que esconde la mujer. “Su
carácter fetichista ha ido aumentando a medida que su uso se ha ido desprendiendo
de su función original”.
Mientras tantos, las
faldas seguían acortándose, lo que requería drásticas medidas. La hebilla era
bella en la intimidad, pero inoportuna en público. Y en sustitución del liguero
vino el panty, pieza en consonancia con el nuevo nivel tecnológico que mientras
tanto se había alcanzando, pues es obvia su mayor complicación. Sin ir más
lejos, los fabricantes, para mantener la misma producción de medias
transformadas en pantys, tuvieron que multiplicar por cinco sus plantillas de
personal. ¡Y sin embargo, los precios descendieron! Prueba del éxito de la
nueva prenda, cuya aceptación masiva permitió reducir costes.
De todos modos, el panty no
gustaba nada a los caballeros, lo que fue redundando en una separación cada vez
mayor entre la media-práctica y la media-erótica. A medida que la mujer
renunciaba al cilicio, se acentuaba definitivamente la función representativa
del liguero, tanto más valiosa en una época de libertad sexual y de
emancipación de la mujer. Kart Graus resume esta situación en Detti i Contradetti: “En el fondo, el
drama del fetichista es que se excita con un zapato de mujer y debe conformarse
casi siempre con una mujer entera”.
Hoy en día, el liguero es una prenda característica de la lencería fina;
ya no se trata de una necesidad ni de una comodidad, sino de una prenda
que se usa casi que exclusivamente con ocasión de encuentros sexuales. A
continuación te mostramos cómo se ve hoy en día un atuendo sensual que
usa el liguero como uno de sus elementos primordiales.
¿De dónde procede ese agradable aroma que percibimos al entrar en un
templo, o en una casa, un establecimiento comercial o una reunión
social? Lo más probable es que sea el resultado de quemar una ramita,
palito o carboncito de incienso, llamada así a la sustancia, muchas
veces una gomorresina que al quemarse desprende un olor muy especial al
cual se le atribuyen muchas virtudes y cualidades positivas, entre otras propiedades sedantes, además de las propiamente olorosas, ya que perfuma cualquier estancia y transmite tranquilidad.
El incienso es símbolo del elemento aire y ayuda a abrir
la puerta de entrada al reino espiritual.
El fino aroma del incienso agrada a las divinidades celestiales, lo que representa una gran ayuda para la humanidad.
Su función principal es eliminar los agentes nocivos del medio ambiente.
Para lograr buenos resultados en los negocios se
recomienda quemar incienso de sándalo todos los días por la mañana. Al
cambiar de trabajo o domicilio se recomienda usar incienso ruda, mirra y
siete azahares.
La historia del incienso es milenaria. Encontramos referencias al
incienso en el Antiguo Egipto, en las diferentes culturas de la
Antigüedad, tanto en el Lejano Oriente, como en la India, en el Medio
Oriente y en la América precolombina, en Europa y prácticamente en la
mayor parte del mundo.
Los antiguos egipcios preparaban un incienso al que le
atribuían propiedades mágicas y llamaban kifi que se suponía daba dulces sueños
y proporcionaba un estado de paz y bienestar a quien lo inhalaba. Para hacerlo
utilizaban resina de olíbano y lo hacían en medio de rituales muy secretos.
Los perfumes e inciensos jugaban una parte muy importante en sus vidas, lo
usaban también en sus tratamientos médicos y en sus ceremonias religiosas y
eran muy estimados.
Se entendió que tenía capacidades mágicas y que poseía la facultad de
repeler y alejar a las fuerzas del mal. Además gracias a la columna de
humo que producía al quemarse se abría un camino rápido y seguro para
que las oraciones llegasen a los dioses y para que el Ba del
difunto pudiera desplazarse con rapidez. Se quemaba en unos incensarios
que el rey o los sacerdotes acercaban a la imagen del dios.
Sirvió para hacer ofrendas a los dioses y a las momias, así como para
fumigar el cuerpo. A través del humo del incienso los dioses podían
manifestarse; es decir, la fragancia del incienso era la que anunciaba
la presencia de lo divino y por ello, este incienso también podía
transformar al difunto en un estado próximo o igual al de los dioses.
