sábado, 15 de septiembre de 2012


Se querían, Vicente Alexander


Se querían. 
 
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,

labios saliendo de la noche dura,

labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?

Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,

cuando los rostros giran melancólicamente,

giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran

como lomos arcaicos que se sienten repasados:

caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,

duras como los cuerpos helados por las horas,

duras como los besos de diente a diente solo.
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,

cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…

Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,

soledad de lo vivo, horizontes remotos

ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,

dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,

donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,

mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,

metal, música, labio, silencio, vegetal,

mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.



Su verdadero nombre era Vicente Pío Marcelino Cirilo Aleixandre y Merlo. Hijo de una familia burguesa española, su padre era ingeniero de ferrocarriles.Nació en Sevilla 26 de abril de 1898, falleció en Madrid el 14 de diciembre de 1984.
Está considerado como uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Perteneciente a la Generación del 27, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1977. 
Su padre, Cirilo, era Ingeniero de Ferrocarriles, y fue un hombre hábil en negocios de inversión; su madre, Elvira, había sido educada refinadamente en el seno de una familia de la alta burguesía. A los dos años la familia se trasladó a Málaga, donde transcurrió casi toda su infancia. Durante nueve años el paisaje malagueño, Ronda, el aire, el Mediterráneo, grabaron en su alma resonancias y luminosas sensaciones de belleza: cuarenta años después las imágenes de Málaga aflorarán muy vívidamente en el espacio cósmico de uno de sus libros capitales, Sombra del Paraíso.

En 1909, nuevo traslado a Madrid, en donde vivirá en adelante. Barrio de Salamanca, calle Ayala, sosiego y paz para la alta burguesía, cercana a los aristocráticos palacetes ajardinados de la Castellana. De Ayala 9 a Serrano 98, su nueva casa. La bicicleta del muchacho rueda hacia el colegio por un barrio transitado por elegantes coches de caballos (“Yo iba en bicicleta, casi alado, aspirante”). El Colegio Teresiano era seglar; allí estudió el bachillerato, aunque todos los años tenía que examinarse en el Instituto San Isidro, de la calle Toledo. Cada año adelantó, por libre, algunas asignaturas, por lo que fue bachiller a los quince años. 

Cursa simultáneamente las carreras de Derecho y Comercio, brillantemente (sólo el escollo del Álgebra Superior, dándose la circunstancia de que su padre había publicado un libro de esa materia). A veces hace novillos, porque se escapa a la Biblioteca Nacional. Lee a los novelistas del realismo, el teatro clásico, los dramas románticos, a Unamuno, Azorín, Baroja... Con un amigo se va a los ámbitos prohibidos de los cuplés y las habaneras, descubriendo a la Chelito, a Pastora Imperio, a Raquel Meller; o a las verbenas populares... En Europa hay una terrible guerra, y el joven estudiante se ve recluta en un cómodo voluntariado en el Regimiento de Ferrocarriles. España, neutral. Su padre, Cirilo, hace planes para el nuevo economista.

A los 19 años conoció a Dámaso Alonso, y éste, al comprobar que Vicente no lee poesía, le prestó un libro de Rubén Darío, que despierta su vocación poética (“una revolución en mi espíritu, la poesía me fue revelada”), que se acrecentará al leer ese mismo año a Antonio Machado y a Juan Ramón, que le deslumbran e influyen en su poesía inicial, sobre todo el poeta de Moguer. Siguen lecturas de Lautréamont, Rimbaud, Apollinaire, Guillermo de Torre, Tristan Tzara, a veces a través de las revistas literarias. Empieza a trabajar como profesor ayudante en la Escuela de Comercio, y muy pronto en las oficinas madrileñas de los Ferrocarriles Andaluces. Después pasa a la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España, y se le encarga un estudio sobre jubilación del personal (uno de los progresos de la época). Al poco de empezar ahí, Américo Castro le invita a dar una conferencia, para alumnos extranjeros, en la Residencia de Estudiantes, sobre el lenguaje de la técnica comercial.

Una crisis religiosa será decisiva para lo que va a constituirse como visión de mundo en su obra poética, prácticamente constante: el mundo, como el cosmos, viene a ser una materia espiritualizada, acaso un panteísmo, una sola forma y una sola sustancia, el amor.

