domingo, 18 de agosto de 2013

Domingo con...Luz Casal




Es la historia de un amor
Como no hay otro igual
Que me hizo comprender
Todo el bien, todo el mal
Que le dió luz a mi vida
Apagándola después
Ay, qué vida tan oscura
Sin tu amor no viviré…



Biografía



Su primer álbum, homónimo y sostenido por el rock, vio la luz en el 82. Destacaban temas como Ciudad sin ley yNo aguanto más, de sonidos hasta entonces inéditos en el panorama musical español. Una canción de amor,Eres tú, se diferenciaba del resto y vislumbraba una versatilidad que un par de años más tarde se fortalecería con la aparición de su segundo disco, Los ojos del gato. Detrás de tu mirada y Tengo bastante pronto hicieron preguntarse a muchos por aquella mujer que había conseguido conquistar una marcada individualidad en un género que aceptaba todavía con reticencias a las mujeres, no digamos ya solistas. Luz evitaba caer en la queja fácil que destila el victimismo y se crecía ante las adversidades, los retos y los prejuicios. Llevaba ya a sus espaldas dos discos como intérprete y compositora y una de las giras más célebres que España recuerda, El Rock de una Noche de Verano, junto a Leño y Miguel Ríos.






En 1985 publicó Luz III, en el que colaboraban, entre otros, Antonio Vega, John Parsons, Santiago Auserón y Carmen Santonja. Rufino y Hechizado trajeron un éxito popular que se reforzaría con Quiéreme aunque te duela,editado en 1987. El álbum, que contenía temas como A cada paso y Un día marrón, cerraba una etapa en la trayectoria de Luz, que cambiaría de sello discográfico y no volvería a contar con la producción de Carlos Narea, como había ocurrido en los cuatro primeros discos.

Ya en 1989 y bajo la batuta de Paco Trinidad, se editó Luz V, con temas como Loca, Te dejé marchar y No me importa nada, quetuvieron una repercusión de tal calibre que nadie dudaba ya de que Luz era la solista española por excelencia. Fue entonces cuando se atrevió a aceptar la proposición de Pedro Almodóvar, que le ofreció interpretar dos canciones en su nueva película, Tacones lejanos. Se trataba de un tema de Agustín Lara, Piensa en mí, y la adaptación de una canción de Mina, Un año de amor, que supusieron un punto de inflexión en la carrera de Luz. Comenzaba, además, su éxito en Francia, que se sumaba a la aceptación que ya tenía en América del Sur, corroborado en festivales como el organizado por Amnistía Internacional en Chile en 1991. Ese mismo año publicó A contraluz, un disco decisivo que evidenciaba la esencia rockera de Luz y que además de los temas incluidos en Tacones lejanos contenía canciones como Es por ti, Un pedazo de cielo, Tal para cual o Es mejor que te vayas. Luz asimiló el éxito y conjugó su ambición musical con la necesidad de huir del escaparate mediático.


El séptimo disco se haría esperar cuatro años y se materializaría en 1995 bajo el título Como la flor prometida.Una hermosa canción que sirvió a Luz de bálsamo ante la muerte de su padre, Entre mis recuerdos, prologaba un nuevo éxito refrendado por temas como Lo eres todo, Besaré el suelo, Vengo del norte y Plantado en mi cabeza. Un recopilatorio que resultó multiplatino en ventas calmaría la expectación que provocó la ausencia musical de Luz durante los cinco años que tardó en publicar Un mar de confianza, que aterrizó en el año 2000 en un panorama musical y discográfico confuso que había cambiado sustancialmente desde Como la flor prometida. Mi confianza era la carta de presentación del nuevo disco de una Luz más serena. Crítica y público aplaudieron el tema y acogieron con entusiasmo el resto de canciones. El éxito en Francia se corroboró con un lleno absoluto en el concierto que Luz ofreció en el mítico teatro Olympia de París.


En 2002 se editó Con otra mirada, del que se extrajeron tres singles: Ni tú ni yo, Dame un beso y A veces un cielo. Luz se dedicó a reforzar su carrera internacional, que se extiende más allá de las fronteras galas, en países como Grecia o Bélgica. Sencilla alegría, publicado en 2004, hace el número diez en su discografía. Un nuevo día brillará sumó un nuevo éxito en la carrera de Luz, que alcanza niveles altísimos en la composición, como demuestran Mi memoria es agua o Para un cínico. Continuó su relación con el cine y, tras ganar junto a Pablo Guerrero el Goya a la mejor canción por el tema que compusieron para la película El bosque animado, Alejandro Amenábar incluye su versión de Negra sombra, el hermoso poema de Rosalía de Castro, en la oscarizada Mar adentro.


Cuando en 2007 un cáncer de mama interrumpió la gira de Sencilla alegría, Luz, empujada por la fuerza que la caracteriza, combinó el tratamiento con la preparación de un nuevo disco. Comenzó a componer, a escribir, a reunirse con los músicos y el productor, un viejo conocido, Pacto Trinidad. Apenas nueve meses después reaparecía con Vida tóxica, un trabajo complejo y poético del que Luz extrajo como primer single toda una declaración de intenciones y la mejor respuesta para todos aquellos que se preguntaban cómo se encontraba después de la enfermedad, Sé feliz, en cuyos primeros versos canta:


Si la soledad te enferma el alma,
si el invierno llega a tu ventana,
no te abandones a la calma
con la herida abierta;
mejor olvidas y comienzas una vida nueva.

Decidida a no ir nada más que hasta el fondo, la actitud musical de Luz siempre se ha caracterizado por la búsqueda constante, una búsqueda imprecisa y seguramente perpetua que le ha llevado a aventurarse en proyectos de una diversidad tan amplia como su capacidad interpretativa. Por eso, y saldando una deuda de casi veinte años tras la grabación de Piensa en mí, Luz publica La pasión, un sentido homenaje a la música hispanoamericana, de la que rescata doce canciones que interpreta desde la emoción y el respeto, no actualizando los temas, sino recreando el ambiente en el que fueron concebidos. Se trata de un canto al amor, pero también al reverso de su moneda, el desengaño y la soledad. Son textos contundentes, desgarradamente hermosos, ajenos a prejuicios absurdos y eufemismos vacuos, acompañados por melodías vigorosas e íntimas que explotan en espléndidos puentes de metales.
Producido por Renaud Letang, el disco cuenta con músicos de la talla de Alex Acuña o Luis Conte, que han trabajado, entre otros, con Ella Fitzgerald, Paul McCartney o Ray Charles. La nómina de colaboradores de lujo de los que Luz se ha rodeado continúa con el reconocido arreglista Eumir Deodato y con el fotógrafo de modas Jean Baptiste Mondino, encargado de la portada del álbum. Así las cosas, no resulta descabellado equiparar este viaje al pasado con un trabajo de arqueología; donde muchos sólo amontonan, ella cava.


El otoño de 2009 aguarda además un importante hito en la trayectoria de Luz, la Medalla de las Artes y las Letras de Francia con la que ha sido distinguida y que le entregará Frederic Mitterrand, el ministro de Cultura francés.

El poder de algunas voces radica en ir más allá de las palabras, de la música, no para superponerse a ellas, sino para traspasarlas y dotarlas de nuevas posibilidades. La de Luz es una de esas voces, y desde luego su discografía avisa de que no se ha dormido en los laureles del éxito, que no vive de recuerdos y que está viva y en pleno proceso creativo. Y que además es una de las mejores intérpretes de la historia de la música española. Porque la voz de Luz, como en el poema de Alejandra Pizarnik, corroe la distancia que se abre entre la sed y la mano que busca el vaso.

Esta es la biografía oficial que aparece en su página web http://luzcasal.es/


Sin embargo pienso que a una persona no solo se le conoce por lo que hace o ha hecho en su vida, sino también por su forma de pensar, por las respuestas que da a preguntas bien sean triviales o importantes, porque la importacia también es relativa, como tantas cosas en esta vida...

Os dejo dos entrevistas, las dos realizadas después de haberle detectado ese cáncer contra el que ha luchado con todas sus fuerzas...



Esta es una entrevista realizada en la Gaceta por Noelia Hermida, tras la publicación de su disco "Un ramo de rosas" el 8 de noviembre de 2011.



Luz Casal (Boimorto, La Coruña, 1958) es cercana y auténtica, tanto que se le olvida que está realizando una entrevista. Habla de su vida privada y del cáncer –enfermedad que protagonizó su vida desde 2007– sin tapujos, se sienta en el sillón de un lujoso hotel de la capital sin preocuparse por cruzar correctamente las piernas y se siente incómoda cuando tiene que compararse con otros artistas, “yo sólo estoy en mi piel”, afirma. La cantante gallega recupera sus grandes éxitos –aunque no le guste llamarlos así– en su nuevo disco, Un ramo de rosas (EMI).



-¿Por qué ha escogido la rosa como protagonista?

-Es el título de la única canción nueva del álbum y me parecía mejor que recurrir al típico título de un recopilatorio. Siempre he huido de los clichés y utilizaba la ironía. Si hablaba de éxitos, le llamaba: pequeños, medianos y grandes éxitos (risas). Cada canción de este disco es una rosa, con su aroma, su belleza y el dolor de sus espinas.

-Como dice, la ironía está muy presente en el disco.
-Es la mejor manera de presentar este tema. Me agrada mucho no caer en lo obvio, en la tristeza de la situación, en la amargura de la enfermedad.

