martes, 3 de diciembre de 2013

Estamos hechos de pedazos, (extraído de un texto de C. Espino Angulo)



-Estamos hechos de pedazos.

Se hizo el silencio mientras daba un trago largo al vaso de vodka. Lo apoyó de nuevo en la barra, acunándolo con sus manos, como si quisiera calentarlas.

-Estamos hechos de pedazos, pero no, no me malinterpretes. No es que nos construyamos a nosotros mismos a base de pedazos, incorporando experiencias, acumulando ideas. No. Esos pedazos son los menos importantes.

El camarero seguía secando vasos, a punto de cerrar, y su mirada vagaba entre la tele sin sonido y el reloj de la entrada.

-Los pedazos importantes, los que nos hacen ser como somos, son los que la vida nos va arrancando. Como si nos tallara.

Acabó su bebida y con un gesto pidió la cuenta, provocando en el camarero un audible suspiro de alivio.

-Los cambios de casa, de barrio y de trabajo. Los amigos que perdemos. La gente que queremos y que un día ya no está. Los amores que rompemos o se rompen. Los sueños que se cumplen y dejan de ser sueños. Los sueños que un día descubrimos que nunca van a ser.

Rebuscaba en la ajada cartera de manera torpe y obsesiva, mientras seguía musitando.

-Son pedazos que van quedando atrás, dejando huecos. Huecos que casi siempre es estúpido tratar de llenar, porque esos huecos nos dibujan.

Dejó caer las monedas sobre la barra. En el silencio del bar vacío, el golpe del metal sobre la barra parecía prolongarse en un extraño eco.

-Son esos huecos, además, el lugar en que sentimos las ausencias que nos definen, el lugar en el que se asientan las memorias, los recuerdos que nos dicen quienes fuimos y, por tanto, quienes somos.

Enfundó sus brazos desgarbados en la chaqueta arrugada y se bajó del taburete, cuidadoso, con movimientos lentos y de una extraña precisión, con el equilibrio ostentoso del alcohol.

-Estamos hechos de pedazos perdidos.

Salió tras dar las buenas noches al camarero. Caminaba bajo la lluvia suave nimbado por el humo del cigarrillo.





Soluciones...

...a los ejercicios mentales de ayer


Marchando una paella. 

El lunes se sirvieron 120 raciones de paella. Restamos al total de los cinco días las servidas entre martes y miércoles y entre jueves y viernes (851-528-203= 120).


Un cristal bien limpio. 

Los dos jóvenes utilizan el mismo truco. Al darles la moneda de cien pesetas, lanzan un duro al suelo del coche haciendo ver que se les ha caído. En realidad, en el suelo del coche hay dos monedas de cinco pesetas.


Cumpleaños en el zoo. 

Maxi tiene 54 y Mini 27. 27= 41-14 es la diferencia de edad entre los dos.


Una de romanos. 

49 años. No existe el año cero.


Sumando sumandos.

Hay que sumarle diez a cada cantidad.


Difícil apuesta. 

Es mejor no aceptar la apuesta: resulta totalmente imposible obtener un resultado total de 1 ya que hay dos dados y el resultado mínimo es dos.


Hotel ‘El buen despertar’.

En total hay 290 huéspedes. 290-20=270. Dos tercios son 180 personas. Si 90 toman 2 huevos fritos (180 huevos) y 90 toman un huevo (90). Total 270 huevos.


El autobús.

La tuya. Tú conduces el autobús.


Ha sido ése.

Se ha chivado el de la mesa 1. En la calculadora, se puede leer del revés: "ÉL BEBE"


lunes, 2 de diciembre de 2013

El libro de los abrazos, Eduardo Galeano




Antaño, don Verídico sembró casas y gentes en tormo al boliche El Resorte para que el boliche no se quedara solo. Este sucedido sucedió, dicen que dicen en el pueblo por él nacido.

Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.

Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.

Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.

Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto el ataque de las ganzúas.

Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. Eran las cartas de amor que el viejito había recibido todo a lo largo de su larga vida.

Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente decidieron devolverlas. Y de a una. Una porsemana.

Desde entonces, al mediodía de cada lunes, el viejito se sentaba en la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr. El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano. Y hasta san Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de la alegría de recibir palabras de mujer.


Ejercicios para mantener la mente en forma

¿Quieres mantener tu mente en forma?
Hoy te propongo estos "acertijos"...¿te animas a resolverlos?

















Marchando una paella

El cangrejo feliz, famoso restaurante costero, ha vendido un total de 851 raciones de paella en cinco días. Entre el lunes y el martes sirvió 442. Entre el martes y el miércoles, 528. Entre el miércoles y el jueves, 284 raciones y entre el jueves y el viernes, 203. El jefe de cocina está algo desconcertado y le gustaría saber exactamente cuántas raciones de paella se sirvieron el lunes. Promete ofrecer un suculento plato a quien se lo diga. ¿Eres capaz de averiguarlo?


Un cristal bien limpio (basado en un hecho real)

Paro mi coche en un semáforo y un joven se acerca a limpiarme el cristal. Al terminar le doy veinte duros, pero se le caen dentro del coche. Amable y solícito, vuelvo a meter la mano en el bolsillo y le entrego otras cien pesetas. Para mi sorpresa, otro joven se acerca y seca el cristal. A él también le doy veinte duros, pero con las prisas –el semáforo se pone en verde– la moneda cae de su mano al interior de mi vehículo. Saco otra del bolsillo, se la entrego y me voy corriendo. ¿Cómo es posible que al final, entre los dos jóvenes, hayan ganado 390 pesetas?


Cumpleaños en el zoo

Las tortugas Maxi y mini son madre e hijo respectivamente y cumplen años a la vez. Ahora Maxi tiene el doble de la edad de Mini, pero cuando Mini tenía catorce años Maxi contaba con 41. ¿Cuántos años cumple cada una de las tortugas en el día de hoy?


Una de romanos

Cayo Claudio es un romano nacido en el año 25 a. de c. Si celebramos su cumpleaños en el 25 d. de c, ¿puedes averiguar cuántos años cumple?


Sumando sumandos

Por mucho que las sumemos, estas cantidades no terminan de coincidir con la solución. El matemático nos dice que añadiendo un mismo número a las cuatro cifras el resultado cuadrará con la adición. ¿Que número tenemos que sumar a los diferentes sumandos para que el resultado sea correcto?


Hermosito en la báscula

Hermosito es el nombre de un toro bravo, bragado y corniveleto criado en tierras de Salamanca. Dentro de tres días pesará 210 kilos más de la mitad de su peso de dentro de tres días. ¿Cuál será su peso?


Difícil apuesta

Lanzo los dados y obtengo un resultado de 12. Vuelvo a lanzar y obtengo un 10, un 7, un 8… Un amigo me propone una apuesta: si consigo obtener en menos de 500 tiradas un resultado de 4, en menos de 600 un resultado de 1 y en menos de mil otro de 7, me deja su coche tres meses. Si no lo consigo le regalo mi colección de libros. ¿Debería realizar la apuesta?


Hotel ‘El buen despertar’

El hotel El Buen Despertar está completo. Todos los huéspedes han decidido desayunar en él menos veinte que han salido muy temprano. De los que se han quedado, dos terceras partes han tomado huevo frito para desayunar. La mitad ha optado por dos huevos fritos con tocino y la otra mitad ha tomado sólo un huevo con patatas y zumo. Al final se han servido 270 huevos. ¿Cuántos huéspedes hay alojados?


El autobús

Conduces un autobús que va de Huelva a Almería con 30 pasajeros, cuya media de edad es de 47 años. En la primera parada bajan 20 y suben 3; la media de edad baja a 41 años. En la segunda parada bajan 5 personas y suben 8; la media de edad es ahora de 39 años. Suponiendo una velocidad constante de 70 km/hora y que no viajan más de 5 niños, ¿qué edad tiene el conductor?


Ha sido ése

A Álvaro le han echado una reprimenda en la empresa de contabilidad donde trabaja. Sospecha que ha sido porque alguno de sus compañeros se ha chivado, pero no tiene pruebas, ya que ninguno de ellos ha hablado y la bronca ha sido justo después de que su jefe pasara por las mesas mirando las calculadoras. ¿De qué y cómo se han chivado? ¿Quién ha sido?


domingo, 1 de diciembre de 2013

Acuérdate de mi, José Ángel Buesa



Cuando vengan las sombras del olvido
a borrar de mi alma el sentimiento,
no dejes, por Dios, borrar el nido
donde siempre durmió mi pensamiento.

