silencioso vivirás en mí;
porque en la penumbras de mis pensamientos,
todos los recuerdos me hablarán de ti.
Gustavo A. Bécquer.
"La vida es una fuente interminable de reflexiones, desmedida como la eternidad, inagotables como la maldad e inmensas como el amor".
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| Nunataks en la costa oeste groenlandesa. |
Dios recorría el mundo después de la creación cuando al pasar por el desierto escuchó los gritos y el llanto de un beduino.

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Un libro apasionante que describe con tanta delicadeza y
intensidad, la historia del triángulo formado por madre-hija-caballo,
transformándose en un círculo cuyo centro es el susurrador, ese hombre que con
sus palabras a media voz, su charla al oído del animal, le va devolviendo la
confianza en el ser humano y le cura las heridas que lleva en el alma,(al
caballo y la niña), y la madre que se deja llevar también por las mágicas
susurraciones del hombre, por esas miradas, por esos silencios que en ella
también despiertan sentimientos nuevos y sensaciones nuevas, sazonadas con
mucha más fuerza por esos impresionante paisaje que sirve de fondo a la cura de
alma y cuerpo de los dos protagonistas del drama.
Los caballos en la pintura
La
obra “Caballo
blando” del pintor
español Diego Velázquez es una pintura
realizada con óleo sobre lienzo, que se llevó a cabo entre 1635 y 1638 y fue
hecha para tener como “repuesto” de una obra más importante, aunque
posteriormente terminó siendo una excelente pintura que refleja las
características del arte
Barroco.
En
esta obra de arte podemos apreciar un caballo
blanco que se encuentra en una postura idéntica al que monta el Conde-Duque
de Olivares, en el retrato ecuestre que realizó el mismo pintor en el año
1638.
Por
este motivo es que la obra que presentamos en este artículo se trata de una
pieza que el artista español tenía preparada, por si acaso surgían problemas
con el lienzo
original, para de ese modo evitar contratiempos con la figura más importante de
la corte madrileña de aquellos tiempos.
De este modo quedan en evidencia los deseos de Velázquez por
agradar a sus clientes, en especial cuando se trataba del personaje más
influyente de España. Cuando el pintor falleció, sobre el caballo se situó una
figura de Santiago Matamoros, aunque por suerte hace poco tiempo fue removida
para que se pueda apreciar la perfección de este animal, siendo esta una de las
obras más curiosas del artista.
Con
respecto al tamaño de los caballos de Velázquez, vale aclarar que se trataba de
una raza que fue creada especialmente para la caballería española, ya que la
misma combinaba la fortaleza de los caballos flamencos con la rapidez de los animales
andaluces.
De
este modo los caballos podían ser empleados como máquinas de guerra, el cual
era el principal objetivo de los mismos. La luz que recae sobre el
pelaje blanco del caballo y la postura escorzada le dan una mayor categoría a
este trabajo. Cabe aclarar que esta técnica era muy característica del Barroco.
La figura del rey está representada de perfil en este caso. El monarca viste una media armadura de acero
pavonado (tratamiento que se da al acero para protegerlo y
embellecerle), con adornos y puntas de oro, greguescos noguerados, botas
de ante, banda de color carmín con las puntas flotando al viento; en su
mano derecha porta la bengala de general y con la izquierda sujeta las
riendas del corcel. La actitud del jinete es natural y apuesta, con gran
prestancia, sentado en una silla de montar con rica guarnición, al
estilo de la monta española, en una postura de nobleza.
El caballo es un trotón castaño, cuadralbo, con largas crines y cola.
Los caballos que pinta Velázquez en estos cuadros de retratos son una
mezcla del caballo frisón, fogoso y con brío y el caballo resistente y
con pesadez de formas. Como en el retrato del príncipe Baltasar Carlos,
le presenta aquí en corveta.
La figura del rey está colocada en una altura, para poder así pintar
la perspectiva del paisaje, tan común en estas obras de Velázquez. A la
izquierda ha pintado el tronco de un roble, árbol que era muy común en
aquellos entornos, y en la lejanía y en profundidad, un panorama que
Velázquez conoce bien: el bosque de El Pardo de Madrid y más allá, la
sierra de Guadarrama. No falta tampoco en esta pintura el cielo
velazqueño que ocupa casi la mitad del lienzo, con el azul
característico y los grises.
Este retrato que Velázquez hizo al rey Felipe IV es el que sirvió como modelo para el escultor toscano Pietro Tacca cuando realizó la estatua ecuestre del rey entre los años 1634 y 1640. La estatua estuvo casi siempre en el Palacio del Buen Retiro de Madrid, pero en 1843, al configurar la nueva Plaza de Oriente, se trasladó allí para situarla en lo alto de un nuevo monumento en su centro.
El Monumento a Felipe IV o Fuente de Felipe IV ocupa el centro de la Plaza de Oriente, uno de los recintos de mayor interés histórico-artístico de Madrid (España). Fue levantado a instancias de la reina Isabel II en la primera mitad del siglo XIX, si bien su pieza más relevante, la estatua ecuestre del rey Felipe IV, data del siglo XVII.