-¿Qué cambios provocó en usted el cáncer?
-En lo laboral, pequeñas cosas como la letra de Sueños raros, algún dibujo naif que sigo haciendo y alguna imagen con el pelo al 0,5. En lo personal, la sensación de pertenecer a un colectivo que comparte sensaciones y temores de por vida y estar sensibilizada hasta el punto de que se te corta el alma.

-A pesar del paso de los años –lleva casi 30 años sobre los escenarios–, sus canciones no pierden su fuerza. Es más, las llevará a países en los que no ha estado nunca.
-Sí, este año haremos una verdadera gira mundial que pasará por lugares como China o Japón. Otros años esperaba a que llegara la oportunidad pero ahora me apetece sentir el gusanillo de ponerme ante una audiencia que desconoce un gran porcentaje de mis canciones. Además en este disco están mis temas más sonados y variados, y me apetecía llevar las máximas caras de lo que yo soy.

-¿Cuál es el secreto para conseguir trascender dentro de la música?
-Es un misterio y dejémoslo así (risas). Averiguar cuáles son las razones es imposible. Cada canción significa cosas distintas para cada persona. Lo importante es que las canciones sirvan de algo.
¿Cantar para quién? ¿para ti misma? No es esencial. Si no te comunica con el otro, no tiene sentido la música. Me alegra que pasen los años, escuchar mis canciones y que no me produzcan vergüenza.

-Quizás también influya que cada disco sea un reflejo de los episodios de su vida.
-No lo concibo de otro modo. Vivo en un vaivén emocional y físico, es imposible que no se refleje en mis discos. Además es que miento fatal (risas).

-Siempre habla de la música como algo más que una profesión...
-Es que para mí es mucho más que eso. Encuentro muchas razones en mi vida para hacer una canción, por eso hablo de ella en términos tan grandilocuentes. No es trabajo, vocación, ilusión, esfuerzo... la música me ha salvado en muchas dificultades, si no la hubiera tenido, a saber dónde estaría.



Ésta fue realizad por Jesús Álvarez en Sevilla el 24 de septiembre de 2011


La cantante gallega, que ha logrado vender más de 400.000 copias de «La pasión», un homenaje al folklore latinoamericano, vendrá a Sevilla en octubre para cantar dos veces en el Maestranza. 

Luz Casal (Boimorto, La Coruña, 1958) empezó en 1981 como telonera de Miguel Ríos y no ha parado desde entonces. Ha publicado doce discos y cuatro repicolatorios, de los que ha vendido más de cinco millones de copias. Poco antes de viajar a Bahrein, donde nunca ha actuado («nunca creí que llegaría tan lejos», bromea) habla con ABC de su carrera y de su vida.



Ha vendido de «La pasión» más de 400.000 copias, casi 200.000 en Francia. ¿Me puede decir cómo lo hace en estos tiempos de pirateos digitales en los que vender 30.000 copias es ya todo un éxito?
No tengo ni idea. Estamos asistiendo a una revolución en toda regla y ahora está muy difícil vender discos. Todos tendremos que adaptarnos a las nuevas circunstancias tratando de que no haya ni vencedores ni vencidos, que no haya quien se aproveche ni quien sufra por ese aprovechamiento mal hecho.

Lo va a presentar en Sevilla en octubre en dos conciertos en el Teatro Maestranza los días 15 y 16 de octubre. ¿Ve muchas diferencias entre el público sevillano, el madrileño, el barcelonés o el parisino?
El carácter y la idiosincrasia de cada sitio marcan la forma de ser del público. El público de Sevilla no tiene nada que ver con el de Madrid o el de Lugo. Y menos aún con el de Francia o Grecia. Es muy cálido y se arrancan a tocar las palmas a la mínima. Es muy agradecido y nos gusta mucho a todos los artistas ir allí.

Lleva 30 años sobre los escenarios. ¿Ha hecho algo de lo que se haya arrepentido?
No. Lo que haya podido hacer mal no fue nada gravísimo, así que no lo lamento. De las equivocaciones aprendes para decir que ya por aquí no o para pedir perdón.

¿Qué queda de esa Luz Casal roquera, un tanto cheli y canalla, de los años ochenta que cantaba «Rufino»?
Queda más de lo que muchísima gente piensa. Al final, algunos se quedan con la anécdota porque no son capaces de profundizar. La gente habla mucho de si soy más o menos roquera y eso me hace pensar de que no conocen todas mis canciones. El rock no deja de ser una consecuencia de la influencia anglosajona en nuestra cultura y eso me lleva a dar un paso más allá y arriesgarme a experimentar otras cosas, como hice con el folklore latinoamericano en «La pasión». Me gusta abrirme a formas distintas de música. No puedo hacer en 2011 el mismo disco que en en 1982.

¿Echa de menos algo de esa época en la que era telonera de Miguel Ríos o Leño?
Yo vivo el presente. Me cuesta recuperar la memoria de esa época y de las cosas que hice o dejé de hacer.

¿La música le parece una buena terapia contra la crisis?
Para mí la música es terapia siempre y terapia para todo. Es mi manera de estar en el mundo. Es terapia, sorpresa, escape, viaje...

Sin embargo, muchas de sus canciones tienen letras muy tristes…
Sí, pero creo que tengo más canciones de esperanza que de tristeza. No veo ese sentimiento de tristeza en mi música porque esa aparente tristeza encierra una enorme carga de ironía y porque detrás de esa exposición de penas surge el mensaje de mira qué bien me lo tomo.

No obstante, muchos (y muchas) lloran con sus canciones. ¿Tuvo usted que llorar mucho antes para poder escribirlas?
Tengo la suerte de que siempre que he tenido un dolor, del tipo que sea, lo he podido encauzar a través de la música, hacia una canción o hacia una letra. Y eso me ha quitado ese peso.

En una de sus canciones repite cinco veces el estribillo «sé feliz, sé feliz, sé feliz...» ¿Nos quiere engañar o es que la felicidad, de verdad, existe?
Esa fue una canción necesaria para mí por una experiencia pasada muy fuerte y quería dejar claro a la gente que no iba a tener ninguna actitud negativa sino todo lo contrario.

Ha dicho en alguna ocasión que la enfermedad es lo mejor que le ha pasado. ¿De veras lo sigue pensando?
Sí, lo sigo pensando, pero dicho así, suena casi frívolo, pero me refería a que de las experiencias fuertes se sale fortalecido. Yo me tomo así las grandes experiencias, por dolorosas que hayan sido. Y he visto que me han dado más cosas de las que me han quitado.

También ha dicho usted que se canta y se escribe mejor después de una herida.
Cantar sobre la alegría no es suficiente. Y después de una herida es más fácil llegar al otro.

¿Ustedes los artistas tienen que sufrir mucho para ser productivos?
Yo creo que no se debe sufrir en ninguna profesión y que hay que intentar evitarlo. Lo que sí debe tener un artista es una mayor sensibilidad para ser capaz de llegar al otro con las cosas que dice, escribe o pinta.

¿Los palos más grandes que te da la vida son los mejores para que uno saque lo mejor de sí mismo, la fuerza que uno no sabía siquiera que tenía dentro?
Sí, pero no creo que haya que apuntarse a los palos. Yo he sufrido, mucho pero no creo que haya que sufrir para escribir o cantar bien.

En «Vida tóxica» hablaba de algunos medicamentos que tuvo que tomar cuando se trató contra un cáncer. ¿No cree que el cariño no es tan importante como el mejor fármaco?
Sí, absolutamente. Sentirse querido es como alimentarse y no tener ese alimento te convierte en un ser famélico y dependiente.

Al cáncer le suele usted llamar «viaje», ¿por qué?
Porque lo es. Está lleno de sobresaltos. Es una experiencia fuerte que si tú le sacas partido puede ser una experiencia aleccionadora. Y para mí eso es un viaje.
¿Y qué le quitó ese viaje, aparte de agudeza visual?
Me tuve que poner gafas tras el tratamiento y perdí alguna otra cosa más, pero prefiero no hablar de ello. Prefiero decir que todo lo malo se puede revertir y convertir, si no en algo bueno, al menos en algo menos malo.

¿Cuándo uno cae hasta donde ese nivel donde uno piensa que no se podía caer, a qué se puede agarrar?
A la gente que te protege, que te cuida, a la que te tiene cariño. En mi caso yo me agarré también a la música.

¿No tiene miedo a la muerte?
No, creo que no.

¿Y ese valor le viene de familia, o de dónde?
No sé de dónde viene, pero el caso es que no le tengo miedo.

El joven escritor Christian (Ewan McGregor) le dice en «Moulin Rouge» a la cabaretera Satine (Nicole Kidman) que «amar y ser correspondido es lo más grande en la vida». ¿Está de acuerdo con Christian o le parece que exagera un poco?
Estoy de acuerdo con él. Incluso cuando no eres correspondido, también es bueno amar. «Si aprendo mucho, de viejecita tal vez me atreva con el flamenco»

¿Le gusta el flamenco?
Me encanta. De toda la vida. Anoche me acosté escuchando a Carmen Linares.

¿No le apetece hacer un dueto con algún flamenco?
El flamenco es algo muy serio y no soy tan arrogante. A lo mejor cuando sea viejecita y haya aprendido mucho...

¿Canta sola en la ducha?
No, pero sí hago algunas melodías y ejercicios.

¿Cómo ve el futuro de España, en pocas palabras?
Esperanzador, a pesar de todo.