Si sabes que mi amor jamás olvida
que no puedo vivir lejos de ti
dime que en el sendero de la vida
alguna vez te acordarás de mí.

Cuando al pasar inclines la cabeza
y yo no pueda recoger tu llanto,
en esa soledad de la tristeza
te acordarás de aquel que te amó tanto.

No podrás olvidar que te he adorado
con ciego y delirante frenesí
y en las confusas sombras del pasado,
luz de mis ojos, te acordarás de mí.

El tiempo corre con denso vuelo
ya se va adelantando entre los dos
no me olvides jamás. ¡Dame un recuerdo!
y no me digas para siempre adiós.







Poema sobrecogido, Extremoduro

Quise mirar,

y entré dentro de mi interior

y entonces me di cuenta

de que hay alguien más

metido en esta habitación,

y escucho lo que piensa.


Hay, en el vacío,

un reflejo mío,

que me habla de otras cosas

de un ambiguo rosa y de sentir

que me habla desde dentro

y me dice que voy lento y corrí


Y de este desvarío

sé que ha anochecido


Si se va

mi cuerpo se evapora y pierde solidez

y flota en el vacío de la soledad

y mi mente no sabe adonde se va a agarrar,

si estoy loco perdío


Al respirar

el aire entra y luego se va

y ya no es nada mío

pero algo cambió en mi manera de pensar

y ya no soy el mismo


Sueño con que me dé

salgo y no hay nada


Y veo que algo me crece y ya no me apetece mirar

a tiempo pasado pues no tengo pensado regresar ...



La elegancia del erizo, Muriel Barbery



Por lo general, por las mañanas siempre saco un ratito para escuchar música en mi cuarto. la música desempeña una función muy importante en mi vida. Es lo que me permite soportar… pues… todo lo que hay que soportar: mi hermana, mi madre, el colegio, Achille Grand-Fernet, etc. La música no es sólo un placer para el oído como la gastronomía lo es para el paladar, o la pintura, para los ojos. SI pongo música por la mañana tampoco es que la razón sea muy original: lo hago porque determina el tono del día. Es muy sencillo y, a la vez, muy complicado de explicar: creo que podemos elegir nuestros estados de ánimo porque poseemos una conciencia con varios estratos y tenemos la manera de acceder a ellos. Por ejemplo, para escribir una idea profunda, tengo que ponerme a mí misma en un estrato muy especial, si no, no me vienen las ideas y las palabras a la cabeza. Tengo que olvidarme de mí misma y a la vez estar superconcentrada. Pero no es una cuestión de «voluntad», es un mecanismo que se puede accionar o no, como rascarse la nariz o hacer una voltereta para atrás. Y para accionar el mecanismo, no hay nada mejor que un poquito de música. Por ejemplo, para relajarme, pongo algo que me haga alcanzar como un estado de ánimo distanciado en el que las cosas no me llegan de verdad, las miro como quien ve una película: un estado de conciencia «desapegado». En general, para ese estrato escucho jazz o, más eficaz a largo plazo aunque tarden más en notarse los efectos, Dire Straits (viva el mp3). Esta mañana pues he escuchado a Glenn Miller antes de salir para el colegio. Se diría que no lo he escuchado durante el tiempo suficiente. Cuando se ha producido el incidente, he perdido todo mi desapego. Ha sido en clase de lengua, con la señora Magra (que es un antónimo con patas de tantos michelines como tiene). Además, se viste de rosa. Me encanta el rosa, pienso que es un color injustamente tratado, se suele atribuir a los bebés o a las mujeres que se maquillan como puertas, cuando el rosa es un color muy sutil y delicado, que tiene mucha presencia en la poesía japonesa. Pero el rosa y la señora Magra es un poco como el tocino y la velocidad. Bueno, total, que esta mañana tenía clase de lengua con ella. Ya de por sí es un rollazo. La lengua con la señora Magra se resume a una larga serie de ejercicios técnicos, poco importa si hacemos gramática o comentario de texto. Con ella, parece que un texto se ha escrito para que se puedan identificar los personajes, el narrador, los lugares, las peripecias, los tiempos de la narración, etc. Creo que no se le ha pasado jamás por la cabeza que, ante todo, un texto se escribe para ser leído y para provocar emociones en el lector. Para que os hagáis una idea, nunca nos ha preguntado: «¿Os ha gustado este texto/este libro?». Sin embargo es ésta la única pregunta que podría dar sentido al estudio de los puntos de vista narrativos o de la construcción de la trama… Por no hablar del hecho de que, en mi opinión, los alumnos de nuestra edad tenemos un espíritu más abierto a la literatura que los de bachillerato o los estudiantes universitarios. Me explico: a nuestra edad, por poco que se nos hable de algo con pasión tocando las cuerdas adecuadas (las del amor, la rebelión, la sed de novedades, etc.), es muy fácil captar nuestro interés. Nuestro profesor de historia, el señor Lermit, supo apasionarnos en sólo dos clases enseñándonos fotos de gente a la que se había cortado una mano o los labios, en aplicación de la ley coránica, porque habían robado o fumado. Sin embargo, no lo hizo en plan peli gore. Era sobrecogedor, y todos escuchamos con atención la clase siguiente, que ponía en guardia contra la locura de los hombres, y no específicamente contra el islam. Entonces, si la señora Magra se hubiera tomado la molestia de leernos con la entonación adecuada algunos versos de Racine («Y que el día amanezca y que el día agonice/sin que que ya nunca pueda ver Tito a Berenice»), habría visto que el adolescente típico está maduro para abordar la tragedia amorosa. Una vez en el instituto, las cosas se ponen más difíciles: la edad adulta asoma ya la cabeza, empiezan a intuirse las costumbres de los mayores, uno se pregunta qué papel y qué lugar heredará en la obra y, además, se ha estropeado ya algo, la pecera está a la vuelta de la esquina. Entonces, cuando esta mañana, añadiéndose al rollazo habitual de una clase de literatura sin literatura y de una clase de lengua sin inteligencia de la lengua, he experimentado un sentimiento extraño, inclasificable, no he podido contenerme. La profesora estaba tratando el epíteto, con el pretexto de que en nuestras redacciones brillaba por su ausencia «cuando deberíais ser capaces de emplearlo desde tercero de primaria». «Alumnos tan incompetentes en gramática como vosotros, desde luego, es como pa’ pegarse un tiro», ha añadido luego, mirando especialmente a Achille Grand-Fernet. No me cae bien Achille pero tengo que decir que estaba de acuerdo con la pregunta que le ha hecho a la profesora. Creo que se imponía algo así. Además, que una profesora de letras diga pa’ en lugar de «para», a mí me choca, qué queréis que os diga.