En los Textos de las Pirámides, se advierte que el incienso se produjo
gracias a las lágrimas de los dioses por lo que tenía cualidades
sobrenaturales.
Suele decirse que su fragancia era tan penetrante e intensa que aún hoy día
cuando se descubren tumbas con momias al abrirlas nos llega el olor de un
incienso de hace más de 3000 años.
Los hebreos usaban el incienso sobre todo para sus ceremonias religiosas pues
inclusive se ordenaba en los libros religiosos “quemar incienso suave todas las
mañanas en honor a Jehová”. Además lo empleaban para perfumar el hogar y purificaciones de mujeres y como
obsequio propio de reyes, recordemos que cuando los tres sabios fueron al
pesebre según cuenta la historia de la Navidad llevaban, oro, incienso y mirra.
Los hindúes usaban inciensos para perfumar sus ropajes y en las ceremonias
religiosas desde el nacimiento hasta la muerte así como para adorar a las
deidades, una tradición que se sigue actualmente.
Los musulmanes lo emplean también en las bodas y funerales y en otros eventos
de su vida, los chinos y japoneses lo han usado siempre así como en otros
pueblos y culturas por su fragancia y la facultad que se le atribuye de ser
relajante e inductor de armonía y paz y acompañar la meditación budista.
Asimismo los pueblos indígenas de América conocían la fuerza de los sahumerios
y perfumes que utilizaban ampliamente.
En general, la cultura del incienso acompaña a los pueblos en todos sus
momentos importantes, el nacimiento, las iniciaciones, las fiestas, las bodas y
la muerte y hoy día lo vemos lo mismo en una iglesia, un templo budista o
hindú, una sinagoga hebrea, una mezquita, o un centro espiritual o de otras
creencias así como de manera social en las casas y establecimientos para crear
un ambiente agradable junto a velas aromáticas.
La mayoría de los inciensos que se venden en el
mercado son derivados de quince inciensos primarios, los que se han
venido utilizando a través de los siglos. Entre ellos, está el almizcle,
que al ser quemado emana un aroma
potente y característico, con vibraciones altamente magnéticas. En la
India se utiliza mucho por sus propiedades relajantes y afrodisíacas, y
en otros lugares porque potencia la voluntad y la autodeterminación en
el plano psicológico.
Otro de los más solicitados, es el incienso de ámbar,
conocido en la antigüedad como néctar de los dioses o ambrosía. Su
fragancia es de origen natural, y se ha utilizado durante mucho tiempo
como paliativo para las enfermedades crónicas, aunque en usos más
recientes, también es efectivo como parte de rituales para atraer a la
persona amada. La canela también es un aroma muy utilizada por su
fragancia y por su condición de potenciador sexual.
Al inhalarlo, además de la ya citada condición afrodisíaca, también
ayuda a la concentración cuando, por ejemplo, se está estudiando.
Además, en la actualidad su uso más común es el de promover el apetito,
por ello es muy utilizada para ayudar a personas con desórdenes alimenticios.
Por otro lado, el incienso de cedro se utiliza para rituales en los que
se quiera atraer el dinero y la abundancia económica. También es
utilizado como purificador para las estancias y para curar afecciones nervisosas.
El pachuli es sin duda un incienso muy común y extendido en muchos
lugares del mundo, ya que su olor es muy intenso y altamente
estimulante. Cuando es quemado, irradia sensualidad, promueve la
organización de las ideas mentales y tiene efecto rejuvenecedor tanto en
el cuerpo como en el espíritu. El sándalo también goza de gran
popularidad, y tiene la particularidad de levantar el ánimo y avivar la
fe. Normalmente, además de para aromatizar, es quemado en procesos de meditación
profunda, como cuando se quieren hacer regresiones a vidas pasadas. En
cuanto al incienso de iglesia, se utiliza principalmente para ensalzar
la figura divina y purificar tanto la iglesia como el acto en sí (la
misa); pero en sus orígenes, también era una forma de perfumar los
lugares sagrados, sobre todo de peregrinaje (como la catedral de
Santiago), debido a la gran afluencia de público y a la poca higiene
que, por aquel entonces, tenían los peregrinos.