En Sevilla se han cambiado los nombres de algunas calles y un juez ha dicho que no había razón.¿Nos hemos pasado con la memoria histórica?
Prefiero no hablar de eso porque paso mucho tiempo fuera de España y no tengo mucha información sobre ese tema.

A Rafa Nadal le silban en Roland Garros, sin embargo, a usted la adoran en París. ¿Cómo lo ha conseguido?
Voy mucho a Francia desde 1991 y me lo he currado mucho. El público francés es muy entendido musicalmente y se estudia mucha música en las escuelas. De tenis no sé mucho.




Una de las últimas noticias que hacen referencia a la artista y que también está recogida en su página web:
Premio a la Excelencia Musical de la Academia Latina de la Grabación
21/06/13


Luz Casal ha recibido el Sesac Latina Icon Award en una ceremonia celebrada en el Beverly Hills Hotel de Los Angeles, en la actuó en directo.

Este galardón es el primero que recibe como compositora, y lo hizo de manos de J.J. Cheng, vicepresidenta de SESAC Latina. A continuación, interpretó en directo «Historia de amor» y «Piensa en mí».

SESAC es una entidad que representa a compositores y editores, y entre sus artistas afiliados están Bob Dylan, Neil Diamond, Mumford & Sons, Cassandra Wilson, Alice in Chains o MGMT, entre otros. SESAC Latina representa a artistas latinos como Luz Casal, Enrique Bunbury, Carlos Baute o Draco Rosa.

“Recibir un premio siempre es un puntazo. La verdad es que soy bastante sensible y admito que me gusta. La sorpresa viene porque EE.UU. es una región donde no he trabajado mucho”, explicó la española, que apenas ha tocado en tierras norteamericanas aunque apunta al “componente latino” como factor influyente en esas decisiones.


Pulsa sobre la imagen para escuchar el tema "Eres tú"








Todo y nada, Luis Miguel


Todo lo que tengo en la vida 
Mi ternura escondida
Mi ilusión de vivir
Todo te lo diera contento
Porque tu pensamiento
No apartaras de mi

Pero como no me has querido
Y lo que te he ofrecido
No te puede importar
Muere la esperanza que añoro
Pues teniéndolo todo,
Nada te puedo dar.




Vida, José Hierro, el mago de la palabra.




Después de todo, todo ha sido nada, 
a pesar de que un día lo fue todo. 
Después de nada, o después de todo 
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!». 
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!». 
Ahora sé que la nada lo era todo, 
y todo era ceniza de la nada. 

No queda nada de lo que fue nada. 
(Era ilusión lo que creía todo 
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada 
si más nada será, después de todo, 
después de tanto todo para nada.


Poema final de Cuaderno de Nueva York (Hiperión, 1998),
dedicado a su nieta Paula Romero.



José Hierro (Madrid, 1922-2002) Poeta español. Su obra, a la vez intimista y testimonial, es apreciada como uno de los valores más consolidados de la poesía española de posguerra. Cuando aún era muy joven, su familia se trasladó a Santander. Sus versos de juventud aparecieron en diversos medios afines al frente republicano. Acabada la contienda civil sufrió cuatro años de cárcel que marcaron su trayectoria vital y tuvieron fiel reflejo en su producción poética. 

En 1942 formó parte del grupo fundador de la revista Proel y en 1947 publicó sus dos primeros libros: Tierra sin nosotros, en el cual describe mediante metáforas otoñales el panorama de un país en ruinas, y Alegría, contrapartida del anterior porque a través de una exaltación vitalista proclama la necesidad de la esperanza, sin abandonar totalmente un cierto tono pesimista y amargo.

Esta visión se convirtió en escepticismo y padecimiento existencial en sus siguientes obras, Con las piedras, con el viento (1950) y Quinta del 42(1952). La década del cincuenta la consagró a escribir composiciones de mayor calado social, si bien, a diferencia de sus coetáneos, nunca dejó de preocuparse por las cuestiones formales, como puede observarse en Cuanto sé de mí (1957).

En el prólogo a la antología completa de sus poemas, publicada bajo el título Cuanto sé de mí, 1974, el autor distinguió entre dos tipos de composiciones: las "crónicas", que tratan el tema poético de modo directo y narrativo pero con un ritmo y una emoción velados, y las llamadas "alucinaciones", de tono más hermético, en las que se funden el recuerdo y la imaginación, a veces con elementos surrealistas. Entre los dos extremos, el del intimismo y el de la voluntad testimonial, se desarrolla en su poesía una tensión dramática que se manifiesta también en la relación entre tales extremos, si bien las vicisitudes personales se transforman casi siempre en colectivas, dado que el poeta, como hombre sujeto a la temporalidad, comparte con los demás una serie de problemas y, más aún, una época particularmente difícil.


Algo más que música: Malinche (fragmento), Laura Esquivel; Cantares, Joan Manuel Serrat.


Hasta el camino más largo comienza con un solo paso



"Tu tarea es caminar. Un cuerpo inmóvil se limita a si mismo, un cuerpo en movimiento, se expande, se vuelve parte del todo, pero hay que saber caminar ligero, sin cargas pesadas. 

Caminar nos llena de energía y nos transforma para poder mirar el secreto de las cosas. Caminar nos convierte en mariposas que se elevan y miran en verdad lo que el mundo es. Lo que la vida es. Lo que nuestro cuerpo es. Es la eternidad de la conciencia, Es la comprensión de todas las cosas. 

Pero si no quieres caminar, puedes quedarte sentado y convertirte en piedra” 






Historias de amor de la literatura medieval: Eloísa y Abelardo



«...Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia sin que las lágrimas afloren a sus ojos. Ella ha renovado mis dolores, y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve toda su violencia pasada[…]»
Carta de Eloisa a Abelardo
I
Transcurre el año 1142, Europa Occidental bulle de efervescencia intelectual, Paris se está erigiendo en capital del pensamiento, la doctrina escolástica brilla en su mayor esplendor, con el solo razonamiento se puede aprehender la naturaleza. En el Monasterio de San Marcelo, cerca de Chalons, ciudad de Borgoña próxima a las márgenes del Saona, un enfermo de sesenta y tres años, sintiendo próximo su fin, pasa revista a su vida.

Junto a él se halla apilada la prueba de su decisiva aportación al renacimiento cultural, numerosos manuscritos sobre lógica y dialéctica así lo atestiguan. Mas, no es a este tesoro intelectual al que vuelve la vista, sino a un atado de cartas de amor, que le han sido enviadas a lo largo de los últimos veinticinco años por una religiosa, con quien, en aquel entonces, vivió una trágica historia de amor, que ni el tiempo, ni la separación – no habían vuelto a reunirse – relegó al olvido. Pocos años antes lo dejó reflejado en su autobiografía, que tituló “Historia calamitatum”, ¡extraño nombre!, ¿Quizá juzga así su existencia?

Recuerda su infancia en Bretaña donde había visto la luz en 1079, hijo de una familia de la baja nobleza, militares al servicio del poderoso Conde de Nantes. Destinado a la carrera de las armas, pronto encontró en la filosofía su verdadera vocación. Con dieciocho años se incorpora a la escuela de uno de los más afamados maestros, Juan Roscellino, de quien termina discrepando, lo contradice en público y por último, abandona su tutoría.

El nacimiento del siglo XII contempla la entrada en París de un joven Abelardo anhelante de conocimientos y rebosante de ambición intelectual y social. Los dos años siguientes fueron de febril aprendizaje. Ingresa en la escuela de la Catedral para estudiar dialéctica con el más renombrado filósofo de la época, Guillermo de Champeaux. A los pocos meses se repite la historia de Juan Roscellino; Abelardo, perpetuo inconformista, osa contradice la doctrina del maestro; tras una polémica cada vez más acalorada, que provoca entre los estudiantes la formación de sendas corrientes, el alumno sale triunfante y Guillermo acepta las tesis del, hasta entonces, discípulo.

Este éxito catapulta la fama del joven, que confiando en su ciencia, con tan solo veintidós años decide montar su propia escuela. El lugar seleccionado es Melún, ciudad muy importante por aquel entonces. El éxito lo acompaña y muy pronto se muda a Corbeil, más próximo a París, cuya escuela de Nuestra Señora era el blanco de sus aspiraciones. Tanta actividad mina su salud, debiendo retirarse unos años a Bretaña para reponerse. Vuelve a Paris, de nuevo como discípulo de Guillermo de Champeaux y, en 1108, se presenta la ansiada oportunidad; Guillermo es nombrado obispo de la diócesis de Chalons-sur-Marne y Abelardo le sucede a la cabeza de la escuela de París.

Tras otro breve retiro en Bretaña, se dirige a Laón para estudiar teología con el prestigioso doctor Anselmo de Laón. En 1114 retorna como profesor en la escuela catedralicia de París, donde llegó en breve lapso al apogeo de su celebridad.

En este punto, la memoria del monje hace un alto, lágrimas de orgullo asoman a sus ojos, recuerda aquellos tiempos de gloria y rememora, entre los mas de cinco mil alumnos que llegó a tener, alguno de los más famosos: un Papa (Celestino II), diez y nueve Cardenales, más de cincuenta Obispos y Arzobispos franceses, ingleses y alemanes.

De súbito, una nube de tristeza le cubre el rostro; en su memoria acaba de entrar el recuerdo de un personaje singular, que al final decidiría su existencia: Fulberto, Canónigo de la Catedral de París, quien solicita los servicios del afamado maestro como preceptor de su sobrina Eloisa, culta y bella joven de dieciséis años, quien habiendo perdido a sus padres fue confiada a su tutela [i].