En 1925 cae gravemente enfermo, con altas fiebres. El bacilo de la tuberculosis se ha alojado en muy mal sitio, el riñón, y origina una nefritis crónica: Aleixandre mantendrá ya de por vida una salud muy precaria que le aleja de toda actividad profesional. Atraviesa una etapa de crisis y soledad, de cambio radical en el curso de su vida, que se centra definitivamente en la literatura, en escribir con fe y necesidad. Cuenta con el apoyo familiar de sus padres y hermana, que buscan residencias muy sanas para cuidar al enfermo: Miraflores de la Sierra, Aravaca,  Velingtonia. Y que alientan las visitas de los amigos (Lorca al piano de su madre), o cuidan el ambiente de recogimiento que necesita el escritor. 

Cada vez conoce más y mejor a los intelectuales y poetas de su tiempo. Amistad con Jorge Guillén, Altolaguirre, Moreno Villa, Bergamín, Juan Chavás, Fernández Almagro, André Malraux, Vicente Huidobro, Rafael Alberti, Cernuda... Se le acercan también los más jóvenes: Rosales, Panero, Vivanco... En 1926 aparece su firma en la “Revista de Occidente”, que dirige Ortega y Gasset, y después en otras revistas que protagonizaba la inquieta juventud contemporánea: “Carmen” (de Gerardo Diego), “Verso y prosa” (de Jorge Guillén), o más tarde “Caballo verde para la poesía” (de Neruda), y muchas más, como la que dirige Emilio Prados, que le invita a publicar en ella sin reconocer en Vicente al tierno amigo del colegio de Málaga... 

Su primer libro fue Ámbito, en 1928. Pero antes ya ha participado en el homenaje a Góngora, cuya fecha acuñaría el principal referente generacional: 1927. Aunque no haya podido hacer el célebre viaje del grupo a Sevilla. Escribe poemas en prosa, que luego se publicarán con el título de Pasión de la tierra.

En 1931 a las fiebres se suman las hemorragias. Un famoso médico desahucia al enfermo, creyendo afectados los dos riñones. Ese mismo año Aleixandre define la poesía como “clarividente fusión del hombre con lo creado” y como “aspiración a la unidad”. Está leyendo a los poetas franceses, a Joyce, a Freud. Todo colabora a que vaya cambiando su sensibilidad. En 1932 le extirpan un riñón. El régimen de reposo y cuidados se endurece; coge el hábito de escribir en la cama. Pese a todo él publica Espadas como labios, y al año siguiente le otorgan el Premio Nacional de Literatura por La destrucción o el amor. En el jurado estaban Manuel Machado, y los catedráticos Gerardo Diego y Dámaso Alonso.

La guerra de 1936. Muy pronto, el asesinato de su íntimo amigo Federico García Lorca. Escribe una semblanza, elegía en prosa. Colabora en algunas publicaciones republicanas. Miguel Hernández, que enseguida le trata mucho, le dedica su Viento del pueblo. Al acabar la guerra Aleixandre es uno de los pocos miembros del grupo poético del 27 que permanecen en España. Pero, como si se hubiera alejado con sus compañeros expatriados, escribe hermosos y tristes poemas cantando a una tierra perdida. Se le han muerto también sus padres.
La burguesa casa de dos plantas que habían adquirido sus padres en la calle Velingtonia, 3, en los altos de la Moncloa, la sierra al frente, que había padecido los rigores del frente de la ciudad universitaria, ha sido reconstruida, y en el jardín el poeta ha plantado, con sus propias manos, un esbelto cedro (“con su verdor sin fatiga”) que siempre amará. En esa casa escribiría Aleixandre casi todos sus libros. 

En el 42 muere en la cárcel, enfermo y exhausto, Miguel Hernández, el fiel y jovial amigo que en los duros tiempos de la guerra en Madrid le llenaba su cama de naranjas de Orihuela, y su alma de risas. Tantas muertes parecen anegar de dolor y acallar al poeta. Hay un tiempo de silencio, y después, paradójicamente, uno de sus libros más radiantes, Sombra del paraíso, de melancólica soledad que se autoexilia a un paraíso de la niñez, a Málaga, a un paraíso, sí, pero perdido. 