Es como si un barrendero se dejara sin recoger del suelo las bolas de pelusa de polen. «Pero la gramática, ¿para qué sirve?», le ha preguntado Achille. «Deberías saberlo», le ha contestado doña Me-pagan-para-que-os-lo-enseñe. «Pues no», ha replicado Achille con sinceridad, por una vez, «nadie se ha tomado nunca la molestia de explicárnoslo». La profesora ha dejado escapar un largo suspiro, en plan «encima tengo que tragarme estas preguntas estúpidas», y ha respondido: «Sirve para hablar bien y escribir bien».Entonces, he creído que me iba a dar un infarto. Nunca había oído tamaña ineptitud. Y con esto no quiero decir que no sea verdad, digo que es una ineptitud como una casa. Decir a unos adolescentes que ya saben leer y escribir que la gramática sirve para eso, es como decirle a alguien que se tiene que leer una historia de los cuartos de baño a través de los siglos para saber bien hacer pis y caca. ¡No tiene sentido! Si todavía nos hubiera demostrado, con ejemplos, que hay que saber ciertas cosas sobre la lengua para utilizarla bien, entonces bueno, por qué no, puede ser una base para empezar. Por ejemplo, que saber conjugar un verbo en todos los tiempos te evita cometer errores gordos que te avergüenzan delante de todo el mundo en una cena mundana («Hubiera veído esa película que comentáis, si no me habrían aconsejado antes que no lo haciese»). O que, para escribir como es debido una invitación para unirse a una pequeña orgía en el castillo de Versalles, conocer las reglas de concordancia entre sujeto y verbo puede resultar muy útil. De esta manera uno se ahorra torpezas como ésta: «Querido amigo, si esa gente que usted y yo conocemos quisieran venir a Versalles esta noche, me complacería mucho recibirlas. La marquesa de Grand-Fernet». Pero si la señora Magra se cree que la gramática sólo sirve para eso… De niños hemos sabido conjugar un verbo antes de saber siquiera que se trataba de un verbo. Y, si bien el saber puede ayudar, no creo sin embargo que sea algo decisivo. Yo en cambio creo que la gramática es una vía de acceso a la belleza. Cuando hablas, lees o escribes, sabes muy bien si has hecho una frase bonita, o si estás leyendo una. Eres capaz de reconocer una expresión elegante o un buen estilo. Pero cuando se estudia gramática, se accede a otra dimensión de la belleza de la lengua. Hacer gramática es observar las entrañas de la lengua, ver cómo está hecha por dentro, verla desnuda, por así decirlo. Y eso es lo maravilloso, porque te dices: «Pero ¡qué bonita es por dentro, qué bien formada!», «!Qué sólida, qué ingeniosa, qué rica, qué sutil!». Para mí, sólo saber que hay varias naturalezas de palabras y que hay que conocerlas para poder utilizarlas y para estar al tanto de sus posibles compatibilidades, hace que me sienta como en éxtasis. Me parece, por ejemplo, que no hay nada más bello que la idea básica de la lengua, a saber: que hay nombres y verbos. Sabiendo esto, es como si ya te hubieran enunciado la esencia de todo. Es maravilloso, ¿no? Hay nombres, verbos… Para acceder a toda esta belleza de la lengua que la gramática desvela, ¿quizá también haya que ponerse en un estado de conciencia especial? A mí me da la sensación de que puedo hacerlo sin esfuerzo. Creo que fue cuando tenía dos años, al oír hablar a los adultos, cuando comprendí, esa vez y ya para siempre, cómo está hecha la lengua. Las lecciones de gramática para mí siempre han sido meras síntesis a posteriori o, como mucho, precisiones terminológicas. ¿Se puede enseñar a los niños a hablar bien y a escribir bien estudiando gramática si no han tenido esa iluminación que tuve yo? Misterio. Mientras tanto, todas las señoras Magra de la Tierra harían mejor en preguntarse qué música tienen que poner a los alumnos para que puedan entrar en trance gramatical. Así que le he dicho a la profesora: «Pero ¡qué va, eso es totalmente reductor!». Se ha hecho un gran silencio en la clase porque normalmente yo no suelo abrir la boca y porque le había llevado la contraria a la profesora. Me ha mirado sorprendida y luego ha puesto mala cara, como todos los profes cuando notan que las cosas se complican y que su clasecita facilita sobre el epíteto bien podría convertirse en tribunal de sus métodos pedagógicos. «¿Y qué sabrás tú de esto, señorita Josse?», me ha preguntado con todo acerbo. Todo el mundo contenía la respiración. Cuando la primera de la clase no está contenta, es malo para el cuerpo docente, sobre todo cuando se trata de un cuerpo tan gordo, así que esta mañana teníamos película de suspense y número de circo, programa doble por el mismo precio: todo el mundo aguardaba para ver el resultado del combate, con la esperanza de que sería sangriento. «Pues bien, habiendo leído a Jakobson, se antoja evidente que la gramática es un fin y no sólo un objetivo: es un acceso a la estructura y al a belleza de la lengua, y no sólo un chisme que sirve para manejarse en sociedad». «¡Un chisme!», ha repetido la profesora con los ojos exorbitados. «¡Para la señorita Josse, la gramática es un chisme!» Si hubiera escuchado bien mi frase, habría comprendido que, justamente, para mí la gramática no es un chisme. Pero creo que la referencia a Jakobson le ha hecho perder los papeles por completo, sin contar que todo el mundo se reía, incluso Cannelle Martin, sin comprender nada de lo que yo había dicho pero sintiendo que una nubecita negra planeaba sobre la foca de la profesora de lengua. Por supuesto, como os podréis imaginar, nunca he leído nada de Jakobson. Por muy superdotada que sea, prefiero los cómics o la literatura. Pero una amiga de mamá (que es profesora de universidad) hablaba ayer de Jakobson (mientras charlaban, a las cinco de la tarde, ventilándose una botella de vino tinto y un buen pedazo de queso camembert). Y de repente esta mañana se me ha venido a la cabeza. En ese momento, al ver que la jauría de perros enseñaba ya los colmillos, he sentido compasión. Compasión por la señora Magra. Además no me gustan los linchamientos. Nunca honran a nadie. Por no hablar ya del hecho de que no me apetece en absoluto que alguien venga a hurgar en mi conocimiento de Jakobson y empiece a sospechar sobre la realidad de mi cociente intelectual. Por eso he dado marcha atrás y me he callado. Me he tenido que quedar dos horas más en el colegio castigada, y la señora Magra ha salvado su pellejo de profesora. Pero al marcharme de clase, he sentido que sus ojillos inquietos me seguían hasta la puerta. Y, camino de mi casa, me he dicho: desdichados los pobres de espíritu que no conocen ni el trance ni la belleza de la lengua.




Qué es el Kokigami



El kokigami es un juego erótico de origen japonés, que consiste en envolver el pene con un disfraz de papel para sorprender a la pareja. Proviene de las palabras koki: pañuelo que llevan los actores nipones alrededor de la cintura cubriendo la zona genital; y gamia: que significa papel.

Este curioso divertimento de alcoba era practicado por la aristocracia japonesa en el siglo VII. Durante las noches de pasión, el esposo se envolvía el miembro con pañuelos de seda y cinta formando curiosos diseños. Luego este “paquete” erótico era ofrecido a la amante que lo desenvolvía sensualmente.

Con el paso de los siglos, las telas fueron sustituidas por figuras confeccionadas con papel de seda, y en vez de formas creadas por el hombre se hacen figuras específicas, similares a un origami, pero con una finalidad bastante distinta. Una divertida experiencia con un toque de erotismo y bastante historia.


Cómo un maestro de escuela descifró la escritura cuneiforme gracias a una apuesta



Si observamos la fotografía podemos comprobar que no resulta fácil de entender. Como descubriréis en la historia que os narro en el texto ubicado bajo esta galería, a nuestro maestro alemán le costó bastante poco aplicar la Navaja de Ockham y desencriptar el código de los antiguos reyes persas.

Se llama escritura cuneiforme porque, como podéis ver, los caracteres tienen forma de cuña.





Esta es la historia de cómo un hombre tranquilo, moderado y libre de extravagancias se marcó el órdago de su vida en un bar tras tomarse un par de copas de más. Friedrich Grotefend nació en la ruta de los cuentos de hadas, Münden (Alemania), en el verano de 1775. Se preparó para la enseñanza y después, siguiendo la estela del 'polvo de hadas', estudió Filología en la ciudad donde trabajaron los Hermanos Grimm, Gotinga. En 1797, ya era un joven maestro auxiliar en una escuela comunal. Cuatro años después, uno antes de convertirse en rector de un instituto, tuvo lugar un momento tan absolutamente banal y poco científico como es una noche de juerga, que llevaría a Grotefend, nada menos, que a descubrir la escritura cuneiforme: una de las formas más antiguas de expresión escrita.

Fue en una tasca alemana, entre olor de salchichas recién hechas y tragos de cerveza, donde tuvo lugar el comienzo de "una de las obras maestras del cerebro humano" (C.W. Ceram). Con un par de jarras de más y la consecuente exaltación de la amistad entre hombres que acaban la noche pronunciando la manida frase: "¿A qué no hay hue... de descifrar las tablillas persepolitanas que llevan un tiempo rodando por ahí?". Vale, nuestras apuestas del sábado noche no llegan a tanto, pero ahora no es el momento de avergonzarnos por ello.