La expresión del enfermo cambia de nuevo; la tristeza se troca en alegre melancolía. Está reviviendo aquellos momentos dichosos, ¡los más felices de su vida! en que la inicial admiración intelectual Eloisa hacia su maestro había derivado en una arrebatadora pasión por el varón que la enamoraba. Él no podía ser considerado novicio en lances amorosos, mas, a pesar de su experiencia, había correspondido a tanto ardor con un paralelo ímpetu que le hacía olvidar cualquier convencionalismo.
En la “Historia Calamitatum” reflejó aquellas sesiones en casa de Fulberto:

«...Los libros permanecían abiertos, pero el amor más que la lectura era el tema de nuestros diálogos, intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libro s[…]»



Al recordar este pasaje de su vida, el pulso del enfermo comienza a latir con violencia; está reviviendo la etapa más intensa de su vida, aquella que le dejaría marcado, en cuerpo y espíritu, para el resto de la existencia que está a punto de espirar.

¡Qué felicidad sin dobleces transpiraba su amada el día que le comunicó su embarazo! ¡Cómo contrastaba la actitud de la joven con las dudas y temores que a él inquietaban! Al final, el amor venció todos los temores, la radiante Eloisa aseguraba que la concepción se había producido la tarde en que el temario de las clases señalaba el estudio del astrolabio, en recuerdo, si el hijo fuese varón llamarían con este nombre.

Cuando Fulberto fue consciente de lo que estaba aconteciendo, tras una primer acometida de indignación, aceptó lo inevitable, procurando imponer una solución que él consideraba razonable. Envió a Eloísa a Bretaña, a casa de una hermana, donde dio a luz un niño, a quien, conforme a lo previsto, pusieron por nombre Astrolabio, mientras que conminaba al padre para reparar por medio del matrimonio la falta cometida.

Abelardo accedió de buena gana a la proposición de Fulberto; pero, para estupor general, Eloísa, con diferentes argumentos, se opuso de manera radical a la boda. Tras un tenaz asedio, al final cedió de su postura inicial con la condición de mantenerlo secreto. Con esta reserva el matrimonio se celebró en París. El airado tío, tras esta primera victoria en la lucha por restaurar el honor perdido, presionó para dar publicidad al vínculo y de esta manera normalizar la situación a los ojos de la sociedad.

De nuevo se opuso Eloísa, quien llega a realizar un juramento formal de que jamás se hubiera casado. La actitud fomentó entre el tío y la sobrina, que vivía con él, una profunda desavenencia que degeneró en malos tratos, llegando la situación a tal extremo que Abelardo se vio obligado a buscar refugio para su esposa en un convento de Argenteuil, cerca de París.

Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en breve encontró medio de ejecutar su feroz venganza. Sobornó a un criado del filósofo para que les franquease el paso, y una noche, entrando con un cirujano y algunos sayones en el cuarto de Abelardo, entre todos le castran huyendo a continuación.
Piensa Abelardo ¡Qué importa que la justicia apresase al criado y otro de los agresores¡ El castigo: igual mutilación y además la pérdida de los ojos, ¿Le permitirían volver a sentir la anterior pasión? Tampoco el destierro del canónigo Fulberto, al que se confiscaron todos sus bienes, podía reparar lo perdido.

Era el año del Señor de 1118, mis heridas corporales sanaron, pero mi vida entera cambió. Hube de renunciar a Eloisa, que profesó de monja en el convento de Argenteuil, no volviendo a vernos en el resto de nuestras vidas; según las leyes canónicas estoy incapacitado para ejercer oficios eclesiásticos viéndome obligado a ingresar como fraile en el monasterio de San Dionisio.

Las emociones han sido en exceso intensas para este hombre cansado, perpetuo inconformista, castigado de forma atroz en cuerpo y espíritu. El hilo de la memoria se interrumpe, reclina el cuerpo sobre el lecho, cierra los ojos, y mientras dedica un postrer recuerdo a la que nunca dejo de amar, las cartas resbalan de su mano y exhala su último suspiro.
II
Entretanto, a 250 kilómetros del moribundo, en plena Champagne se encuentra la ciudad de Troyes, y en sus cercanías se alza el convento del Parácleto, cuya abadesa, aun joven, es la propia Eloisa. Ha tenido noticias del estado de Abelardo y espera, con mucho dolor pero igual decisión, el fatal desenlace. Está dispuesta a cumplir lo que, sin duda alguna, adivina últimos deseos del agonizante ¡reunirse con su amada!

También ella está sumida en los recuerdos. Mas, a diferencia de Abelardo, no adopta una actitud resignada, aún alienta en ella la misma pasión que, veinte años atrás, apenas una niña, le hizo oponerse con fuerza a todo convencionalismo.

No siente particular nostalgia del hijo. Cuando lo separaron de ella, fue confiado a su hermana; más adelante, bajo la protección de otro tío, Porcarius, canónigo en Nantes, siguió la carrera eclesiástica, a la que, dado sus singulares padres, estaba predestinado. Tiene esporádicas noticias de él, ahora está con su tío, de seguro le sucederá en la canonjía.

En cambio Abelardo siempre esta presente en su memoria. Considera que su vida comenzó cuando le conoció, marchitándose en el momento de separarse. Sus arrebatadas cartas lo reflejan con lucidez:

……Para hacer la fortuna de mí la más miserable de las mujeres, me hizo primero la más feliz, de manera que al pensar lo mucho que había perdido fuera presa de tantos y tan graves lamentos cuanto mayores eran mis daños […]

¡Las cartas! Siempre escasas, no obstante, el único vínculo entre ellos, al que por más de veinte años permanecieron aferrados:

…….Si la tormenta actual se calma un poco, apresúrate a escribirnos; ¡la noticia nos causará tanta alegría! Pero sea cual sea el objeto de tus cartas, siempre nos serán dulces, al menos para testimoniar que tú no nos olvidas […]

¡Ay, Abelardo!, tan fuerte frente a los hombres y tan tierno conmigo. Nunca me he arrepentido de mi pasión, solo me angustia pensar que mi negativa a hacer pública nuestra unión haya podido ser la causa de tu desgracia A pesar de ser el más brillante dialéctico de Paris, o lo que es igual, de toda la Cristiandad, nunca entendiste mi actitud; iba más allá de la pura conveniencia. .¡Me negaba, y me niego, a que nuestro amor fuera forzado en ningún sentido! ¡No puedo admitir que tanta pasión cambiase de rumbo! Tú, por el contrario, en aras de lo que creías mi tranquilidad, estuviste dispuesto a renunciar a las dignidades que te correspondían por méritos propios.

Tú pudiste resignarte a la cruel desgracia, incluso llegaste a considerarla un castigo al que te habías hecho acreedor por transgredir las normas. ¡Yo, no!, ¡No he pecado! solo amo con ardor desesperado; cada día aumenta mi rebeldía contra el mundo y crece más mi angustia. ¡Nunca dejaré de amarte!. ¡Jamás perdonaré a mi tío, ni a la iglesia, ni a Dios, por la cruel mutilación que nos ha robado la felicidad!


Pero, ¿qué puedo esperar yo, si te pierdo a ti? ¿Qué ganas voy a tener yo de seguir en esta peregrinación en que no tengo más remedio que tú mismo y en ti mismo nada más que saber que vives, prescindiendo de los demás placeres en ti -de cuya presencia no me es dado gozar- y que de alguna forma pudiera devolverme a mí misma? […]

Mas, yo te prometo que he de procurarte el descanso que no conseguiste en vida. Ni siquiera aquella Iglesia que tanto amaste ha sido justa contigo, se han condenado tus escritos, has sido perseguido y sufrido un sinfín de injusticias, solo por la valentía de expresar lo que piensas, sin importarte el desacuerdo con los poderosos, sean obispos reyes, papas, santos o concilios.

EPÍLOGO
Eloisa, cuando conoció la muerte de Abelardo se comunica con Pedro el Venerable, abad de Cluny. Este influyente personaje siempre había mostrado especial debilidad por Abelardo, lo demostró en épocas pasadas; cuando más arreciaban las críticas hacia las tesis del filósofo, había conseguido reconciliarle con Bernardo de Clairvaux, su más encarnizado fiscal. Pedro consigue sin dificultad que los restos de Abelardo sean trasladados desde Chalons al Parácleto, donde Eloisa los da sepultura.

Veinte años después, en 1164 moría Eloisa. Dispuso que fuese enterrada en el mismo sepulcro de su enamorado, plantando a continuación un rosal sobre la tierra que los recubrirá.

Aquí, donde acaba la realidad, comienza a tejerse la leyenda: En el momento de ser depositada en la sepultura común, ambos esposos extienden sus brazos para fundirse en un último y eterno abrazo.



Nuestro romántico Campoamor veía de esta manera el eterno descanso de los amantes:
E
l rosal de ella y de él la savia toma,
Y mece, confundiéndolos, la brisa
En una misma flor y un mismo aroma
Las almas de Abelardo y de Eloísa.   

La Revolución suprimió el Parácleto en 1792 vendido en beneficio del Estado; pero exceptuó de la venta el sepulcro que encerraba  según creencia general, los restos de Eloísa y Abelardo. En 1817 los cuerpos se trasladaron a una tumba común en el cementerio de Père Lachaise, en París, donde hoy reposan en el mausoleo neogótico que puede observarse en la imagen adjunta. Allí reciben el tributo de amantes anónimos que con frecuencia depositan flores frescas sobre la lápida.