Por otra parte, la censura cae sobre nuestro poeta de una forma indirecta: se prohibe mencionar su nombre en los medios de comunicación. Algunos burlarán a los censores hablando de “el autor de La destrucción o el amor...” Pero tampoco es un autor demasiado molesto políticamente, y simplemente se le ningunea. Pero a su casa siguen acudiendo nuevos poetas, escritores jóvenes como Jose Luis Cano, Morales, Gaos, Bousoño, Nora, Otero, Valverde, Hierro, Carmen Conde, Concha Zardoya, García Nieto, Leopoldo de Luis, Crémer, Celaya... La joven poesía española encontraba su maestro en Aleixandre, acogedor y sencillo. Nuevas revistas (“Garcilaso”, de García Nieto, “Escorial”, de Dionisio Ridruejo, “Espadaña”...) publican sus poemas. Así pues, a pesar de todo, su prestigio se impone, y en 1949 es nombrado miembro de la Real Academia Española, con un solo voto en contra. El autor difícil, a veces hasta hermético, el poeta surrealista (nuestro mejor surrealismo, según Cernuda), con sus metáforas visionarias, cósmicas, o con sus amplias perífrasis, alejado con todo ello del clásico o tópico “academicismo”, es reconocido por la Academia en un clima rebosante de fervor.

En 1951 se encarga Aleixandre de preparar un volumen, Obra escogida, compuesto por originales y borradores de Miguel Hernández. Durante esta década 50-60 no escribe mucho, pero mantiene bastante actividad dando conferencias y sobre todo haciendo lecturas de su poesía o dando a conocer los Encuentros, prosas que relatan sus distintas amistades. Se publicarán en el 58, en una bella edición para bibliófilos. De estos años data su Historia del corazón (1954) y las primeras composiciones de En un vasto dominio (1962).

Aunque viajaría por casi toda España y haría breves incursiones por Europa (Londres, el París de las vanguardias), por Marruecos, Hispanoamérica... su vida fue siempre muy sedentaria, y la casa de Velingtonia estuvo siempre abierta también a las revistas literarias de dentro (la del grupo “Cántico” de Córdoba o los “Papeles de Son Armadáns”, de Cela) y de fuera de España (las marroquíes “Manantial” o “Al Motamid”) que buscaban su opinión y magisterio, o su colaboración. Corresponde a todos los escritos, a todos estimula. Las revistas de toda España publican las respuestas de Aleixandre como avales de estimación. Su afable acogida, su generoso aliento, fue proverbial.

En 1959 el poeta del más encendido realismo social, Gabriel Celaya, publica su Cantata en Aleixandre, poema dramático a modo de interpretación poético-dialéctica de su obra. En efecto, la evolución constante de Aleixandre le acerca ahora a la temática de la comunicación, y renueva la atención de las generaciones jóvenes sin excluir a nadie (sirva de ejemplo el poema “Para quién escribo”, del que figuran dos versículos en el retrato que tenemos de él en el Instituto). En 1960 se publican las primeras Poesías completas de nuestro autor. Se abre una década de antologías y traducción de poemarios (en italiano, en alemán, en francés...), de homenajes, de placas conmemorativas. Termina Retratos con nombre. Después, Poemas de la consumación, de significativo título, poesía honda y serena, desde la que se ve la juventud como la única vida, pero también la muerte como el segundo y definitivo nacimiento. Con motivo de sus setenta años se le rinde un homenaje singular: un volumen de 84 poetas con composiciones referidas a él o a su obra.  En 1969 se le concede el Premio de la Crítica.

Lleva el poeta una existencia relativamente activa, basada en un estricto plan de alimentación y de reposo. Sólo seis o siete horas está levantado. Desde 1970 trabaja en su último gran libro: Diálogos del conocimiento, que aparecerá en 1974. Siguen los homenajes, como el  de la Asociación de Mujeres Universitarias. 

Desde 1973 se perfilaba como candidato al Premio Nobel. En 1974 aparece la edición sueca de una antología de su obra. Varios profesores de diversos países presentan su candidatura. Y por fin le conceden el mítico Premio en 1977.

Tras unos años de vejez tranquila, realizando entrevistas sumamente clarificadoras sobre su obra, y en particular sobre el complejo tema de la escritura surrealista, se apaga la vida de Vicente Aleixandre en 1984. (Ha soñado poemas enteros, entera pues y genuinamente surrealistas; ha soñado también que no podía recordarlos al despertar, por más que hacía esfuerzos de reiteración y memorización dentro del sueño, ha soñado que se conformaba con memorizar un solo verso, repitiéndoselo numerosas veces... pero jamás consiguió recordar ni ese solo verso al despertar: así que ni en este maestro de surrealistas ha sido posible, pues, la auténtica creación onírica tan buscada por este mítico movimiento de vanguardia, que tanto revolucionó la literatura de su época y cambió la posterior).
Póstumamente, en 1985, se publica una actualización de su obra en prosa del año 58, Los encuentros, sobre los amigos que fue tratando desde aquella fecha, la mayoría escritores. Y en 1991, se publica un último libro de poemas inéditos, En gran noche.