A Grotefend se le fue un poco de las manos y de la forma más absurda y con una resaca memorable, se encontró a la mañana siguiente comprometido a encontrar la clave para descifrar la escritura de los grandes reyes persas. Si lo definimos como absurdo, es porque con lo único que contaba el pobre maestro eran algunas malas y manoseadas copias de inscripciones persepolitanas. A pesar de ello, enfrentó el reto con la osadía y la inocencia necesarias para hacer el gran hallazgo.

"Es imposible" dijeron los sabios. "No lo es" dijo Grotefend

Los mejores expertos de la época habían tirado la toalla, considerando imposible descifrar aquellos extraños y misteriosos símbolos. Eso no frenó a nuestro valiente alemán, que a estilo de nuestro moderno Don Quijote, fulminó a los sabios pesimistas como si fuesen molinos de viento. Hasta entonces (s. XVIII), algunos como el famoso orientalista Tomas Hyde describían las tablillas, encontradas en su mayoría en la vieja Persépolis, como "adornos en piedra" y ni mucho menos como escritura. Sería el primero en llevarse un 'guantazo sin manos' por parte de nuestro amigo alemán.

La gran mayoría de tablillas aparecidas en el s. XVIII, antes de las excavaciones de Botta, pertenecían a los restos de la residencia de Darío y Jerjes, dueños del gran palacio que, según Clitarco, salió ardiendo gracias a la imprudencia de Alejandro Magno y una bailarina durante una bacanal. Sería Karsten Niebuhr, un hombre intrépido al servicio de Federico V de Dinamarca, quien hallaría aquellas extrañas placas hurgando en las ruinas y le daría un punto de partida al maestro de escuela. 

Estudiando las inscripciones de Persépolis, Grotefend se percató que éstas revelaban características de lo más diversas. Por suerte, el alemán se había estudiado bien a los autores griegos y conocía la historia de los antiguos persas y los reyes de la Persépolis. Según lo que él sabía, Ciro II el Grande venció a los babilonios y fundó el primer gran Imperio persa sobre el año 540 a.C. De este hecho, dedujo que lo más probable es que una de las tres lenguas estuviese escrita en la lengua de los conquistadores. Aunque fue otra cuestión, que a todos los que habían visto los símbolos intrigaba, la que acabaría por ser una de las piezas para resolver el puzzle:¿Por qué se repetían con tanta frecuencia en la mayoría de tablillas un grupo de signos?

La escritura cuneiforme, descifrada por la Navaja de Ockham

Imaginaos que mañana nos quedamos sin ordenadores, máquinas de escribir, impresoras de ninguna clase, rotativas, smartphones o tabletas. Con los momentos que vivimos, estaréis conmigo que no os pido mucha imaginación. Nuestros gobernantes se ven en la obligación de esculpir las cuentas y los asuntos de estado en tablillas de arcilla con un punzón de caña que tiene punta con forma de cuña. Tablillas que año tras año se vuelven a fundir para empezar un año fiscal nuevo (paro aquí que no quiero dar ideas a nuestros pícaros políticos). Evidentemente, por cuestión de espacio, las palabras se acabarían sustituyendo por símbolos que ayudasen a comprender el contenido. 

Tratándose de un contenido institucional, lo más probable es que el nombre del presidente del Gobierno apareciese con frecuencia con este símbolo (sah) que nuestras generaciones venideras acabarían identificando con el gobernante del país en nuestra época histórica.

Así fue como, mediante una sencillez aplastante, nuestro amigo alemán comenzó a descifrar el misterioso texto. Sospechó que, al igual que el 'descanse el paz' es un clásico en las tumbas occidentales que ha trascendido hasta nuestros días, las inscripciones encontradas en los monumentos persas más antiguos también podían seguir esa constante que ya tenía anotada en su cuaderno: "X, gran rey, rey de reyes, reyes de A y B, hijo de Y, gran rey, rey de reyes...". Ahora sólo quedaba empaparse de la historia y despejar la X y el resto de incógnitas jugando al 'quién es quién'. De esta forma, X era Darío I (padre), Z era Histaspes (abuelo, que no fue rey) e Y era Jerjes (el nieto).

Según palabras del propio Grotefend, "Si en la serie de los más famosos reyes persas logro hallar un grupo de generaciones que coincida con este esquema tendré la prueba evidente de que mi teoría es acertada, y habré descifrado las primeras palabras de la escritura cuneiforme".

Y lo hizo. Partiendo de los textos de Heródoto, identificó a uno de los abuelos de Darío y a varios famosillos más de la época, lo que le permitió 'comprar' doce letras de una de las formas más antiguas de escritura de la historia para dar sentido a aquellas misteriosas inscripciones. 

A pesar de haber resuelto uno de los enigmas más apasionantes de la escritura, no solo pasó desapercibido en vida, sino que la historia le ha tratado bastante mal. Mientras Champollion, que veinte años después descifró los jeroglíficos con la facilidad y la ventaja de partir de una lápida en tres idiomas (Piedra de Rosetta), se cubrió de gloria, nuestro maestro alemán apenas es mencionado como autor indiscutible de este mérito. No solo eso: sus hallazgos no fueron reconocidos por el mundo científico mientras estuvo vivo. Lo que vinieron tras él 'solo' serían correcciones a lo ya descubierto por Grotefend, como es el caso de las de Burnouf y Lassen.

Según narra C.W. Ceram en Dioses, Tumbas y Sabios, "no se le cita, e incluso algunos diccionarios de nuestra época no lo mencionan, o hacen sólo una breve alusión en algunas bibliografías. Y sin embargo, únicamente a él le corresponde prioridad en este descubrimiento decisivo. cuya importancia histórica sólo se reveló con las magníficas excavaciones del país de los dos ríos".
¿Por qué tanto interés en unas tablillas de arcilla?

Como suele pasar muchas veces en la ciencia, desde que se descubre algo hasta que se le encuentra una aplicación útil puede pasar bastante tiempo. Algo parecido ocurrió con la escritura cuneiforme. Si bien se poseían algunas tablillas, un par de copias mal hechas de éstas y algunos textos de Heródoto y de algún otro entusiasta como el viajero italiano Pietro della Valle,no sería hasta que Botta y Layard clavaron su pico y hallaran el palacio de Sargón o la importante ciudad de Nínive (la Roma asiria), cuando se le encontró su verdadera y fascinante utilidad.

Grotefend ayudó no solo a desencriptar una de las formas más antiguas de expresión escrita, sino que el día que se encontró la biblioteca de Asurbanipal con más de 20.000 volúmenes de placas de arcilla, el trabajo estaba 'casi hecho', permitiendo conocer de forma más profunda cómo vivía y se relacionaba esta misteriosa civilización que, aún hoy, no deja de sorprendernos.


Fuente:
http://www.quo.es




¿Por qué las lunas no tiene lunas?




Los astrónomos afirman casi con certeza que no hay lunas en las lunas de nuestro sistema solar. Pero ello no significa que sea físicamente imposible. Después de todo, la NASA ha lanzado con éxito naves espaciales en la órbita de nuestra luna, que arrojan luz sobre el funcionamiento de las leyes físicas.

Pero sigue pareciéndonos improbable. Aunque los astrónomos han localizado algunos asteroides con lunas, la presencia de un planeta padre dotado de una fuerte carga gravitatoria haría muy difícil que la luna pudiera controlar un satélite propio, asegura el astrónomo Seth Shostak. "Debería existir un amplio espacio entre la luna y su planeta", continúa. Orbitando lejos de este, la luna quizá podría soportar un satélite propio.

Fuera del alcance de la vista

Unas condiciones parecidas podrían darse en sistemas solares alejados del nuestro, pero mientras que se han detectado cientos de exoplanetas (es decir, alejados de nuestro sistema solar), van a transcurrir décadas hasta que puedan detectarse exolunas, y mucho menos lunas de exolunas. Nuestros actuales métodos de detección de planetas, como el de aprovechar el paso de uno de ellos por la trayectoria de una estrella, nos permiten divisar enormes planetas del tamaño de Júpiter, o planetas rocosos del tamaño de la Tierra, pero no sus lunas.

Incluso aunque los astrónomos consiguieren detectar una luna con su correspondiente satélite, probablemente no duraría mucho. "La fuerza de las mareas del planeta tenderían a desestabilizar la órbita de la segunda luna, lanzándola fuera de ella", afirma Webster Cash, profesor de la Universidad de Colorado. Una segunda luna es un fenómeno efímero.