[i] Puede sorprender que una mujer, casi niña, nacida en la tantas veces tildada de oscurantista Edad Media, fuese culta y que su educación se confiase al más renombrado filósofo del momento. Como la investigación se ha encargado de demostrar, el medioevo arrastra una injusta leyenda: se trata de un largo periodo histórico de diez siglos, con muy distintos comportamientos según las épocas. A principios del Siglo XII en Europa se advierte con claridad el embrión del Renacimiento. La mujer, de las clases aristocráticas, obvio, con un comportamiento sexual menos reprimido de lo que a veces se piensa, comienza a sentir interés por la cultura y desean ocupar cierto protagonismo social, Leonor de Aquitania “dama de los trovadores”, había nacido en 1122, justo cuando nuestra tragedia se consuma. No es de extrañar que Fulberto, con seguridad deseando un matrimonio nobiliario para su sobrina, le procurase la mejor educación a su alcance.

José Andrés Martínez
Collado Villalba,Marzo de 2005







Hildegarda de Bingen

Las dos historias
Abelardo y Eloísa



s extraño mi nombre. Creo que se lo debo a mi madre, pero ella no me aclaró nunca por qué me lo había puesto. Tardé muchos años en encontrar el significado pero, al fin, confío en que he podido hacerlo aunque, claro, la interpretación es solamente mía; acaso puedan comprenderlo cuando sepan que mi madre era la joven más inteligente y culta del París de su época. Por eso me llamó Astrolabio. Sí, ése es mi nombre, el de un instrumento, pero el de un instrumento que solamente un astrónomo puede usar, solamente para alguien versado en los astros mi nombre-instrumento tiene un significado. Sabido es que con el astrolabio se miden las alturas de los astros y se deducen la hora y la latitud. Creo que ahí está el sentido, porque llegué a ella como descendiendo de los astros y marqué el comienzo de la hora que, si pudiera darle algún nombre, llamaría nefasta. Nefasta para su vida, nefasta para sus amores. Porque ella no era sino un puñado de amor vivo y, como todo amor, era un continuo darse. Fue así siempre, hasta sus últimos momentos. Aunque bien es verdad que no fui yo el centro de su amor sino su esposo, mi padre. 


Ella se llamó Eloísa y él Abelardo, y juntos vivieron una historia de vida que tuvo mucho de amor y de sacrificio. 

Quiero que la conozcan a ella cuando era una joven apasionada por los estudios, versada en idiomas –porque conocía el hebreo, el latín y el griego–, y su entusiasmo por la física, la teología y la versificación eran notorios; asimismo, para culminar con este interés por todos los conocimientos que mi madre tenía debo decirles que todo esto no iba en detrimento de las labores típicamente femeninas, como el hilado y el bordado y asimismo la música. Semejante dechado de virtudes, unido a su juventud, no podía permanecer en el anonimato; su fama se había difundido por toda la comarca. Como era huérfana, vivía con su tío, el canónigo Fulberto, avaro en todos los sentidos, menos en procurarle una educación esmerada a su sobrina, a la que consideraba la luz de sus ojos. ¿Podía existir una ocasión mejor para que ella se perfeccionara que aprovechar la presencia del maestro dialéctico, famoso por la agudeza de su ingenio? Todo París se hacía lenguas comentando las clases de Pedro Abelardo, él estaba en el apogeo de su fama y sus discípulos llegaban desde todos los rincones. Tenía, en ese entonces, aquella edad en la que los hombres comienzan a revisar sus vidas y desean un cambio pero, asimismo, la edad en que las pasiones son más intensas y, a veces, verdaderas. 

Sí, él contaba con treinta y nueve años y mi madre con diecisiete. Entre ellos existía el abismo de los años, ineludibles y hondos; creo que ellos, finalmente, los separarían, porque si algo debo reprocharle a mi padre, como padre, es que no pensó como hombre sino, sin saberlo, como personaje del siglo. ¿Que qué es lo que quiero decir con esto? Pues que a un hombre que ha vivido tanto tiempo recibiendo elogios y vituperios, ejercitando su dialéctica y brillando con ella, esa circunstancia se le hace imprescindible. Su vida necesita de sus esgrimas verbales, su existencia se vuelve deudora de la admiración o el reconocimiento de los demás. Mi padre había pasado muchos años, ya, en ese medio, no podía desprenderse de él, lo necesitaba como el río necesita el agua que corre por su lecho para ser lo que es. Eran esos los años que los separaban porque eran los años en que la personalidad se forja y las ambiciones se afianzan y en los que los hombres se templan y enriquecen espiritualmente, decantando ideas y deseos. Y también, por qué no decirlo, los separaba el profundo egoísmo de la personalidad vanidosa de mi padre que le hacía poner no solamente sus ideas delante de las demás, sino también a sí mismo, con sus antojos y sus caprichos. Mi madre bien lo comprendió cuando le pidió encarecidamente que no se casara con ella, que vivieran juntos, que siguieran estando unidos, porque lo que menos deseaba ella era un casamiento que fuera una unión reparadora de sus acciones y de mi llegada. Pero él lo creyó necesario pues pensó –sin asidero alguno– que esa enmienda ficticia podía calmar el torrente de vida que los había unido. Consideró que esa acción era una acción moral pues mi padre pensaba que todo acto vale según su intención y que entre la intención y el acto debía existir una concordancia. Él había querido a mi madre: debía, pues, cuidar de ella porque solamente ella le había hecho descubrir el amor. Pero creo que sus amores fueron distintos. Mi padre amó, tal vez, una inteligencia encarnada en una mujer, eso fue el amor para él; mi madre, en cambio, encarnó el amor puro porque fue absoluto, buscó al hombre y no al profesor, quiso su bien por encima de todo, porque sostenía que no había más verdad que la del corazón. Eran diferentes los llamados y mi padre, quizá sin percibir la diferencia, confió en que no hubiera, después de su casamiento, ningún cambio en sus relaciones, esperó que todo siguiera como antes. Lo que mi padre tenía en inteligencia le faltaba en conocimiento de las reacciones humanas, pues ni siquiera sospechó que los demás pudieran pensar de otra manera.

Pero se me amontonan los recuerdos y los reproches y no puedo ordenar las ideas. Tal vez si pongo un poco de distancia en los hechos van ustedes a poder entenderme. Les contaré las dos historias. 

Mi padre se llamaba solamente Pedro –después le añadieron el nombre de Abelardo– y provenía de una pequeña aldea del norte de Francia, que se llamaba Le Pallet y pertenecía a Bretaña. Sé que todo lo que ahora diga será contado más tarde porque mi padre dejó escrita su propia vida en una carta dirigida a un amigo que si es real o ficticio no podré saberlo nunca. A esta carta la llamaron Historia calamitatum mearum y ahí –so pretexto de consolar a un amigo– narra sus dichas y desdichas. La primera es una dicha, como casi todos los recuerdos de la infancia, pues cuenta la alegría que marcó la vida del pequeño que fue mi padre quien, como primogénito que era, hubiera debido seguir la carrera de las armas, mas sabemos que no fue así, pues el descubrimiento del estudio de las letras, incentivado por su propio padre y por su natural temperamento, le hizo cambiar el rumbo. Después escribirá que “abandonaba el campamento de Marte para postrarse a los pies de Minerva” y que prefirió “la armadura de la dialéctica a todo otro tipo de filosofía” [1] 

Así pertrechado, haciendo ejercicios agudos y certeros, llegó a París. 


¿Qué se proponía hacer en esa ciudad? Nada menos que dirigirse a Guillermo de Champeaux, que gozaba de renombrada fama. Su cultivada soberbia – aguda para tan pocos años– dirigió a mi padre hacia la controversia y aspiró a dirigir una escuela y ser él, también, maestro. Las escuelas que intentó en Melum y en Corbeil, el fatigoso estudio y las consabidas rivalidades lo agotaron y tuvo que volver a su hogar en Bretaña. Algunos años le costó reponerse y, cuando lo hizo, su ambición lo llevó nuevamente al lugar de sus disputas y al enfrentamiento con aquellos que no consideraba merecedores de la fama que ostentaban. Estaba en la montaña de Santa Genoveva cuando rompe lanzas con Guillermo de Champeaux; también lo hará, años más tarde, con el propio maestro de su maestro, Anselmo de Laón. Nuevo contrincante, nuevo enemigo, pero mientras en el primer caso el tema que suscitaba la pelea era el famoso tema filosófico del siglo XII, que indagaba sobre los universales, en el segundo caso la divergencia se suscitó por una interpretación de los libros sagrados. Filosofía y teología eran los campos de batalla. 

El problema de los universales había llegado a la época a través del neoplatónico Porfirio y también de Boecio. Ninguno de ellos lo había aclarado, más bien lo habían confundido, pues mientras Porfirio ve en los universales un planteamiento platónico y lo enuncia en sentido ontológico, Boecio lo oscurece al establecer una alternativa entre resy voces. Así el problema se planteaba siempre como si debiera haber una opción entre considerar que los universales eran cosas (res), o palabras (verba). La filosofía se dirimía entre las cosas o las palabras, res o verbaera el gran tema del pensamiento del momento. Los realistas, exagerando su postura, sostenían que los géneros y las especies existen como ideas ejemplares que solamente están así en el intelecto divino y que son, además, realidades de las cuales participaban todas las cosas sensibles. Así existían por un lado los hombres (cosas sensibles) pero también la humanidad (de la cual participan todos los hombres). Sostenedores de esta tesis fueron Escoto Eriúgena y también Guillermo de Champeaux y su doctrina de la indiferencia. Mi padre los llamaba los sostenedores de la vieja doctrina. 