PREMIOS

Premio Nacional de Literatura por La destrucción o el amor, 1934
Premio de la Crítica por En un basto dominio, 1963
Premio de la Crítica por Poemas de la consumación, 1969
Premio Nobel de Literatura, 1977

OTROS RECONOCIMIENTOS

Académico de la Real Academia Española, 1949
Miembro de la Hispanic Society of America
Miembro de la Acadèmie du Monde Latin (París)
Miembro de la Academia de Bellas Artes de San Telmo (Málaga)
Miembro de la Academia Hispano-Americana (Bogotá)
Miembro de la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico.

 CRONOLOGÍA DE OBRAS


Poesía

1928.- “Ámbito”
1932.- “Espadas como labios”
1935-1946.- “Pasión de la Tierra”
1935.- “La destrucción o el amor”
1944.- “Sombra del Paraíso”
1950.- “Mundo a solas”
1953.- “Nacimiento último”
1954.- “Historia del corazón”
1962.- “En un vasto dominio”
1965.- “Retratos con nombre”
1968.- “Poemas de la consumación”
1974.- “Diálogos del conocimiento”

Prosa

1950.- “En la vida del poeta: el amor y la poesía”
1954.- “El niño ciego de Vázquez Díaz”
1955.- “Algunos caracteres de la nueva poesía española”
1958.- “Los encuentros”
1978.- “Discurso de recepción del Premio Nobel”

Cuadernos sueltos

1948.- “En la muerte de Miguel Hernández”
1952.- “Poemas paradisíacos”
1955.- “La llanura duerme”
1956.- “Consumación”
1960.- “Ciudad del Paraíso”
1962.- “Picasso”
1961.- “Desnudos”
1961.- “Antigua casa madrileña”
1963.- “María la Gorda”
1967.- “Dos vidas”
1971.- “Sonido de la guerra”
1984.- “Tres poemas seudónimos”
[S.a.]- “Diez poemas”

Antologías

1952.- “Poemas paradisíacos”
1956.- “Ocho poemas”
1956.- “Mis poemas mejores”
1960.- “Poemas amorosos”
1965.- “Presencias”
1971.- “Poesía superrealista”



Teresa de Calcuta dijo....

Muchas veces basta una palabra, 
una mirada, 
un gesto para llenar el corazón del que amamos. 

Ave María Schubert


Dos grandiosas interpretaciones de la obra de Schubert



365 historias cortas y una más...