Fuente:
http://www.quo.es



jueves, 28 de noviembre de 2013

Canción III, José Ángel Buesa



Solo bajo los astros, te digo que estoy triste,

en la profunda noche de raíces de fuego.

Aquí, en un agua turbia que me agranda los ojos,
con el dolor creciente de la sed de tu beso.

Isla de locos pájaros más allá de la sombra,
y nieblas de remotas latitudes de hielo;
y el corazón que asciende golpeándome las venas,
en el horror sin nombre de saber que te quiero.

Sí. En la noche inclemente, solo bajo los astros,
oigo oscuras campanas en el fondo del viento,
y el rumor de los árboles recorre los caminos,
y me quema los labios la sed de tu recuerdo.

Te digo que estoy triste porque no estás conmigo,
pero la noche sabe, cuántas veces ya he muerto.





Loco, Romeo Santos & Enrique Iglesias

Te pido de rodillas
Luna no te vayas
Alúmbrale la noche
A ese corazón
Desilusionado, a veces maltratado

No te perdonaré
Si me dejas solo
Con los sentimientos
Que pasan como el aliento
Lo revuelven todo
Y me vuelven loco

Un loco
Por besar tus labios
Sin que quede nada por dentro de mí
Pidiéndotelo todo

Y yo
No te perdonaré
Si me dejas por dentro con ese dolor
No te perdonaré
Si me vuelves loco (si me vuelves loco)

Ay, ay, ay, ay, ay, ay
Ay, ay, ay, ay, ay, ay

Te pido de rodillas (uno y mil perdones)
Que al llegar la aurora (no me digas adiós)
No dejes ir el llanto (de tantas canciones)
De una luna rota (hubo una guitarra)
Por tantas promesas (que se van volando)
Que me vuelven loco

El calor del mundo, Claudia Masin





En esa vida tranquila y suspendida donde solo había dos destinos posibles, la lectura o el sueño, yo elegí la lectura. Y conocí el amor al riesgo, un amor que me desprendería para siempre de mi tierra natal. Es que son peligrosos los libros que se leen bajo la sombra hechizada de la siesta, multiplican su encanto, su capacidad de arrastrarte a otra vida. A una vida donde las cosas que se han deseado mucho, fatalmente suceden.




BiblioTech, la primera biblioteca pública digital





Más de quinientos años después de que la imprenta permitiera la proliferación de las bibliotecas públicas, el mundo del libro pasa por una nueva revolución, de tinta digital y pantallas táctiles, que desafía los pilares que sustentan el tradicional préstamo de obras. 

Hoy en día, vemos que la tecnología cada vez se va integrando más en nuestras vidas, así que no debería llamarnos la atención si dentro de poco las bibliotecas sin libros físicos comienzan a ponerse de moda. Estamos hablando, obviamente, sobre bibliotecas de libros electrónicos, más conocidos como e-books.











En la ciudad de San Antonio, ubicada en el estado de Texas, acaba de abrir sus puertas la primera biblioteca pública digital del mundo, BiblioTech. Nelson Wolff es la persona detrás de este gran proyecto, y la ironía es que él en realidad es un coleccionista de primeras ediciones de libros impresos.

Según Wolff, el proyecto BiblioTech ha tenido un costo de $2,4 millones de dólares, aunque el mantenimiento es menos costoso que el de las bibliotecas tradicionales, ya que se requiere menos personal y también menos espacio, debido a que cientos de libros pueden caber perfectamente dentro de una computadora.

La denominada BiblioTech, otorga acceso a unos 10 mil títulos digitalizados, que pueden ser consultados dentro de la biblioteca en terminales de computadora y en tabletas o llevados a casa en tarjetas de memoria.

Los libros también pueden ser accesados a distancia través de internet, por los usuarios registrados que cuenten con un teléfono inteligente, una tableta o computadora personal.


Funcionarios del condado de Bexar informaron que la BiblioTech ha sido dotada de unos 600 lectores electrónicos, 200 de ellos precargados con libros para niños. Además cuenta con 48 computadoras de escritorio, 10 computadoras móviles y 40 tabletas.

La misión es proporcionar a los residentes delcondado de Bexar la oportunidad de acceder a la tecnología y su aplicación a efecto de mejorar la educación, la alfabetización y la promoción de la lectura como recreación, indicaron los funcionarios del condado en un comunicado.

Aun cuando muchas bibliotecas públicas en Estados Unidos ofrecen ya libros electrónicos (e-books), la BiblioTech es la primera en este país en ofrecer solo libros en formato digital.

Sin embargo, entre el 10 y el 20 por ciento de las bibliotecas del país, podrían estar completamente en formato digital en los próximos 10 años.

Las autoridades del condado de Bexar planean también crear sitios adicionales o salas de lectura en diversos lugares del condado, para extender los alcances de la BiblioTech.

Quienes visiten la biblioteca podrán hacer uso también de e-readers y si llevamos niños podremos dejarlos en un sector diseñado para ellos. Hasta ahora, el único problema de BiblioTech es que no hay muchos títulos populares disponibles, debido a que las editoriales cobran demasiado por los libros electrónicos.

El gran temor de Wolff parece ser que su idea puede haberse materializado antes de lo debido.



Fuente:

http://www.excelsior.com.mx
http://www.culturizando.com
http://www.abc.es



domingo, 24 de noviembre de 2013

Miro a mi corazón y digo... Antonio Gala




Miró  a mi corazón y dijo:
“Aquí. Aquí  hay sitio bastante”,
y apaciguó el amor sus estorninos
sobre mis tristes olivares.

Ya no. Ya no encontramos
para seguir causa bastante.
Lo que ha de  morir muera;
lo que ha de pasar, pase;
lo que va hacia la noche, que se oculte;
que no despierten al cadáver.
 
Vaya la flor con su olor a cuestas,
el recuerdo, conmigo, y yo con nadie.

Miró a mi corazón –miraba-:
“Aquí. Aquí hay sitio bastante”.
Y de un hachazo derrocó
el olivo mas alto de la tarde.



No puedo arrancarte de mí, Cristian Castro


Siento, vibro, al recordarte junto a mi
lloro y rio, es tu locura que corre en mi
he perdido la conciencia, la razón por ti
perdiciosa me hace daño, tan solo pensar en ti

Pero no puedo olvidarte,
no puedo arrancarte de mi
no puedo olvidarte no
no puedo arrancarte de mi.

Te amo, te odio
son tantas cosas que siento por ti
vivo y muero, al mismo tiempo en ti
tu veneno me a cegado
te va matando lo se
y tu cuerpo me ha embrujado
me haces daño lo se.

Como quisiera perderte con el viento
y arrancarte de mi y olvidarme de ti
por un momento!



Historia de la goma de borrar




Una goma de borrar, también llamada borrador, es un instrumento de mano cuya finalidad es eliminar trazos erróneos generalmente de lápiz, aunque también puede ser de tinta o marcador.

Hubo un tiempo, por supuesto, en el que no existían las gomas de borrar como las conocemos ahora. Por un lado, muchos de los métodos de escritura que existían eran indelebles, como la tinta. Por otro, el principal método de escritura que se podía borrar con relativa facilidad, el lápiz, no existió hasta relativamente tarde. Desde el principio de su existencia, el lápiz y otros sistemas similares (como el carboncillo) tuvieron éxito, entre otras cosas, porque podían corregirse los errores con relativa facilidad, ya que no impregnaban el papel, sino que depositaban una capa sobre él que, en teoría, podía ser retirada de nuevo.

Naturalmente, esto no era fácil: la manera más común de borrar lápiz era utilizar miga de pan (un método que sigue usándose hoy en día, y estas gomas se llaman gomas de migajón), pero este sistema tiene varios inconvenientes: por un lado, hace falta pan fresco (una vez que la miga se seca, no sirve) y, por otro, no es fácil trabajar con precisión con ellas. Sin embargo, al no haber alternativas, era el instrumento más utilizado. Curiosamente, quienes cambiarían la situación serían los aztecas.