Pero también motejaba de esa manera a los que consideraban que los universales eran solamente flatus vocis, una interpretación que se remontaba a Roscelino quien la llamaba “sophistica vocalis”, y que entendía que solamente existen los individuos y no los universales, es decir que lo que así llamamos son solamente palabras con las que designamos cosas semejantes que tienen elementos comunes. ¿Entendía que los universales, por ejemplo, la humanidad, era solamente un ruido producido por la boca y no algo pensado? ¿Confundía las cosas con las palabras como le imputó mi padre? No creo que haya sido tan ingenuo porque, por otra parte, mi padre, de algún modo, siguió sus ideas. 

¿Por qué lo digo? Pues, acaso, porque él solo sustituyó la palabra voces por la palabra sermo ya que Pedro Abelardo –se llamaba así en ese entonces–, entendió que los universales eran sermones, es decir, hizo hincapié en la lógica para intentar destrabar la oposición planteada entre verbalistas y realistas. 

Comenzó su disputa negando a los realistas la afirmación de que los universales eran cosas porque ningún universal tiene existencia fuera de los individuos, únicamente éstos son los que existen; por lo tanto, si buscamos los géneros y las especies no vamos a poder encontrarlos sino en los individuos. Así insistió en que no pueden predicarse cosas de cosas y por ello los universales no pueden ser res. Y sostuvo, con sus terminantes argumentos lógicos, que si bien algunas frases pueden estar bien construidas gramaticalmente, no tienen sentido lógico ninguno. Así si digo “este hombre es un árbol”, la frase está bien construida gramaticalmente pero es falsa lógicamente, es erróneo lo que afirmo porque no todo predicado puede predicarse de todo individuo, porque como cada individuo es una unión de materia y forma que le son propias, no puedo predicar de uno lo que corresponde al otro. Por ello es absurdo decir que el hombre es un árbol, tan falso como si dijéramos que “el árbol es Juan” o que “Sócrates es Platón”. Pero no saquemos conclusiones apresuradas como si solamente se pudiera hablar en forma tautológica. Además, ¿qué sucedería si pensáramos que el individuo es una suma de propiedades que se unen a su naturaleza universal? O bien: ¿qué pasaría si sustraemos todos los accidentes a lo universal? ¿Qué tendríamos para partir o qué nos quedaría después de sustraer? La posición de mi padre fue puramente pensada, lógicamente esgrimida. Si el individuo es una suma de propiedades a una forma universal, estamos negando que las formas sean distintas y es bien sabido que las formas son diversas, distintas cada una de ellas por sí mismas, porque los individuos son particulares. Y, razonando según el argumento de los contrarios, sostuvo que si sustraemos todos los accidentes al individuo lo que nos queda es su sustancia misma que es particular. Por ello tampoco admitió la teoría de la indiferencia de Guillermo de Champeaux –como les comenté antes– porque no salía de su realismo, ya que sostenía que los hombres –las cosas– son singulares en lo que se distinguen e iguales en su universalidad. Era lo mismo que no decir nada. 

Los argumentos lógicos de Abelardo penetraban como espadas en las posiciones de quienes consideraba como enemigos y los desarmaba rápidamente. Debo reconocer que, en esto, era feroz, no conocía la piedad. Disfrutaba desarticulando ideas opuestas a la suyas y, por ello, era brillante en el razonamiento y más aún, en la retórica. Era contundente y demoledor, pero lo guiaba su afán de resolver el problema. Por eso lo hizo con los medios de la época y asentó una nueva interpretación de los universales. Nos dijo que los géneros y las especies, los universales, en fin, no pueden ser cosas ni estar en las cosas, pero también negó que fueran solamente voces. Los universales eran sermones, nomina, es decir, predicaciones. 

Sí sostuvo que no es lo mismo convenir con todos que predicar con todos porque convenir es sostener que todos tienen las mismas cosas, por lo tanto ¿qué diferencia habría entre individuo y universal? Por eso al universal no podemos buscarlo en las cosas porque siempre seguiríamos teniendo cosas singulares. Por otro lado, si nos basamos en las palabras, como sostenía Roscelino, ¿qué encontramos? Ahí Abelardo –si bien sigue la línea nominalista– planta su primera pica pues distingue entre la palabra como simple voz y la palabra con significación, elsermo, es decir, la predicación. La palabra como sonido físico no tiene significación, no es un universal ni puede predicarse. En cambio la palabra como sermo une al sonido un significado –al que Abelardo entiende como convencional–. La palabra es un sonido más un significado, es un signo de aquello a lo que se refiere. 

Así podemos concluir que los universales no son cosas –porque no existen en la naturaleza– sino que, considerados desde ese punto de vista, son solamente voces. Pero a ellas les añadimos un significado por el que se convierten en signos de las cosas y, si bien el significado es por convención, ésa es la única manera en la que las palabras pueden referirse a las cosas, es decir, predicarse y, por lo tanto, puede afirmarse que Sócrates es un hombre. 

Desplazó el tema de los universales del campo ontológico al lógico. Se encerró en su fuerte y lo matizó con su teoría de la abstracción. 

En ésta consideró que hay tres tipos de conocimientos: el sensitivo, el imaginativo y el intelectivo. Por el primero percibimos las cosas particulares con todos sus detalles, por el segundo formamos una imagen de ellas, que funciona como su recuerdo y que hace que las tengamos presentes cuando las cosas no están. En cambio, el conocimiento intelectivo es el que abstrae de las imágenes lo que éstas tienen de común. Así es función del entendimiento considerar unido lo que, en realidad, está separado y viceversa. Como en todo individuo la forma y la materia están unidas, el trabajo del entendimiento será separarlas. Será verdadero el conocimiento que afirma que existe lo que está unido y será considerado error el que afirma que está unido lo que en la realidad no lo está. 

Si éste es nuestro criterio entonces tendremos algunas imágenes formadas por el intelecto que serán verdaderas, claras y correctas y otras serán generales, confusas y que pueden ser erróneas porque unen lo que no está unido en la realidad: son éstos los conceptos o imágenes del entendimiento. Los sermones son conceptos universales y serán más confusos cuanto más universales sean. El concepto es una imagen intelectiva y el universal será la palabra que se refiere a esa imagen del intelecto. La verdad, finalmente, está dada por los sentidos, con la inteligencia solamente podemos tener opiniones de las cosas. 

Si alguien siguiera la línea de mi padre, tal vez podría llamarse empirista, porque todo el conocimiento está dado por los sentidos físicos. Quizá esta teoría persista, no lo sé. 

Tal vez no haya resuelto el problema pero, sin duda, le dio un nuevo cariz. Pero ¿por qué esta disputa tan aguda sobre los universales?, ¿de qué manera influía en la vida de cada uno de nosotros el que adoptáramos una posición o la otra? 

Tomemos un problema vital, por ejemplo, el pecado original. Si éramos partidarios del realismo debíamos sostener que, porque somos seres sensibles y, al mismo tiempo, participamos de la humanidad, también debíamos participar del pecado original. Todos éramos pecadores ab origine pero, ¿también lo era Dios? Porque si el universal estaba en su intelecto, ¿también Él era pecador? En la posición contraria podemos sostener que si los universales eran meros sonidos, ¿por qué influían en nuestros razonamientos?; esta línea nos llevaba a afirmar que toda existencia podía considerarse errónea, fantasmal, y fomentar el escepticismo porque si nada existiera verdaderamente, ¿existía Dios o era solamente un fantasma de nuestro pensamiento? 

Mas el pensamiento de ese siglo creía firmemente en Dios y no se hubiera atrevido a sacar esas conclusiones que son, tal vez, divagaciones mías; pues yo tengo, también, el hábito de pensar y ver las consecuencias. No sé si alguien sostendrá estas tesis algún día pero seguramente habrá que esperar varios siglos. No sé por qué se me ocurren estas cosas. Lejos estaba mi padre de ello porque si algo unía a su costado dialéctico era su pasión por la fe. Sólo por la fe se llega a lo divino, pero sostenía que todo acto de fe es, al mismo tiempo, acto de intelección. 

Pero las épocas, tanto como los hombres, tardan en comprender y, cuando esto sucede, los pensadores ya no están entre ellos. Por eso el presente es difícil de vivir para aquel que trae nuevas ideas porque las personas no soportan las nuevas conclusiones. De ahí la virulencia de las argumentaciones y de las condenas a que se hacían merecedores los que las sustentaban. Mi padre estaba en esa lucha y no cejó nunca en sus intentos de esclarecimiento; sé que dejó una honda huella. 

Pero tal vez haya sido más honda su preocupación por conquistar a mi madre. Ella tenía todo lo que podía atraerlo pues era bonita, joven y, sobre todo poseía aquello que a él más lo fascinaba: inteligencia y conocimiento. 

Se propuso conquistarla y lo logró: ¿acaso podía ella quedar indiferente ante quien era un hombre atractivo, inteligente sin comparación, que escribía y cantaba versos para ella y que, además, la deseaba? Porque, a influjos del amor, el profesor se había convertido en poeta. La inteligente joven no pudo resistirlo y sucumbió a su asedio. Pero cruzó el límite como puede hacerlo una mujer confiada porque creyó en él y en su amor, que terminó destruyéndola como mujer. 

Tal vez esté tomando partido por mi madre, pero a su amor puro, a su infinito amor humano, sólo puedo comprenderlo con más amor, y por eso su historia va a diferir de la de mi padre. 