                                  El Caballero
-         Lucharé – piensa con determinación- Soy un Caballero y defenderé con honor a mi pueblo y.., ¡a su Majestad el Rey!.
Se acerca con cautela a la puerta del Castillo, lanza una mirada retadora a todo el populacho para infundirse confianza. Éstos le miran no exentos de admiración, según puede percibir. Toma aire y grita entre dientes…
-         ¡Ahí voy!  ¡Venceré! – Se golpea con el puño sobre el pecho con fuerza, llenándose de valor. Su mirada es firme, llena de determinación.
Al traspasar la puerta del Castillo las tinieblas se convierten en su compañía y  tal vez en su peor enemigo. Avanza paulatinamente, lleva su mirada a ambos lados, buscando incesante un posible enemigo a batir.
El aleteo sobre su cabeza de un murciélago color azabache del tamaño de una paloma le coge desprevenido. Al descubrir el animal y su carácter expugnable, respira aliviado.
Blandió en su mano, con gesto seguro, la maza de cadena con tres terminales en bola, mientras dice en voz alta
-         ¡No puedo tener miedo! – Al oír sus propias palabras se colma de valor
Hace oscilar de nuevo el arma en su mano. A lo lejos escucha un rugido e intuye de manera sabia el aullido de un lobo.
Sigue avanzando con paso firme pero cauteloso. Su cuerpo conquista metros ligeramente encorvado hacia delante. En ningún momento abandona la posición de defensa.
Del cercano muro, a su izquierda, vislumbra la mirada penetrante de un dragón. Centra en el lugar todos los sentidos. Se le eriza el vello sobre la piel. Su cuerpo está a punto de saltar como un resorte. De nuevo el miedo quiere irrumpir en su pecho. Empuña  en su mano derecha el potente mazo. Ante un movimiento de la cabeza del animal, descarga el arma con toda su fuerza. Erró el golpe, pero sirve para ahuyentar a la bestia que se marcha lanzando un bramido sobrecogedor.
De nuevo toma aire con fuerza y lo expulsa en un gesto para controlar la zozobra que se intenta adueñar del control de su cuerpo.
Se voltea rápidamente sobre sus talones y mira hacia su espalda entrecerrando los parpados para ver mejor. Aprecia que todo está en su sitio Al volver a mirar al frente se topa de bruces con el osamenta de un corsario. Éste parece danzar ante sus ojos un baile macabro. La exigua luz que entra por  los ventanucos le permite distinguir el esqueleto con claridad. Recorre unos metros dejando atrás esa visión nauseabunda, mientras contiene la respiración para no inhalar su hedor.
Con mueca pesarosa desliza una mano por la cabeza, con la intención de  eliminar el sudor que intenta perlar su frente. En el gesto denota cierto cansancio
Silencio. Impera un silencio absoluto, casi sobrecogedor. Agudiza el oído, pero es incapaz de discernir sonido alguno.
        -  Esto no es normal – piensa de manera intuitiva
Avanza, mientras evita un gran charco de un líquido viscoso, que a su vez desciende por uno de los muros de piedra. Observa al fondo una salida, la claridad le hace distinguirlo.
Quiere llegar cuanto antes. La visión de la luz distrae unos instantes su atención y no puede advertir el peligro que acecha por su derecha. Siente un gruñido, que se torna en una carcajada atronadora
-         ¿Cómo no lo he visto? – se reprocha, mientras la piel se eriza nuevamente en un instinto protector.
Arremete contra el intruso, éste rehúye la pelea y se escabulle a una velocidad endiablada. Decide en unas décimas de segundo no perseguirle y seguir su caminar en busca de la meta deseada.
- Si llego a tener aquí mi caballo, le hubiera alcanzado… - Piensa con gesto pesaroso
La salida está apenas a tres metros de distancia. Corre entusiasmado hacia la luz salvadora. Al cruzar el umbral yergue el cuerpo en un guiño victorioso. Se siente seguro. Orgulloso. ¡Lo acaba de conseguir..!
Levanta las manos con gesto triunfante. Escucha los aplausos del populacho. Allí, altanero ante su hazaña, avanza hacia los presentes y baja con gesto arrogante la escalerilla que le separa de la muchedumbre.
Su padre le acaricia la cabeza y le coge de la mano
-         ¿Estuvo bien? ¿Pasaste miedo? – le dice al niño con gesto tierno
-         No - expresó orgulloso- ¡No tuve miedo…! Primero salió un murciélago de dientes afilados. Después maté un dragón. Más tarde intentaron cogerme y no pudieron… - el niño habla y gesticula con entusiasmo, mientras se aleja del “Castillo del Miedo” simulando con sus manos una pelea.
Entre  risas, su padre le lleva al puesto de los helados…

viernes, 14 de septiembre de 2012

CANTARES. Serrat con un poema de Antonio Machado



Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...


Antonio Machado



Enseñarás...

Enseñarás a volar
pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar,
pero no soñarán tu sueño.
Enseñarás a vivir,
pero no vivirán tu vida.
Pero sabrás que cada vez que ellos
vuelen, piensen, sueñen, canten, vivan...
Estará la semilla del camino
enseñado y aprendido.

Madre Teresa de Calcuta

Dalí: Las Tentaciones de San Antonio


El Surrealismo es la última de las Vanguardias artísticas que se desarrollan en el S. XX con anterioridad a la II Guerra Mundial, y como ocurriera con las anteriores, mantiene los dos principios básicos de todas ellas: libertad e innovación. Pero su forma de desarrollarlos será completamentedistinta a los anteriores.
La libertad en el caso de los surrealistas se consigue trabajando de forma inconsciente. Es decir dejando en blanco nuestra mente, de tal manera que el arte surge espontáneamente y sin necesidad de pensar. Otra forma de conseguir el mismo efecto es pintar aquello que hemos soñado, porque el sueño es el mejor método para liberar nuestra mente. 
En el Surrealismo se defiende también el arte figurativo y la imagen nítida y precisa, para que esas representaciones llenas de contenidos y símbolos lleguen con claridad al espectador.
Entre los surrealistas más conocidos destaca especialmente el nombre del pintor SalvadorDalí, y no tanto por su trabajo artístico sino más que nada por su personalidad tan extravagante y curiosa que a nadie dejaba indiferente.
Entre sus muchas obras destaca este cuadro en el que aparece San Antonio evitando las tentaciones que le hagan caer en el pecado, pero la forma de resolverlo de Dalí no puede ser más surrealista. 
 San Antonio fue un monje cristiano, fundador del movimiento eremítico el relato de su vida fue transmitido principalmente por la obra de San Atanasio, es principalmente la idealización de un personaje con el fin de evangelizar a sus contemporáneos