Diversos pueblos mesoamericanos,jugaban a un juego de pelota en el que el objetivo era hacer pasar la bola por un aro de piedra. Puesto que este deporte fue practicado por varias naciones a lo largo de miles de años, hay muchas variaciones de reglas, pero la clave de la cuestión era la pelota: era una pequeña esfera bastante elástica, que botaba en el suelo y las paredes de la cancha con una intensidad verdaderamente endiablada. No, no es una manera de hablar: de acuerdo con Bernal Díaz del Castillo, uno de los soldados de Hernán Cortés, cuando los conquistadores vieron los botes de estas pelotas se preguntaron si la causa no sería que estaban poseídas por espíritus malignos.


El dios azteca Xiuhtecuhtli, ofreciendo pelotas de goma en un templo. (Códex Borgia).

Naturalmente, el secreto de las pelotas que vieron del Castillo y sus compañeros era menos místico, pero revolucionaría el Viejo Mundo cuando fue llevado de vuelta: se trataba del látex, que los mesoamericanos extraían del jugo del hule (Castilla elastica). Para que no se pudriera, era mezclado con el jugo de otras plantas, especialmente la enredadera Ipomoea alba, ya que los pueblos mesoamericanos no conocían la vulcanización (de la que hablaremos más adelante).

La cuestión es que los españoles quedaron muy impresionados con las propiedades elásticas de la goma de los aztecas. Posteriormente se descubrirían otros árboles además del hule que producían látex, como el árbol del caucho (Hevea brasiliensis) brasileño, que se convertiría pronto en el principal productor mundial de látex. Con el tiempo fue transplantado a otros lugares, y hoy en día no es América la mayor exportadora de látex, sino que lo es Asia.


Extracción de látex del árbol del caucho (Hevea brasiliensis).

En cualquier caso, aunque el látex y sus derivados tendrían muchísimas aplicaciones en todo el mundo, cuando fue llevado a Inglaterra se descubrió, casualmente, un uso alternativo pero interesante para él: el científico Joseph Priestley, al frotar un trozo de caucho sobre un papel en el que había escrito con un lápiz, observó que el trazo se borraba muy bien. Sin embargo, Priestley no pensó en las posibilidades económicas de su descubrimiento.

Quien sí lo hizo fue el ingeniero Edward Nairne, quien había patentado varias máquinas eléctricas, instrumentos ópticos y barómetros. En 1770, Nairne vendía ya gomas de borrar, que eran simplemente bloques de caucho natural, en su tienda de Londres. De acuerdo con el propio Nairne, descubrió este uso del caucho cuando cogió un bloque del material por error en vez de miga de pan para borrar unos trazos de lápiz. ¿Es esto cierto, e inventó la goma de borrar independientemente de Priestley? No lo sabemos. Como quiera que fuese, sus gomas eran una novedad y un artículo de auténtico lujo: Nairne las vendía por tres chelines (quince peniques modernos), es decir, más o menos siete por una libra…¡pero una libra de 1770! Un precio exorbitante.

Sin embargo, el problema de las gomas de Nairne era que se pudrían: en efecto, los europeos habían adoptado el látex, pero no el tratamiento que los americanos habían dado al producto para preservarlo mejor (por ejemplo, usando Ipomoea alba). Con el tiempo, las gomas de borrar empezaban a oler mal según el caucho fermentaba. Evidentemente, había que encontrar algo nuevo.


La solución al problema la dio el estadounidense Charles Goodyear al inventar el proceso llamado vulcanización. No sabemos bien si por casualidad (como dicen algunos contemporáneos suyos) o a base de trabajo intenso y metódico (como dice el propio Goodyear en su autobiografía), el americano descubrió que, al calentar la goma natural con azufre, en vez de calcinarse (como ocurría cuando no se le añadía azufre) ésta se curaba, se volvía menos pegajosa, más dura pero elástica y, lo más importante, se volvía muchísimo más duradera, ya que no se pudría.
A partir del descubrimiento de Goodyear y su patente en 1844, era posible fabricar gomas de borrar permanentes, que no se pudrían. A partir de entonces se volvieron más y más populares, hasta ser un objeto de la vida cotidiana hoy en día.

¿Por qué borra una goma? Bien, el caucho de una goma de borrar es un polímero del isopreno, es decir, está formado por cadenas muy largas hechas de “eslabones” de isopreno. Estas cadenas están enrolladas de forma parecida a la de un muelle, con “eslabones” que unen anillos consecutivos del muelle en diversos puntos. Esa es la razón de que la goma sea tan elástica, ya que puede deformarse sin que las cadenas se rompan, pero al dejar de deformarla los anillos del muelle son devueltos a sus posiciones originales por los monómeros que hacen de unión entre ellos.


Isopreno (C5H8), “eslabón” de la goma natural.

En cualquier caso, al frotar un trozo de caucho sobre un papel con grafito sobre él, el isopreno es capaz de asociarse muy bien al grafito, y lo retira del papel, dejándolo “colgado” del polímero, enganchado a algunos escalones de la cadena. Llega un momento en el que, cuando suficiente grafito está asociado a las cadenas del polímero, la cadena entera se vuelve “resbaladiza”: no quedan eslabones libres que puedan asociarse a nada, y el polímero está cubierto de una vaina de grafito. El grafito se asocia formando láminas que pueden resbalar unas sobre otras, de modo que en ese momento la goma se vuelve resbaladiza y, al tratar de borrar, deja un residuo de grafito sobre el papel. Por otro lado, al frotar vigorosamente contra el papel, el polímero se rompe en distintos puntos, y las cadenas rotas forman las “virutas” de goma que quedan siempre al borrar, dejando una capa limpia de cadenas “libres” por debajo.

Una vez se supo la composición química del látex, no fue difícil elaborar goma sintética: cualquier polímero que presenta propiedades elásticas recibe ese nombre, y hay muchos, dependiendo de qué propiedades se quiere que tenga el producto final. Por ejemplo, muchas gomas modernas están hechas de polímeros de vinilo. Sin embargo, sus propiedades y su comportamiento son bastante similares a las de caucho natural.

Los últimos avances en las gomas de borrar son accesorios: tener un cilindro de caucho dentro de una funda similar a un lápiz, por ejemplo, para tener mayor precisión, o la adición de pequeños motores eléctricos para realizar el movimiento de borrado en las gomas eléctricas -que pueden hacer más descansado borrar grandes superficies, pero no parecen tener demasiada precisión-. Pero se trata de cambios menores. El momento clave de la goma de borrar, desde luego, fue el día en el que los sorprendidos españoles vieron botar una pelota de goma “poseída” en América.




Fuente:
http://eltamiz.com
http://es.wikipedia.org


El puente de los mil caminos



Sólo para peatones, y mejor si son curiosos. Porque los paseantes de la zona residencial de Meixi Lake, en la ciudad china de Changsá, podrán disfrutar de una inmensa variedad de paseos y vistas distintas con solo cruzar una y otra vez el puente que los arquitectos holandeses Next han proyectado para ellos. Sus 150 m de envergadura irán recorridos por lazos de acero con sinuosos brazos a distintos niveles, algunos a 24 m de altura, desde los que podrán contemplarse tanto la zona recreativa alrededor del río, como la ciudad o las montañas circundantes.





El diseño, que ha ganado el concurso internacional para su adjudicación, fusiona en su inspiración los conceptos de la cinta de Möbius y de un nudo característico de la artesanía tradicional china. La cinta de Möbius es una superficie con una sola cara y un solo lado, descubierta de forma independiente por dos matemáticos alemanes: August Möbius y Johann Listing.




El puente comenzará a construirse en 2014, dentro de un gran proyecto para levantar toda una nueva zona residencial al oeste de Shangá. En ella se pretende unir el urbanismo más característico de las grandes metrópolis con el respeto al medio ambiente y el progreso sostenible. El futuro puente se fundirá con ese estilo tanto por su línea de diseño, como por su funcionalidad e iluminación.


Fuente:
http://www.quo.es/


viernes, 22 de noviembre de 2013

El susurro de la caracola, Màxim Huerta




Aquel mes de noviembre estaba acabándose. Hacía ya frío en Madrid, tenía mucho más trabajo que de costumbre arreglando pantalones y remendando jerséis, y me permitía poder ir comprando más revistas en busca de Marcos. Para ser su primera película estaba saliendo mucho. Yo iba a casa de la Luisa, donde concentraban las bolsas con la ropa para arreglar, cubierta con mi abrigo azul marinero y los guantes puestos. Me gustaba ponerme ese gabán porque era de paño grueso y me sentía protegida desde las rodillas.