Ella descendía de los Montmorency y de los Beaumont; era, pues, de la aristocracia de la isla de Francia, a la que también pertenecía mi padre porque ambos eran miembros de las facciones que se disputaban el poder en la monarquía de Luis VI. 

Su interés por Eloísa –ése era el nombre de mi madre, un derivado de Elohim– y la confianza de ella en el profesor lo recuerda mi padre en su propia historia, con palabras que señalan sus deseos: “era como ofrecer un cordero a un lobo” [2] . Con la excusa de enseñar las letras, fueron otras las enseñanzas pues según confió después, “el estudio de la lección nos ofrecía los encuentros secretos que el amor deseaba [...] ninguna gama del amor se nos pasó por alto [...] había más besos que palabras” [3] . Semejante pasión no podía permanecer oculta mucho tiempo y si bien “solemos ser los últimos en conocer los males de nuestra casa y los vicios de nuestros hijos y cónyuges, mientras los cantan los vecinos” [4] –como bien lo señaló San Jerónimo–, llegó el tiempo en que todo se supo. 

Se amaban, sí, pero a ese sentimiento se unió en la joven la vergüenza de haber engañado a su tío y preceptor –que había confiado en la continencia de mi padre– que, por supuesto, él había transgredido, y no menor desagrado sufrió mi madre por la bochornosa situación en que se vio envuelta. 

Seguían amándose y seguían deseándose, estaban separados y sin embargo estaban unidos, y “la ausencia del cuerpo encendía más el amor” [5] al que se entregaban todos los momentos en los que podían, con el cuidado que la nueva situación requería. Pero me anuncié yo y mi madre, alegre y al mismo tiempo inquieta, comunicó la nueva a su esposo en la carne. A mi padre sólo se le ocurrió raptar a mi madre para que pudiera darme a luz tranquila y la llevó hasta la casa de su hermana, en su tierra natal, donde yo nací y donde me pusieron el curioso nombre que ostento. 

Pero estaba en el medio Fulberto, el rencoroso tío de mi madre, que destilaba odio por todos sus poros y a quien mi padre Abelardo tuvo, de alguna manera, que lavar la honra, y por ello ofreció casamiento a mi madre, sin pensar que ella iba a rehusarse porque, conociendo bien a su pariente, presentía el mal que se avecinaba. De todos modos, ella era un suave papel en sus manos, podía mi padre estrujarlo y ella le respondía amándolo más aún y perdonando todo. Por ello se plegó una vez más a sus requerimientos y el casamiento tuvo lugar. Me olvidaba un detalle: el casamiento debía ser secreto para que la fama de mi padre no sufriera daño. ¡Extraña decisión! Porque significaba que, para salvar su reputación, se avenía a vivir toda su vida en la hipocresía. Creo que empezáis a conocerlo. 

El canónigo Fulberto, sin embargo, desconfiando de su sobrino por ley, comenzó a divulgar el casamiento y mientras más Eloísa lo negaba, él más lo difundía. Así la situación era insostenible y Abelardo, entonces, decide llevarla al convento de Argenteuil, donde ella había estudiado y donde le correspondía estar según su jerarquía social. Allí mi mismo padre la viste con el hábito religioso de las arrepentidas. Eloísa quedó así sin marido, sin hijo y sin familia y convertida en religiosa –que era lo que menos deseaba–. Tenía recién veinte años. 

Esta situación a la que mi padre la había llevado desata enormes iras en Fulberto y planea su venganza. Soborna a los que velaban el sueño de mi padre y contrata a varios sicarios para que consumen la acción más tremenda: emascular a su odiado pariente. 


¡Qué desesperación la de mi padre, qué gritos horrendos ante tamaña acción, qué dolor físico y, más aún, qué dolor del alma! Pero la mutilación había tenido lugar y no había vuelta atrás. Él nos lo contó así: “me hería más la compasión que la herida misma, sintiendo más la vergüenza que el castigo” [6] . “Me preguntaba qué nuevos caminos me quedarían abiertos para el futuro”. “Confieso que, en tanta postración y miseria, fue la confusión y la vergüenza más que la sinceridad de la conversión las que me empujaron a buscar un refugio en los claustros de un monasterio” [7] . No sospechaba, entonces, que su conversión iba a ser tan profunda. Se dirigió pues a la abadía de Saint Denis, su nuevo hogar, para convertirse en filósofo de Dios así como antes lo había sido del mundo. 

Comenzó, pues, mi padre a explicar las Sagradas Escrituras y nuevamente sus clases se llenaron de alumnos y una vez más la envidia se cebó en él. Claro que lo que sostenía era – ya se los comenté– difícil de aceptar, porque decía que no se puede creer en algo si antes no se entendía y, aunque en su tratado De Unitate et Trinitate no pudo encontrarse nada que atentara contra la fe, él mismo tuvo que tirarlo a la hoguera cumpliendo la orden impartida por el Concilio de Soissons. Fue la primera admonición que sufrió mi padre, la segunda devino del Concilio de Sens. 

Si insisto con las peripecias de la vida de mi padre es porque, en un momento, se vuelve a encontrar con mi madre. No me interesan más los detalles sino solamente hacerlos reflexionar acerca de lo que sucedió en el Paracleto, lugar en el que primero estuvo mi padre –a él se le debe el nombre de Espíritu Santo Paracleto, es decir, Consolador– y en el que luego se refugiaron las monjas de la abadía de mi madre y se convirtieron en la referencia del lugar. Del erial hicieron un vergel. Pero el encuentro de mis padres fue nuevamente fuente de difamaciones, no podía ser de otra manera. Sin embargo su relación fue solamente fraternal ya que mi padre la trató como una abadesa y no como una mujer. La huida a Dios de Abelardo fue una coraza que lo aisló del mundo. Pero mi madre no había huido del mundo, ella era abadesa porque las circunstancias de su vida determinaron que hallara su refugio en un convento, pero no fue ese nunca su deseo. Pensaba como mujer y sentía como mujer: Eloísa deseaba, aún. 

Sabía –con esa intuición que da el amor– que la situación era irreversible, pero no podía sostener sola el aguijón del deseo y el recuerdo de lo pasado; suplica, pues, ayuda a su marido y le escribe. Tal vez la posteridad haga uso de estas cartas y quizá las deforme para responder al gusto de la época, pero lo realmente cierto es que ella lo necesitaba, aún creía en él, aún lo amaba, ¿qué digo?, lo amó y lo amará siempre, pero con amor de mujer, no con cariño de hermana en Jesucristo como mi padre dio en llamarla. ¿Qué dicen esas cartas?. Difícil es resumirlas, unos dirán que es una defensa velada del matrimonio, otros que son la expresión de dos temperamentos humanos, otros, en fin, crearán una figura de mi padre y otra de mi madre que, tal vez, no se ajustarán a la realidad. Pero con las vidas humanas sucede eso, en cuanto trascienden, se hilan los hechos que conformaron sus existencias de tal modo que van tomando el color que el tiempo les da. Aprehenden la vida, la solidifican, fijan e inmovilizan, pero la existencia es movimiento, es desarrollo, es crear barreras para transgredirlas. Por eso será siempre tan complicado escribir sobre los laberintos del alma. 

Mi madre siempre lo llamó “mi único, mi solo amor” porque eso era lo que sentía porque ella, además de desearlo, lo quería con cariño y ternura, lo quería con verdadero amor. Con el amor que perdura a pesar de los sinsabores, con el amor que piensa en el otro y no es egoísta jamás. Siempre vio por los ojos de aquel a quien quiso, nunca dejó de subordinarse a él, jamás hizo otra cosa sino doblegarse a sus designios. La sabiduría de mi madre no fue conocida más que por un pequeño círculo, por eso solamente puedo hablar de ella en términos humanos, únicamente puedo relatar su “pequeña historia” que fue, sin duda, una historia de amor. 

Me gustaría hacerles conocer otra carta, pero ésta sí verdadera. Les anticipo que viene de Cluny. El abad le escribe a mi madre desde el lugar en el que mi padre permaneciera sus últimos tiempos y donde muriera a los sesenta y tres años. 

Corría el año de 1142 cuando mi madre recibe la carta. 


Después de saludarla con una fórmula de reconocimiento le cuenta los detalles que mi madre, angustiada, esperaba. 

Pedro el Venerable –tal era su nombre– conocía desde joven a mi madre y así le dice “Apenas había traspasado el umbral de la juventud [...] cuando oí hablar de ti y de tu reputación, no sólo por tu profesión religiosa, sino por tus virtuosos y meritorios estudios” [8] . “Harás miel, pero no sólo para ti misma. Puesto que de diferentes maneras has ido reuniendo el bien aquí y allá [...] habrás de escanciarlo para todas las hermanas en tu casa y para todas las demás mujeres” [9] . 

Recuerdo la desazón de mi madre cuando sus ojos recorrieron esas líneas, el dolor la carcomía y las lágrimas anticipadoras de la noticia se deslizaban por sus mejillas. Leyó el párrafo esperado: “Pero, aunque la providencia de Dios que dispensa todas las cosas, nos haya negado tu presencia, todavía seguimos siendo favorecidos con aquél que fue tuyo. Me refiero a aquél que, a menudo y siempre, se ha de llamar y ser honrado como el servidor y verdadero filósofo de Cristo, el Maestro Pedro, a quien en los últimos años de su vida esa misma Providencia nos trajo a Cluny. Y al hacerlo así ha enriquecido a esta abadía en su persona con un don más precioso que el oro y el topacio [...] nunca dejó pasar un momento sin rezar, leer, escribir o componer [...] En estas santas ocupaciones le salió al encuentro el Visitador de los Evangelios y lo encontró despierto [...] cuando le llegó el momento de pagar el común tributo de la humanidad, la enfermedad que sufría se agravó y rápidamente se produjo el desenlace final”[10] . 