 Bajo la proyección de un cielo azul claro, con discreto brillo del Sol, se puede observar a San Antonio en el extremo inferior izquierdo de la pintura desnudo, adelgazado, despeinado, sosteniendose sobre una roca con su mano derecha y con la contralateral, sujetando un crucifijo como si realizáse un exorcismo, por delante de él se encuentra una calavera. Sobre el desierto, en cuyo horizonte se puden observar a la lejanía 2 figuas humanas, una sosteniendo una cruz y la otra dirigiéndose hacia ésta, también se obseva, más lejana, la representación de un padre con su hijo (llama la atención ésta imágen, ya que es frecuente en los diversos cuadros del autor durante ésta época, creo que es la representación de esa lejanía que tuvo el Artista con su padre). El terreno es árido, desértico, propicio para el contexto de la Obra.
 Enriqueciendo el cielo de la composición , puede verse entre las nubes a silueta recortada de un castillo.A nivel artístico , tiene su correspondencia con el obelisco , símbolo para Dalí de la jerarquía que transporta uno de los elefantes


Las tentaciones se encuentran en forma de un caballo, que se va acercando al santo en forma desafiante, con los cascos de las patas delanteras gastados y el hocico dirigido hacia un lado. Representa al Triunfo, por detrás, viene un primer elefante con un lomo que conlleva un pedestal de oro sobre el cual una mujer desnuda se balancea peligrosamente, es el Sexo, el terecer paquidermo transporta un obelisco, presumiblemente de material áureo, copiado por Dalí del que se encuentra en Roma, realizado por Bernini. Los 2 restantes animales llevan pesadamente unas edificaciones de apariencia veneciana, doradas, muy lujosas y finamente decoradas, de una de ellas por una  ventana se observan los seno y abdómen de una mujer desnuda. Los 3 animales representan las Riquezas. En el horizonte, a lo lejos, en el extremo inferior derecho, otro elefante grotesco lleva cargando un enorme obelisco de color blanco y sobre la parte superior de éste, se insinúan unos nubarrones de los que se surge parte del edificio del Escorial, símbolo para El Artista de orden espiritual y temporal.


Para completar la incongruencia de las imágenes surrealistas, lo mismo que lo son las de los sueños, la obra se completa con otras imágenes inconexas entre sí: una persona que parece bendecir a otra, un hombre con un niño de la mano, extrañas apariencias en el cielo, y todo ello en medio de un paisaje desértico y misterioso.
Como también es habitual en la obra surrealista y sobre todo en la de Dalí, la técnica es de un preciosismo exquisito, con un total dominio del dibujo y de la línea que consiguen un efecto muy llamativo, sin duda uno de los grandes atractivos de las pinturas de este pintor.


Históricamente, éste cuadro tiene la interesante anécdota de que fue el primero y único en donde Dalí participó en un concurso para una firma estadounidense de películas, la Compañía Loew Lewin. Muchos pintores surrealistas concursaron y quén se llevó el triunfo fue Max Ernst.
Obra realizada en 1946 en el estudio que El Maestro ocupó por algunos días en el Restaurante Colony en New York. Oleo sobre lienzo. 90cms. x 119.5 cms. Se encuentra en el Musée Royaux des Beaux-Arts en Bruselas.





Oxidación-corrosión

 

Uno de los factores que limitan la vida de las piezas metálicas en servicio es el ataque fisicoquímico que sufren por el medio que las rodea. Los dos componentes básicos del aire son el nitrógeno (78%) y el oxígeno (21%) y ambos tienen influencia sobre el medio. El nitrógeno apenas es activo, pero el O2 es el responsable máximo de casi todos los procesos de oxidación y corrosión que se dan en los materiales expuestos a su acción. Dependiendo de la forma de actuar, el oxígeno puede hacerlo:

  •  En ambiente seco y cálido, así se provoca la oxidación.
  •  En ambiente húmedo y se origina la corrosión. 

  •  En los materiales metálicos, el proceso de deterioro se denomina oxidación y corrosión.

  •   En los cerámicos las condiciones para el deterioro han de ser extremas, y hablaremos también de corrosión.
  •  En los materiales polímeros se denomina degradación.


La lucha contra la corrosión es un problema complejo que origina fallos en las instalaciones ocasionando elevadas cuantías económicas y enormes dificultades porque depende de varios factores y cada caso requiere una solución diferente. Los mecanismos de deterioro son diferentes según se trate de materiales metálicos, cerámicos o polímeros. 