Ésta se debe al escultor Pietro Tacca, quien la realizó en Italia utilizando un diseño de Velázquez y con el asesoramiento científico de Galileo Galilei para asegurar su estabilidad. Contó también con la colaboración del escultor Juan Martínez Montañés, autor del busto del monarca que, al igual que el diseño de Velázquez, se envió de Madrid a Florencia.
Se trata de una obra maestra de la estatuaria ecuestre, no sólo por
su calidad artística, sino también por sus características técnicas. Es
la primera escultura a caballo del mundo en la que éste se sostiene
únicamente sobre sus dos patas traseras, y discretamente también sobre
su cola. La obra consigue su difícil equilibrio gracias a un calculado
estudio de los puntos de apoyo y la distribución de los pesos.
El conjunto se completa con un pedestal, adornado con diferentes
grupos escultóricos, y dos fuentes, elementos de menor interés
artístico. Fueron realizados en el siglo XIX, dentro del contexto de las obras de construcción de la Plaza de Oriente.
El monumento ecuestre más grande del mundo se encuentra en Minas en el departamento de Lavalleja en Uruguay.
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Un cierto emperador pensó un día que si se conociera la respuesta a las siguientes tres preguntas, nunca fallaría en ninguna cuestión. Las tres preguntas eran:
¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa?
¿Cuál es la gente más importante con la que trabajar?
¿Cuál es la cosa más importante para hacer en todo momento?
El emperador publicó un edicto a través de todo su reino anunciando que cualquiera que pudiera responder a estas tres preguntas recibiría una gran recompensa, y muchos de los que leyeron el edicto emprendieron el camino al palacio; cada uno llevaba una respuesta diferente al emperador.
Como respuesta a la primera pregunta, una persona le aconsejó proyectar minuciosamente su tiempo, consagrando cada hora, cada día, cada mes y cada año a ciertas tareas y seguir el programa al pie de la letra. Sólo de esta manera podría esperar realizar cada cosa en su momento. Otra persona le dijo que era imposible planear de antemano y que el emperador debería desechar toda distracción inútil y permanecer atento a todo para saber qué hacer en todo momento. Alguien insistió en que el emperador, por sí mismo, nunca podría esperar tener la previsión y competencia necesaria para decidir cada momento cuándo hacer cada cosa y que lo que realmente necesitaba era establecer un “Consejo de Sabios” y actuar conforme a su consejo.
Alguien afirmó que ciertas materias exigen una decisión inmediata y no pueden esperar los resultados de una consulta, pero que si él quería saber de antemano lo que iba a suceder debía consultar a magos y adivinos.
Las respuestas a la segunda pregunta tampoco eran acordes. Una persona dijo que el emperador necesitaba depositar toda su confianza en administradores; otro le animaba a depositar su confianza en sacerdotes y monjes, mientras algunos recomendaban a los médicos. Otros que depositaban su fe en guerreros.
La tercera pregunta trajo también una variedad similar de respuestas. Algunos decían que la ciencia es el empeño más importante; otros insistían en la religión e incluso algunos clamaban por el cuerpo militar como lo más importante.
Y puesto que las respuestas eran todas distintas, el emperador no se sintió complacido con ninguna y la recompensa no fue otorgada.
Después de varias noches de reflexión, el emperador resolvió visitar a un ermitaño que vivía en la montaña y del que se decía era un hombre iluminado. El emperador deseó encontrar al ermitaño y preguntarle las tres cosas, aunque sabía que él nunca dejaba la montaña y se sabía que sólo recibía a los pobres, rehusando tener algo que ver con los ricos y poderosos. Así pues el emperador se vistió de simple campesino y ordenó a sus servidores que le aguardaran al pie de la montaña mientras él subía solo a buscar al ermitaño.
Al llegar al lugar donde habitaba el hombre santo, el emperador le halló cavando en el jardín frente a su pequeña cabaña. Cuando el ermitaño vio al extraño, movió su cabeza en señal de saludo y siguió con su trabajo. La labor, obviamente, era dura para él, pues se trataba de un hombre anciano, y cada vez que introducía la pala en la tierra para removerla, la empujaba pesadamente.
El emperador se aproximó a él y le dijo:
- “He venido a pedir tu ayuda para tres cuestiones:
“¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa?
¿Quienes son las personas más importantes con las que uno debe trabajar?
¿Qué cosa es la más importante que hacer en todo momento?"
El ermitaño le escuchó atentamente pero no respondió. Solamente posó su mano sobre su hombro y luego continuó cavando. El emperador le dijo:
- “Debes estar cansado, déjame que te eche una mano”.
El eremita le dio las gracias, le pasó la pala al emperador y se sentó en el suelo a descansar.
Después de haber acabado dos cuadros, el emperador paró, se volvió al eremita y repitió sus preguntas. El eremita tampoco contestó sino que se levantó y señalando la pala y dijo:
- “¿Por qué no descansas ahora? Yo puedo hacerlo de nuevo”.