El rostro de mi madre, desfigurado por el sufrimiento, se permitió una leve sonrisa de esperanza cuando llegó a las líneas finales, en las que se dibujaba, por debajo de la negra escritura, la promesa esperada, pues decía: “(murió) aquél [...] con quien después de tu unión en la carne, estás ahora unida por un mejor y más fuerte lazo del amor divino, [...] aquél que Dios abraza en su seno y te lo guarda para devolvértelo” [11] . 

En la espera de la devolución divina mi madre, como una novia más que como una viuda, vivió todo el tiempo que Dios le marcó, que fue tanto como el que vivió mi padre. Al final, ya traspasadas las fronteras de la vida terrena, los brazos de ambos se abrieron para recibirse y la eternidad los guardó bajo su manto. 

Sé que los amores de mis padres serán famosos, porque la ofrenda de amor de mi padre, los versos que le dedicó a quien tanto lo amara serán eternos, porque la música los ha llevado por todas las rutas y los hombres los nombran cuando le cantan a sus novias y las mujeres oyen sus rimas esperanzadas. La música será la que mantendrá vivos sus nombres y la historia, alguna vez, los rescataré del olvido al que el polvo de los años condena la pasajera existencia de los hombres, sus amores y sus odios. ¿Y saben, además por qué vivirán para siempre?, porque sintieron verdaderamente, se amaron con intensidad, con la alegría y el dolor del verdadero amor, con sus desgracias también. Perdurarán porque la anodina vida humana a veces se ilumina con el resplandor de lo distinto. De esa luz, ya no que no en ella, se alimentan los hombres en su gris cotidianeidad. Ése fue su mérito, su gloria y su tormento. 

Yo, Astrolabio, soy clérigo porque no podía sino seguir sus caminos. Mis pasos se hundirán en el abismo del tiempo pero seré, para siempre, el hijo de Abelardo y Eloísa. 


NOTAS: 
[1] “Historia calamitatum”. En: Cartas de Abelardo y Eloísa. Introducción, traducción y notas de Pedro R. Santidrián y Manuela Astruga. Madrid: Alianza,1993, p.38. (vuelve al texto) 
[2] Ibíd., p. 49. (vuelve al texto) 
[3] Ibíd., p. 50. (vuelve al texto) 
[4] Ibíd., p. 51. (vuelve al texto) 
[5] Ibíd., p. 51. (vuelve al texto) 
[6] Ibíd., p. 59. (vuelve al texto) 
[7] Ibíd., p. 60. (vuelve al texto) 
[8] Ibíd., “Carta de Pedro el Venerable a Eloísa”, p. 306. (vuelve al texto) 
[9] Ibíd., p. 309. (vuelve al texto) 
[10] Ibíd., p. 313. (vuelve al texto) 


Fuente:

http://www.portalplanetasedna.com.ar
http://www.hildegardadebingen.com.ar



sábado, 17 de agosto de 2013

¿Realmente son para siempre los tatuajes?




Quien decide tatuarse piensa que llevará una marca inalterable sobre la piel, pero en realidad las tintas se dispersarán con el tiempo y el dibujo original se acabará alterando. El profesor Ian Eames, del University College de Londres (Reino Unido), ha creado un modelo matemático que permite, por primera vez, simular los cambios que sufre un tatuaje a través de los años.



El tipo de piel, la edad, el tamaño del tatuaje, la exposición al sol y el tipo de tinta utilizado son los factores que determinan la forma en que el tatuaje se distorsionará con el tiempo?, explica Eames en declaraciones a la Agencia SINC.

Cuando el tatuador pincha la dermis con agujas para aplicar la tinta -una sustancia 'extraña' que proviene en muchos casos de metales pesados, como mercurio, plomo, cadmio, níquel, cinc y hierro -, el organismo genera una respuesta inmune que hace que los glóbulos blancos acudan a limpiarla. En este proceso se eliminan del cuerpo algunas de las partículas de la tinta; pero otras permanecen y quedan atrapadas en el tejido conjuntivo del organismo, formando parte del tatuaje. En el plazo de un mes, el nexo entre la epidermis y la dermis se habrá reformado y el dibujo quedará fijado para siempre en el cuerpo.

Sin embargo, no siempre conservará su aspecto original, ya que, con el transcurso del tiempo, las células que contienen la tinta mueren, se dividen o se desprenden del organismo, en un proceso inevitable que acabará alterando el dibujo. Eames ha creado el primer modelo teórico que integra los datos del movimiento de las partículas colorantes en las células cutáneas y que pronostica su evolución a largo plazo. Según los modelos matemáticos, los tatuajes de mayor tamaño y líneas más gruesas envejecen mejor que aquellos que son más pequeños y detallados, puesto que las líneas finas acaban desvaneciéndose antes -en unos diez años-.

Se estima que el 36% de los adolescentes estadounidenses de entre 18 y 25 años y hasta un 40% de los que tienen entre 26 y 40 años tienen alguna parte de su cuerpo marcada con tinta. También resulta común ver tatuajes en la piel de personajes famosos, como es el caso de Angelina Jolie, Rihanna, David Beckham o, incluso, la primera dama británica, Samantha Cameron.

Este es el proceso "natural", pero además hay que tener en cuenta que en la actualidad, esconder un tatuaje no es necesario, ya que el nuevo dispositivo Helios II permite borrar aquellos con los que, por una razón u otra, dejamos de identificarnos.
Este tratamiento cuenta con tecnología de láser multifraccionado y suma a sus óptimos resultados la ventaja de no dejar secuelas indeseables.

"Hay una gran concurrencia de pacientes, mujeres jóvenes en su mayoría, que desean eliminar un tatuaje", comentó Ricardo Hoogstra, jefe de Cirugía Plástica del Hospital "José M. Penna" de la ciudad de Buenos Aires y director de la Clínica de Estética Facial y Corporal, pionero en la introducción de la medicina láser estética en el país.

Hogstra afirmó que "aunque no siempre las pacientes comentan sus motivos en la consulta, algunas relatan que quieren hacerlo por motivos amorosos, ya que el tatuaje se hizo para demostrar compromiso con alguien y si ese compromiso ya no existe es un recuerdo constante, o tienen una nueva pareja y el tatuaje genera un conflicto".

"Pero también hay razones que se relacionan con el paso del tiempo, con cambios vitales. En la situación profesional o personal que vive hoy esta persona, un tatuaje hecho hace años le genera incomodidad o le resulta anacrónico y decide borrarlo, ahora que es posible de esta manera tan sencilla", explicó el especialista.

La cantidad de sesiones que se requieren para un resultado completo varían de acuerdo con el tatuaje, pero ya a partir de la primera sesión se notan cambios.

Helios II se basa en un láser de neodimio (Nd Yag) cuya longitud de onda ajustable permite que el especialista "elija" la coloración del pigmento a tratar.

El láser sólo actúa sobre ese cromóforo, y su energía divide esos depósitos de pigmento (manchas solares, melasmas, pecas, tatuajes) en miles de fragmentos que luego serán reabsorbidos por tejidos vecinos, o serán absorbidos por la capa córnea que se renueva constantemente.

"El efecto final se apreciará luego de varios días, ya que los depósitos de pigmento oscuro que han sido desintegrados por el láser, serán reabsorbidos por la piel o eliminados como células muertas", comentó Hoogstra.

Lo revolucionario de este sistema es su exclusivo mecanismo Q-switched, que divide el pulso en un tren de pulsos extremadamente rápidos que evitan que la piel aledaña sea afectada por la energía del láser, del mismo modo que se puede pasar la mano por sobre la llama sin quemarse si se lo hace muy rápidamente.

El resultado, señala el especialista, es que no hay edema, ni cicatrices, y por lo tanto no se requiere período de recuperación: "La persona puede reintegrarse inmediatamente a todas sus actividades después del tratamiento", aclara el Dr. Hoogstra.

El color del diseño que se desea borrar incide en el tipo de frecuencia láser que se usa en el tratamiento y solo los tatuajes blancos y color carne no deben ser tratados, porque esos colores con el láser se oscurecen de forma permanente.

Los tatuajes azul oscuro y negros son los que responden mejor al tratamiento Helios II mientras que los pigmentos amarillo, rojo y verde eran difíciles de remover, hoy en día con esta nueva tecnología láser se pueden retirar si producir daño de la piel circundante.

El tratamiento de tatuajes blancos y color carne debe ser evitado porque estos pueden cambiar a un color más oscuro, negro o gris inmediatamente después del tratamiento con láser Q-switched y ser imposibles de eliminar.

Cuando los tatuajes tienen varios colores, especialmente negro, rojo o verde, pueden emplearse diferentes longitudes de onda láser durante una sola visita para maximizar el grado de mejoría.

En estas situaciones el borde negro del tatuaje se suele tratar primero con luz infrarroja del láser Nd:Yag de 1064nm.


Luego se utiliza la luz verde del láser Nd: Yag de doble frecuencia de 532nm para tratar sólo las porciones rojas del tatuaje.




Fuente:
http://www.culturizando.com
http://www.lawebdeparana.com