Antes de llegar a la casa de la Luisa, paraba a tomarme un café con leche caliente-en vaso de tubo- en el Comarcal de Pacífico, donde la temperatura estaba siempre más alta gracias a que la caldera estaba rota, pero además-para qué negarlo- donde siempre tenían revistas amontonadas junto a los periódicos. En fin, venía a calentarme el pecho, pero también a arrancar algunas páginas en las que lo encontraba. El dueño no reparaba en ello porque con lo manoseadas que estaban algunas yo creo que agradecía que las fuera deshojando y evitándole más montones. En días así, cuando veía alguna foto nueva, el abrigo del bar me suponía mucho más abrigo del que me ofrecía el mero café con leche caliente.

Los días empezaban a ser más cortos y cuando acababa el recorrido por las casas de mis clientas, no tenía muchas fuerzas para subirme al metro y volver al centro a esperarle en el portal. Al final del día estaba molida. Las cosas como son, subía por la calle Valderribas a recoger los encargos, bajaba hasta Catalina Suárez y me colaba en la calle Pajaritos, donde me esperaba la Luisa. Luego volvía a Valderribas, me cambiaba y me iba hasta la parada de Pacífico. Y todo esto para un trabajo que me aburría. Cuando no era la Singer mi compañera de tertulia, me pasaba horas sentada en un taburete con una palangana humedeciendo los pies de las vecinas; la liturgia iba acompañada de una toalla para secarlos y varias limas y tijeras con las que recortaba las uñas a fondo. Cuando no eran callos. Era de esperar mi agotamiento. La Luisa las quería de color clarito, la Reme prefería «solo brillo», Elvira y su hija hacían uso del color granate, las dos; a Julia le bastaba que se las recortara con cuidado-le sangraban- y que le apurara las durezas. Así, sentada en el suelo, hablando con las rodillas, me preguntaba qué había hecho para tener esa misión en la vida. Yo era una de ellas. Indistintamente podía haberme cortado las uñas la Reme a mí, o ser yo la que era atendida por la hija de Elvira. (No puedo explicar por qué la Reme era la Reme y a Elvira, en cambio, no la llamábamos la Elvira.) Pero ese era mi lugar en el mundo.

Hace un tiempo había empezado a descifrar pies igual que las brujas leen la palma de la mano. Lo hacía mientras bajaba las escaleras del metro, o mientras esperaba en la parada del autobús. Podía predecir si esa señora que bajaba iba a tener juanetes o uñeros. Observar a través de las rodillas era un ejercicio de paciencia increíble. Y cómodo, porque nadie se daba cuenta de que estaba analizando sus pies. Por ejemplo, allí estaba yo, sentada en el metro, mirando las butacas con la vista perdida. Y en verdad estaba trabajando en mis pronósticos, haciendo conjeturas. Habría dado cualquier cosa por que después de tener mi presentimiento-o mejor dicho, visión médica- se hubieran descalzado para enseñarme los pies. Con las clientas había llegado a tener una precisión asombrosa, les miraba las rodillas y me hablaban. Sonaba inverosímil, pero me pasaba la mitad del día arrodillada por encargo.

La calle empezaba a parecer un descampado a partir de las siete de la tarde. Los días, como decía antes, se habían hecho más cortos. A veces, sin darme cuenta, entraba a la iglesia de San Ildefonso para heredar algo de paz o sentarme en un banco a contar muchas de las cosas que no estoy contando aquí.

Entonces deambulaba por las calles de Fuencarral, dando rodeos para olvidarme de las rodillas, del olor a gato, del alpiste seco de la jaula y… mirar a la gente. En esa calle y a esas horas era más numerosa la presencia de extraños, intentaba no fijarme en las caras directamente, pero no las eludía porque no quería que se me escapara la posibilidad de tropezarme con Marcos. A medida que se acercaba la hora de la cena, aceleraba el paso como agotando las caras, las miradas, los ojos de todos.

Solo quedaba cenar, acostarme y volver a leer rodillas a la mañana siguiente. Por aquellos días de otoño, me tuve que cobijar de nuevo en las revistas. Se trataba de volver a hurgar en las páginas del colorín buscándole bajo los titulares. En el descanso entre una clienta y otra, si las uñas venían sin problemas graves, les pedía que me dejaran alguna publicación. Me las fumaba. Si en alguna de las páginas aparecía él, disimulaba y me la echaba al bolso como si la revista hubiera venido conmigo.

De modo que ahí estaba, recortando uñas y recortando fotos. Se trataba además de una tarea con horizonte, debía esperar al buen tiempo. Curiosamente, esperar-aunque fuera al tiempo- formaba parte de mi breve repertorio de verbos capaces de sacarme de ahí. Los atroces días de invierno se me hacían largos. Mi consuelo era que mi colección de fotografías estaba creciendo a pasos agigantados, Marcos asistía a muchas fiestas y posaba en los eventos con una naturalidad que nada tenía que ver con la del principio. También es cierto que le llamaban para un montón de presentaciones de cine, de teatro, joyerías y premios de revistas masculinas. Empecé a aprender más de su actitud y de su personalidad al analizar sus fotografías matemáticamente, no tenía otra posibilidad. Para eso debía pensar que Marcos no era mi Marcos. Distanciarme como un cirujano del enfermo. A veces lo conseguía, a pesar de la dificultad y del componente emocional, y anotaba detalles en mi libreta: Hoy parece que ha llorado, tiene aspecto de cansado, no es cansancio físico, es agotamiento moral. Foto catorce. Hoy tiene la mueca de perplejidad. No sabe qué hace ahí. Es una joyería. Foto cuarenta y tres. Tal vez se ve fuera de lugar. Seguramente se ve fuera de lugar, matizo. Lo lógico, dado el lugar. Hoy oculta sus manos como en la foto tres, en la cuatro y en la siete. La cinco y la seis no puede apreciarse, están cortadas con un titular. Mi análisis es que está nervioso. Corrijo. Mi análisis es que está disperso y se agarra los dedos entrelazándolos.

Foto dieciséis. Guapo. Un psicólogo me daría más datos pero me parece que es así. En las últimas fotos utiliza para vestir el color negro. No quiero hacer un análisis excesivo, es invierno y es la prenda más cómoda para los chicos, no requiere de estudio, no hay que buscar en el armario…

Con esta confianza provocada por la foto dieciséis salí a la calle. Lo misterioso de las reacciones es que a veces las provocamos inconscientemente. Así fue. Para nada esto me humillaba. Cada traspié, cada día sin encontrarle paseando, se convertía en un acicate para seguir. Yo tenía clarísimo que el azar ha impulsado todos mis movimientos, lo fue de pequeña y lo estaba siendo entonces. Me puse el abrigo de paño azul marino y bajé a la parada de metro, iba movida por una fuerza especial, bajé las escaleras y coincidió que el convoy pasaba justo en ese momento, con lo que no tuve que esperar en el andén. No podía hacer más frío.

Ya dentro, la vista se me fue, otra vez, a una de las señoras que iban sentadas frente a mí.