Pero el emperador no le dio la pala y continuó cavando. Pasó una hora, luego otra y finalmente el sol comenzó a ponerse tras las montañas. El emperador dejó la pala y dijo al ermitaño:
- “Vine a ver si podías responder a mi tres preguntas, pero si no puedes darme una respuesta, dímelo, para que pueda volverme a mi palacio”.
El eremita levantó la cabeza y preguntó al emperador:
- “¿Has oído a alguien corriendo por allí?”.
El emperador volvió la cabeza y de repente ambos vieron a un hombre con una larga barba blanca que salía del bosque. Corría enloquecidamente presionando sus manos contra una herida sangrante en su estómago. El hombre corrió hacia el emperador antes de caer inconsciente al suelo, dónde yació gimiendo. Al rasgar los vestidos del hombre, emperador y ermitaño vieron que el hombre había recibido una profunda cuchillada. El emperador limpió la herida cuidadosamente y luego usó su propia camisa para vendarle, pero la sangre empapó totalmente la venda en unos minutos. Aclaró la camisa y le vendó por segunda vez y continuó haciéndolo hasta que la herida cesó de sangrar.
El herido recuperó la conciencia y pidió un vaso de agua. El emperador corrió hacia el arroyo y trajo un jarro de agua fresca. Mientras tanto se había puesto el sol y el aire de la noche había comenzado a refrescar. El eremita ayudó al emperador a llevar al hombre hasta la cabaña donde le acostaron sobre la cama del ermitaño. El hombre cerró los ojos y se quedó tranquilo. El emperador estaba rendido tras un largo día de subir la montaña y cavar en el jardín y tras apoyarse contra la puerta se quedó dormido. Cuando despertó, el sol asomaba ya sobre las montañas.
Durante un momento olvidó donde estaba y lo que había venido a hacer. Miró hacia la cama y vio al herido, que también miraba confuso a su alrededor; cuando vio al emperador, le miró fijamente y le dijo en un leve suspiro:
- “Por favor, perdóneme”.
- "Pero ¿qué has hecho para que yo deba perdonarte?", preguntó el emperador.
- "Tú no me conoces, Majestad, pero yo te conozco a ti. Yo era tu implacable enemigo y había jurado vengarme de ti, porque durante la pasada guerra tú mataste a mi hermano y embargaste mi propiedad.
Cuando me informaron de que ibas a venir solo a la montaña para ver al ermitaño decidí sorprenderte en el camino de vuelta para matarte. Pero tras esperar largo rato sin ver signos de ti, dejé mi emboscada para salir a buscarte. Pero en lugar de dar contigo, topé con tus servidores y me reconocieron y me atraparon, haciéndome esta herida. Afortunadamente pude escapar y corrí hasta aquí. Si no te hubiera encontrado seguramente ahora estaría muerto. ¡Yo había intentado matarte, pero en lugar de ello tú has salvado mi vida! Me siento más avergonzado y agradecido de lo que mis palabras pueden expresar. Si vivo, juro que seré tu servidor el resto de mi vida y ordenaré a mis hijos y a mis nietos que hagan lo mismo. Por favor, Majestad, concédeme tu perdón."
El emperador se alegró muchísimo al ver que se había reconciliado fácilmente con su acérrimo enemigo, y no sólo le perdonó sino que le prometió devolverle su propiedad y enviarle a sus propios médicos y servidores para que le atendieran hasta que estuviera completamente restablecido.
Tras ordenar a sus sirvientes que llevaran al hombre a su casa, el emperador volvió a ver al ermitaño. Antes de volver al palacio el emperador quería repetir sus preguntas por última vez; encontró al ermitaño sembrando el terreno que ambos habían cavado el día anterior.
El ermitaño se incorporó y miró al emperador.
- “Tus preguntas ya han sido contestadas”.
- "Pero, ¿cómo?", preguntó el emperador confuso.
- "Ayer, si su Majestad no se hubiera compadecido de mi edad y me hubiera ayudado a cavar estos cuadros, habría sido atacado por ese hombre en su camino de vuelta. Entonces habría lamentado no haberse quedado conmigo. Por lo tanto el tiempo más importante es el tiempo que pasaste cavando los cuadros, la persona más importante era yo mismo y el empeño más importante era el ayudarme a mí...
Más tarde, cuando el herido corría hacia aquí, el momento más oportuno fue el tiempo que pasaste curando su herida, porque si no le hubieses cuidado habría muerto y habrías perdido la oportunidad de reconciliarte con él. De esta manera, la persona más importante fue él y el objetivo más importante fue curar su herida...
Recuerda que sólo hay un momento importante y es ahora. El momento actual es el único sobre el que tenemos dominio. La persona más importante es siempre con la persona con la que estás, la que está delante de ti, porque quién sabe si tendrás trato con otra persona en el futuro. El propósito más importante es hacer que esa persona, la que está junto a ti, sea feliz, porque es el único propósito de la vida”.
Leon Tolstoi
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| La flecha roja señala un camión de gran tonelaje. |