La corrosión es el deterioro de un material metálico a consecuencia de un ataque de su entorno (aire, agua, etc), mientras que la oxidación es el ataque del oxígeno (normalmente del aire o del agua) a un material produciendo en el material una corrosión (deterioro del material).

¿Por qué se oxidan las cosas?


La oxidación, es un proceso químico en el que un compuesto cede electrones. Estas reacciones ocurren constantemente a nuestro alrededor, desde la corrosión de los metales, hasta en nuestro interior cuando metabolizamos la comida que hemos ingerido.
Normalmente, si un compuesto cede electrones es porque otro los recibe. Decimos que ese compuesto se reduce y hablamos entonces de reacciones redox (reducción-oxidación).
En la corrosión, el material se combina con el ambiente (la humedad, el aire, el suelo, el agua...) para alcanzar un estado de menor energía.

Pero vamos a centrarnos en el hierro, que es lo más cotidiano. Si pregunto qué factores favorecen la corrosión, seguro que todos  diréis que el agua, la humedad, e incluso la temperatura. Sin embargo, existen otros como la salinidad y los compuestos que tenga nuestro metal. La salinidad influye muchísimo en la corrosión, por eso en los puertos la corrosión es tan importante. Por otro lado, existen compuestos, que si los añadimos a nuestro metal, pueden favorecer o reducir la corrosión. Un ejemplo claro es el acero inoxidable, presente en los cubiertos, fregaderos, cazuelas... El acero inoxidable no se corroe, no porque se le haya recubierto de algún material o pintura (esta técnica se utiliza en los barcos por ejemplo), sino porque al acero (hierro+carbono), se le añade un poco de cromo que va a oxidarse creando un capa protectora. Por eso, técnicamente es incorrecto decir acero inoxidable, ya que sí que se oxida, aunque no lo aparente.



 Quisiera aprovechar la ocasión para aclarar ciertos mitos acerca de la Coca-Cola. Sí es cierto, que la Coca-Cola elimina el óxido de los metales. Como podemos ver en el siguiente vídeo, su carácter ácido limpia casi por completo los metales:


Sin embargo, lo que sí que es falso y un mito es que la Coca-Cola disuelva la carne.

Asiento vacío


Cuentan que era un 25 de Junio de 1978 en el estadio Antonio Vespucio Liberti de Buenos Aires. Faltaban 10 minutos para empezar la final del mundial de futbol de 1978, que enfrentaba a la selección anfritiona, Argentina y la antiguamente conocida por Paises Bajos, ahora Holanda.
Cuentan que el estadio era un hervidero de hinchas argentinos que cantaban y gritaban tratando de alentar a su equipo.
Cuentan que un hombre buscaba un asiento libre en el estadio, cuando insospechadamente se topó con uno, junto al que un señor mayor ocupaba la plaza contigua.
Cuentan que el señor sentado le dijo a este otro que pretendía ocuparar la plaza vacía, que esa era suya, que habia adquirido las dos localidades 2 años antes de la final, pues pensaba venir con su esposa ya que  ambos soñaban con que Argentina llegase a la final y se había cumplido.
Cuentan que aquel señor le explicó al otro que aquel asiento no lo ocuparia nadie porque su esposa habia fallecido.
Cuenta que el sorprendido hincha le preguntó si no había invitado a algún familiar o amigo a que viera el partido en el lugar de su fallecida esposa.
Cuentan que la respuesta del señor a la pregunta representa el sentimiento de los argentinos con el fútbol,
 " No, nadie quiso venir al partido, prefirieron ir al entierro de mi mujer".

jueves, 13 de septiembre de 2012

Desde cuándo, Alejandro Sanz

Desde cuando te estaré esperando
Desde cuando estoy buscando
Tu mirada en el firmamento, estás temblando
Te he buscado en un millón de auroras
Y ninguna me enamora como tú sabes
Y me he dado cuenta ahora
Puede parecer atrevimiento
Pero es puro sentimiento
Dime por favor tu nombre

Por qué no se cae la torre de Pisa?

¿De qué depende que se caiga algo o que no? ¿Por qué no vuelca?

Todo depende de la posición del centro de gravedad. ¿Y eso qué es? El centro de gravedad de cualquier objeto, es un punto imaginario sobre el que actuaría el peso del objeto (en grandes rasgos). Pues bien, siempre y cuando la vertical del centro de gravedad se encuentre dentro de la base de la torre, ésta no volcará.