Comencé analizando sus pies deformados por el calzado, seguí a las rodillas y luego subí hasta su revista, la que iba mirando sin leer. Tuvo gracia. Se me ocurrió pensar que hubiera otra como yo en el metro, que esa señora que tenía frente a mí fuera un caso idéntico, que nos hubiéramos desdoblado como las células de los microscopios y estuviéramos en el mundo con la misma función. Preocupadas exactamente por lo mismo, como en un espejo. Ella tendría mis problemas, yo tendría sus quebraderos, las dos tendríamos el mismo estímulo en ese momento. Empecé a mirarle el rostro, después el cabello, así llegué a la boca, para fijarme si sus labios se parecían a los míos. Tampoco es nada del otro mundo. Estas cosas yo las había visto en algunos reportajes de televisión, explican con argumentos que existen seres que son iguales a otro pero que nunca se encuentran. Parece de ciencia ficción, pero todo tiene su fundamento, ya que es imposible que haya tantas diferencias entre los seres humanos. No es posible que podamos nacer millones y millones cada día y todos seamos diferentes. Lo mismo sucede con las huellas de la mano. No me lo creo. Si podían dos seres ser iguales físicamente y nunca encontrarse, por qué no podía también haber dos seres con las mismas inquietudes, las desdichas, los mismos impulsos sentimentales, las mismas corazonadas. O lo que es más, por qué no podía darse el caso de que después de haber coincidido en un espacio y tiempo exactos estuviéramos pensando lo mismo en el mismo momento. Me quedé espantada al comprobar que, cuando volví a mirar a la señora de la revista, como una réplica mía gestual, levantó la vista y nos cruzamos la mirada. Estuve pensando si ella estaba pensando. La ventaja de ser tantos en el mundo es que nunca coincides, ¿qué hacía allí? Dos cuerpos sentados frente a frente. Cuando vi que la próxima parada era la de Antón Martín, decidí levantarme para comprobar si ella también se levantaba. Era muy aficionada a verme parecidos con todos y me estaba poniendo nerviosa su presencia. Tengo que empezar a cuidarme de eso. No quise mirar, agarré mi bolso bien fuerte, lo apreté junto al abrigo y me dispuse a ponerme en pie entre la gente. Aferrada a la barra de seguridad miré a mi lado. Deseaba… No sé qué deseaba. «Próxima parada Antón Martín», dijo la megafonía del vagón. Miré y no estaba. Quizá había pensado lo mismo y ahora estaba detrás de mí, o estaba asustada como yo. Si pensábamos lo mismo, estaba pensando como yo. Entonces también me estaría buscando en el vagón a punto de salir. Al abrirse las puertas me quedé parada en el andén.

Paralizada. Echó a andar lentamente el vagón y, cuando fueron pasando las ventanillas frente a mí, pude comprobar que en el mismo asiento, ahí dentro, continuaba la señora, pasando página a su revista, ajena a mis tonterías. ¿Y yo? Yo estaba en una parada absurda, con ideas absurdas en mi cabeza, murmurándome «tranquila, Ángeles, tranquila». No sé si enloquecida o con algún trastorno extravagante.

Había comprendido que no iba a ser tan fácil encontrarse a una misma. Lo bueno es que bastaba con haber encontrado a Marcos.

Estuve sentada en un banco de Antón Martín el tiempo justo. El túnel estaba en una suave penumbra, debía de haber algunas luces fundidas y la gente, que pasaba extrañada ante la situación de semioscuridad, evitaba ponerse cerca del andén. Daba un poco de miedo. Sin embargo, con o sin luz, yo seguía destemplada. Nadie se fijaba en mí y todos me miraban. Toda esa gente que se pegaba a la pared buscando el resguardo seguro no sabía qué cosas tan raras se me pasan a veces por la cabeza. A pesar de la angustia que me despierta la curiosidad, me sentía protegida porque un presentimiento crecía dentro de mí. Nada tenía que ver con la posibilidad de que existiera una mujer como yo en el metro anterior, no. No soy la protagonista de todos los viajeros del metro, sigo siendo una figurante. Se acercó el siguiente metro y entré.

Por primera vez en meses noté que el presentimiento tenía algo de fundamento. Según la abuela, me pasaba la vida diciendo que tenía presentimientos, que veía un montón de piedras y me hacía la vidente seleccionando una con toda la parsimonia del mundo como si fuera un amuleto.

– La piedra me habla, abuela-explicaba en voz baja-, me dice que la elija.

– Anda, anda, niña. Estás loquita…

Quizá lo estaba. Pero es que era verdad. A veces, tenía presentimientos. Me daba una punzada al corazón. No sé cómo serán las punzadas en el corazón médicamente hablando, pero eso era lo que sentía. Algo real. Cogía las caracolas de la playa y me quedaba horas escuchando los ecos, los sonidos rizados que me silbaban secretos.

– Eres una fantasiosa-remataba ella. Pero ahora tenía ese sofoco característico de mis presentimientos. Olía a moscas. Rumiaba el runrún.

– ¡Pero bueno, Begoña…! ¿Qué estoy viendo? ¡Llevas días sin venir a verme! ¡Como hayas cambiado de panadería!

Matilde tenía el mismo brío de siempre.

– He estado fuera-dije.

– Pues ya te echaba de menos.

– Ya lo sé.

– ¿Trabajo?

– Bueno, que he tenido unos días con más encargos de lo normal.

– ¡Me alegro, hija!

– Vamos, pero que ya está, ha sido un atracón y vuelve la sequía. Debe de ser que todas han sacado la ropa del armario y me han enviado a arreglar hasta las mortajas.

– Quita, quita…-gruñó levemente-. Y ¿cómo andas? Se te ve bien. El otro día estabas con una cara de harina que parecías transparente.

– Me pillarías sin desayunar. Con este frío…

– Sí, hija. Muchísimo frío.

– Además, comparada contigo, que ibas de punta en blanco… Estabas toda resplandeciente de verde pistacho. Así cualquiera.

– Ah, hija. Fue una fiesta preciosa. Y mi hermana estaba estupenda. Y ni te digo el resto. Éramos de revista. Para que nos sacaran en las fotos. Te las tengo que enseñar.

– Pues enséñamelas.

Nunca me las enseñó porque era su secreto. Lo sabía. Eso me hizo confiar en ella mucho más. Me uno a la gente que guarda secretos.

Esa mañana me había tirado un buen rato-no sé cuánto- contemplando el sonido de las máquinas tragaperras. No eran especialmente musicales, pero formaban parte de la rutina en la que me dejaba llevar. Y entonces me pareció que las luces que giraban en las maquinitas coincidían encendidas en el mismo dibujo. El dueño le animaba en el juego, gritándole al jugador: «Hala, hala, Pascual… Hala, hala, ¡que te toca el premio!». El premiado era él, pero yo sentí que el azar jugaba otra vez en mi vida a mi favor. Ni siquiera esperé a las vueltas cuando pagué el café con leche y salí del calor del Comarcal.

– Tenía ganas de verte-me dijo Matilde.

– He estado ocupada con arreglos.

– De eso quería hablarte. No sé si los recoges y te los llevas o los haces a domicilio…-me preguntó.

– Depende de si son cortinas, meter dobladillos, remiendos… Todas esas cosas. Yo puedo venir o llevármelas y devolverte todo bien planchado. Como tú me digas.

– Mi hija encantada con el jersey que le zurciste. Vamos, parece nuevo…

Había algo en mi voz que sonaba distinto, una calma que seguramente se debía a las últimas semanas que pasé relajada en casa viendo y recortando fotos. Extrañar a alguien reblandece los callos del alma y más si es él. Me gustó oírme así.

– ¿La plancha?-añadió curiosa.

– No sabes cómo plancho. Te dejo la ropa a estrenar.

Matilde sacó unas llaves del bolsillo como si me enseñara un talismán. Como si prolongara el silencio con ellas en la mano o si estuviera indecisa, me explicó que era la mujer que necesitaba. Me incorporé hacia el mostrador mientras Matilde salía de detrás hacia mí para hablarme con aire afectado.

– Si planchas bien, te voy a ofrecer un trabajo. Te lo dije. Un trabajo trabajo. Nada de ir rondando, que acabas matada.

– Planchar no solo no me molesta, sino que me gusta. Es como volver a dejarlo todo nuevo. Y eso me relaja.

– Toma, estas son las llaves y esta es la dirección-dijo dándome un papelito junto al llavero-.

Si no hay nadie, la ropa la encontrarás en la cocina, nada más entrar. Es un trabajo de asistenta, confío en ti. Sé que no me vas a defraudar.

– ¿Para quién es?

– Marcos Caballero, lo conoces. El chico actor.

Me ahogué. Matilde me entregó las llaves, volvió al mostrador y cerró los ojos en un gesto de complicidad hacia mí. Aturdida por la escena que acababa de vivir, le agradecí la confianza sin abrir la boca y me dirigí a la puerta, salí a la calle y respiré profundamente ese aire frío y seco que ya estaba cubriendo Madrid. El aire helado, mortal y doloroso me abofeteó en la cara. Salí a refugiarme en la parroquia. Debió de ser un sacrilegio, pero metí la cara en el agua bendita y allí, sumergida en la pila de mármol durante unos segundos, di gracias. Ya no necesitaba esconderme; iba a dejar de ser un fantasma: ya era una mujer visible.