Se estima que el incienso crea un estado de calma y relajación en
nuestro entorno, que nos acerca a la paz interior, nos ayuda a
trascender barreras, abre la mente, trae armonía al hogar, es un amigo
en tiempos de soledad, suele ser revitalizador y crea un ambiente limpio
y agradable.
El
personaje de la novela, Andrés de Casa Sosas, nos explica su relato
desde esa última noche de su vida, desde la noche en la que la muerte le
conducirá a la oscuridad eterna, donde se reunirá con su madre y todos
sus seres queridos. La historia de Andrés es el transcurrir de una vida
y, a su vez, la muerte de una manera de vivir. Tenaz en su convicción,
sin perder la fidelidad a las costumbres propias en ningún momento, será
el último habitante de su pueblo natal y de la casa que le ha visto
nacer. Pero Andrés es acuciado por todos los males imaginables: la
soledad, la muerte, la desidia, la enfermedad, el odio, la alucinación,
el tiempo. Todos estos factores se ponen en contra de nuestro personaje a
lo largo de la narración. En La lluvia amarilla, el agreste
paisaje de montaña provoca que el hombre haga balance de su soledad y
desamparo en los umbrales de la muerte. De esta suerte, se establece en
la obra una bipolarización donde se incluyen distintas ramificaciones
que la constitución de la trama va presentando al lector. Así pues, la
creación de veinte capítulos no es del todo casual, ya que encierra una
división de la obra en dos mitades que se diferencian temáticamente
entre ellas. Al hilo de este contexto, se establece entre ambas partes
una línea imaginaria donde por un lado se encuentra la cordura (cap. I
al X), mientras que por otro hallamos locura y muerte (cap. XI al XX).
De este modo, la primera parte nos liquida el inicio de la historia del
pueblo y la situación particular del personaje, sin que sucedan
demasiados acontecimientos extraños o sobrenaturales. A su vez, en la
segunda parte Andrés de Casa Sosas sufre una patología atenuada por las
apariciones de sus difuntos y el delirium tremens que le ha
provocado la mordedura de una víbora (cap. VII). A mi parecer, es
innegable que a partir del capítulo diez la temática de la obra cambia,
tomando un mayor protagonismo la agonía, que le conducirá a la locura y a
la muerte. Ésta, lugar común más que recurrente en el relato, es uno de
los motivos que aparecen nada más empezar la novela y, junto al tiempo,
constituyen dos parámetros esenciales en la composición de la obra. La lluvia amarilla
presenta la muerte y el paso del tiempo a partir de una correlación
metafórica con lo «amarillo». Así pues, «la lluvia amarilla» es aquello
que nos envuelve y nos lleva de forma insalvable a la vejez, lo que
acicata la fugacidad del tiempo y lo que nos conduce irremediablemente
hacia la muerte. «La lluvia amarilla» simbolizará el
olvido, el fluir temporal, el efecto destructor de los orígenes
naturales, el origen de la tristeza. De ese modo, todo se tiñe de
«amarillo» en la novela, ya que desde el arranque narrativo sabemos que
el personaje está condenado a desaparecer, que su solitaria vida va a
finalizar en breve, y lo vislumbramos porque él mismo nos lo revela:
"A
través de la ventana, podía ver el pantalón hundido y devorado por el
musgo del molino y los reflejos temblorosos de los chopos sobre el río:
inmóviles, solemnes, como columnas amarillas bajo la luz mortal y helada
de la luna. Todo estaba en silencio, envuelto en una paz tan densa e
indestructible que acentuaba más aún la desazón que yo sentía. A lo
lejos, sobre la línea de los montes, los tejados de Ainielle flotaban en
la noche como las sombras de los chopos sobre el agua. Pero, de pronto,
hacia las dos o las tres de la mañana, un viento suave se abrió paso
sobre el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente
de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos,
que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a
las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los
pueblos de una dulce y brutal melancolía. Aquella lluvia duró solo unos
minutos. Los suficientes, sin embargo, para teñir la noche entera de
amarillo y para que, al amanecer, cuando la luz del sol volvió a
incendiar las hojas muertas y mis ojos, yo hubiese ya entendido que
aquella era la lluvia que oxidaba y destruía lentamente, otoño tras
otoño y día a día, la cal de las paredes y los viejos calendarios, los
bordes de las cartas y de la fotografías, la maquinaria abandonada del
molino y de mi corazón.