La manera más sencilla de encontrar el centro de gravedad de un objeto es usar sus simetrías (siempre que las tenga, claro!) Para ello, trazando las diagonales de la torre, de forma aproximada vemos que el centro de gravedad cae más o menos donde indica el punto rojo.


Pues mientras la vertical (en azul) de ese punto rojo se encuentre dentro de la base de la torre (su "sombra" caiga dentro de la base), la torre no volcará. Podemos ver que conforme se vaya inclinando, la vertical del centro de gravedad se irá acercando al límite de la base. ¿Cual sería el caso límite? Pues el de las Torres KIO por ejemplo:

En este caso, vemos que el centro de gravedad cae justo sobre la viga vertical. Por lo que, de no estar cimentada, estaría a puntito de caerse.

La posición del centro de gravedad nos puede llevar a ver cosas tan paradójicas como el típico juguete del pájaro que se sujeta por el pico y no se cae. En este caso, las puntas de las alas compensan el peso del pájaro y sitúan su centro de gravedad justo en la punta (justo en el punto de apoyo!).


Nota: En este artículo no se ha distinguido centro de masas, de gravedad y geométrico; abogando por la sencillez de comprensión. A su vez, para el cálculo del centro de gravedad aproximado de la torre de Pisa, ésta se ha supuesto homogénea.
Fuente:  los.porques@gmail.com.

El gigante egoísta

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante.
Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura, que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
—¡Qué felices somos aquí! —se decían unos a otros.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.
—¿Qué hacen aquí? —surgió con su voz retumbante.
Los niños escaparon corriendo en desbandada.
—Este jardín es mío. Es mi jardín propio —dijo el Gigante—; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

"ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES"

Era un Gigante egoísta...
Los pobres niños se quedaron sin tener donde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.
—¡Qué dichosos éramos allí! —se decían unos a otros.
Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños, que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían a gusto, eran la Nieve y la Escarcha.
—La Primavera se olvidó de este jardín —se dijeron—, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.
—¡Qué lugar más agradable! —dijo—. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.
Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
—No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí— decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
—Es un gigante demasiado egoísta—decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.
—¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera —dijo el Gigante y saltó de la cama para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?
Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.
—¡Sube a mí, niñito! —decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
—¡Cuán egoísta he sido! —exclamó—. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.
—Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos —dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
—Pero, ¿dónde está el más pequeñito? —preguntó el Gigante—, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
—No lo sabemos —respondieron los niños—, se marchó solito.
—Díganle que vuelva mañana —dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que no sabían donde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
—¡Cómo me gustaría volverle a ver! —repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
—Tengo muchas flores hermosas —se decía—, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado y miró, miró…
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín, había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:
—¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.
—¿Pero, quién se atrevió a herirte? —gritó el Gigante—. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
—¡No! —respondió el niño—. Estas son las heridas del Amor.
—¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? —preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
—Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

Oscar Wilde


miércoles, 12 de septiembre de 2012

No te vayas nunca...

Te estoy queriendo tanto
que eres dueña de mi tiempo,
en lo cotidiano habitas,
en mi espera y mi ansiedad.

En la fábula perdida
de aquel grillo solitario,
y en la antigua moraleja
que hoy descubro fue verdad.

No te vayas,
no te vayas nunca,
guárdame el secreto
de este gran amor...
No te vayas,
no te vayas nunca,
quédate conmigo
para andar los dos..

Poema "El amor y la sangre"


El amor sube por la sangre. Quema

la ortiga del recuerdo y reconquista
el ancho campo abierto, la ceniza
fundadora, que la brasa sostiene.

El amor es herencia de la sangre,

como el odio, su amante, y se mantienen
íntimos, besándose, nutriéndose
de sus dobles sustancias transmitidas.

Nada podrá arrancarles de su abrazo:

La espada, el hielo, el tiempo, con sus filos
mezclarán sangres, que, lluviosamente,
germinarán odios, amor o nuevas sangres.

¿Cómo decir:

—«Aquéllos, que nunca conocieron
la sangre derramada, que separen
el odio del amor y reconstruyan
las viejas catedrales de la dicha...»

¿«Aquéllos»?, ¿son acaso otros que los murientes

trasvasados, hechos de sangre antigua?
No es posible lavarse el alma ni las manos
cuando fluye hacia ellas sangre y olor a sangre.

Si ha de hacerse el amor, será con sangre

trepadora, quemante, conocida,
pura sangre del odio, amante impávido
que el amor fecundiza.



Victoriano Crémer